viernes 16 de mayo de 2008

Tenemos una silla para usted

Goizeko euri artean aterkiñarik gabe
eskuak sakelean pena bat bihotzean
etxetik urruti nago kalean bakarrik
goizeko euri artean kitarra bakarrekin.
(Txomin Artola: Goizeko euri artean)


Según Euskalmet, el domingo por la mañana Bilbao estará cubierto por las nubes, pero aguantará sin llover. Como haberlas haylas, los huevos transportados por Ander Iribar hasta el convento de las Clarisas podrían abonar esa tesis, o ese deseo, o esa necesidad imperante.


¿Te atreves a hacer tu propio pronóstico para el día del World café de Radio Euskadi? ¡Participa en la encuesta de la parte superior de esta página! Eso sí: el domingo queremos verte en la explanada de Abandoibarra, con el Guggenheim haciéndonos de lujoso elemento de atrezzo para una foto que nos gustaría que fuera histórica. Nos vemos y nos escuchamos allí.

miércoles 14 de mayo de 2008

ETA, no me salves


Esa foto de Efe no nos lleva a Bagdad ni a Beirut; ni siquiera a la Euskadi de los setenta, los ochenta o los noventa. Es Legutio, apenas hace unas horas. ETA, anclada en el tiempo, eternamente añeja, carcamal y reaccionaria, además de asesina, ha acabado con la vida de un guardia civil y ha herido a otros tres agentes. ¿Habrá aún quien lo vea como un acto heroico de la resistencia vasca o sabemos todos ya que se trata de un repugnante crimen que, para más inri, es otra memez desde el punto de vista táctico y estratégico? Y esos que se rebelan por todo, ¿cuándo se van a rebelar contra los secuestradores de su fuerza transformadora? ¿O es que tienen asumido que su auténtico y único papel posible es decir beeeee?
Pues yo sí lo grito bien alto junto a otros muchos: ETA, no me salves.

martes 13 de mayo de 2008

Basura





Bueno, ya está bien,

parad de una vez.
¿Nos tomáis el pelo?
Pero, ¿qué os creeis?
Bueno, ya está bien,
parad de una vez:
¡Esta vez sabremos qué hacer!
(Celtas Cortos: Ya está bien)





57 medios que se dicen de comunicación se rasgan las vestiduras y claman con vocecita de cordero degollado que se cierne sobre ellos la censura previa. Eso, cuando se disfrazan de víctimas; si aparecen tocados de sans culottes reivindicadores, levantan el puño y berrean que derramarán hasta la última gota de su sangre para defender la libertad de expresión amenazada. Tendría un pase si no fuera porque los pretendidamente ofendidos y ultrajados se quejan -hay que tener pelotas- porque una mujer, que bastante desgracia tiene con ser cuñada de Felipe de Borbón, ha pedido que la dejen en paz.


De nuevo siento que no soy de los nuestros, es decir, de esa manada de carroñeros tan mal acostumbrados, que piensan que se puede organizar una cruzada contra alguien que no está dispuesta a dejarse sobar por sus pezuñas. Es como si los chorizos montasen la bronca porque tanta puerta blindada les dificulta ganarse las alubias. Me iba a preguntar en qué país vivimos, pero ante lo resbaladiza que podría ser la respuesta, me callo, eso sí, negándome a otorgar que valga todo para saciar el ansia de basura del populacho.


Y conste que sí pienso que la censura previa nos sobrevuela y que la libertad de expresión está coartada, entre otras muchas cosas, porque nadie nos cuenta qué mierda de condiciones laborales aceptan los becarios sin pedigrí y trepas alevines que los señores de la bazofia rosa mandan a morder los tobillos de la cabaña famosil y porque tampoco he visto nunca en ningún colorín los desmadres diurnos o nocturnos de los dueños de esas agencias -puaggh- de prensa del hígado.

lunes 12 de mayo de 2008

Seiscientos kilómetros

Maravillas, Maravillas
florecica de Larraga
amapola del camino
te seguiré donde vayas.
De Monreal a Otxoportillos
de Sartaguda a Santacara
para sembrar las cunetas
con flores republicanas.
(Fermín Valencia: Maravillas)

Santurtzi, Sartaguda, Senpere, Santurtzi: redondeando, seiscientos kilómetros en 48 horas por todo tipo de carreteras bajo las más variopintas circunstancias meteorológicas, con Maripuri, mi contradictoria pero efectiva GPS, como única compañía a bordo del Saxo blanco con abolladuras en el lateral izquierdo. Creo que me he ganado el pitillo y el chupito de orujo de naranja en los que busco inspiración para las próximas líneas.


Del programa de ayer, poco tengo que contar. El sexto Herri Urrats consecutivo. Como en las bodas, las comuniones o los funerales de los amigos, simplemente hay que estar ahí y punto, con la indumentaria adecuada para la ocasión, que en este caso es un vestido de lagarterana en algunos momentos, una camiseta militante en otros y una equipación de portero de fútbol (me pido Yashin, la araña negra) por si hay que volar de poste a poste o salir a la desesperada hasta el borde del área grande. Imposible retirarse al túnel de vestuarios sin haber recogido unos cuantos balones del fondo de la red, pero qué le vamos a hacer. ¡Y menos mal que la defensa -Cris y Olaia en los laterales corriendo la banda; Domínguez de central organizador e Itsaso como líbero al más puro estilo Beckenbauer- me evitó la goleada que parecían aventurar los pronósticos!


Tengo bastante más por digerir de las cinco horas (preparativos aparte) que pasamos el sábado bajo el intenso chaparrón de agua y de emociones en Sartaguda, el pueblo de la viudas, de los melocotones... y de Edurne Mendia, que terminó el programa empapada y embarrada después de haberse entregado hasta más allá del límite de sus fuerzas. Tal vez veo lo que quiero ver, pero sus ojos, de un azul que seríais incapaces de imaginar, me dijeron que había merecido la pena volver a la épica de la radio (sólo los buenos oficios del técnico José Ignacio Revuelta y de la eficaz Mari Luz impidieron que nos electrocutáramos) para contar lo que ocurrió en un día casi mágico para miles de personas unidas por la dignidad antes, durante y después de la derrota del 36.


Pudistéis escuchar al joven de 93 años, Jesús Benito, contar cómo le mataron a media familia y a prácticamente todos sus amigos, con cuyos nombres esculpidos en el muro conversa ahora y les cuenta que se siente un poco menos solo. También os llegó la voz de Néstor Basterretxea, que vino con un brazo en cabestrillo y dolorido, diciendo que no se hubiera perdido ese momento ni aunque le hubieran cortado las manos... Y eso que el sábado hacían falta más de dos: una para el paraguas, otra para la ikurriña o la tricolor republicana, otra para estrechar la de los amigos que se encontraban o se reencontraban, y aún una más con dedos sensibles para acariciar el relieve del nombre de los seres queridos en el lugar más imponente del parque. Fue justamente esa la imagen que se le quedó grabada a Fermín Valencia, el cantor de todas las causas perdidas y de todas por las que hay que seguir luchando.


Porque la lucha sigue, como nos quedó claro al escuchar a Roldán Jimeno, Fernando Mikelarena, Carlos Espinosa, Carlos Martínez, Jose Mari Esparza, Ana Vieitez, Joseba Ezeolaza, Emilio Silva, Jokin Muñoz, Castillo Suárez, José Antonio Labordeta o nuestro Juantxo Agirre Mauleon, que repitieron, con matices, el mismo mensaje: la Justicia está enterrada a más profundidad que los huesos que se van recuperando. El Parque de la Memoria de Sartaguda es sólo un paso de un camino que tiene todavía muchos hitos pendientes. Para alcanzarlos -esto ya es cosecha mía- habrá que ir juntos, después de despojarse de las absurdas rencillas que, desgraciadamente, también nos tocó ver entre personas que buscan (¡eso dicen!) el mismo fin.


Tal vez nos sirvan de ejemplo el alcalde, José Ramón Martínez -que nos atendió con ropa azul mahón de faena- y su convecino Gabriel Martínez, que votan juntos por los mismos objetivos, aunque uno es socialista y el otro, de ANV. Sin su acuerdo no hubiera sido posible la inauguración del Parque. En eso iba pensando a las cuatro de la tarde de anteayer, con los limpiaparabrisas trabajando a destajo, mientras conducía hacia el norte e iba dejando atrás un pueblo en cuyas cuadrillas de jóvenes se mezclan como la cosa más natural del mundo nietos y nietas de los que dispararon y de los que recibieron los disparos.

miércoles 7 de mayo de 2008

Free Burma! (Cien mil muertos después)


Hace unos meses, más por intuición que por conocimiento y documentación, grité Free Burma! junto a millones de personas de todo el mundo. Hoy, con algún dato más y casi inmovilizado por la impotencia intelectual de no alcanzar siquiera a imaginar lo que son cien mil muertos, vuelvo a gritar (ya sé que a la nada) contra la megalomanía asesina de la Junta Militar de ese país que tiene la puta desgracia de ser sólo noticia cuando la represión o la naturaleza se ceban encarnizadamente contra su población. Me gustaría poder hacer algo más que eso, pero como tantas veces, no se me ocurre qué.

lunes 5 de mayo de 2008

No se culpe a nadie

And I'm on the highway to nowhere
Tryin' to get by without you
I don't know why it took me so long to
Wind up back at nowhere with you, oh
Wind up back at nowhere.
(Drake Bell: Highway to Nowhere)


Suelo hacer el tour de mis tres barrios (Desde Kabiezes a Zuazo, y de ahí a Astrabudua) en treinta minutos. Cualquiera menos prudente que yo lo haría aún en menor tiempo. Esta mañana, sin embargo, los apenas veinte kilómetros me han llevado dos desesperantes horas en medio de un caos que me ha hecho pensar en los impresionantes trancones de Caracas como una pequeña broma. Número de agentes policiales que he visto en ese tiempo: cuatro, los que estaban en las inmediaciones del accidente que presuntamente ha desencadenado el colapso. Habría bastado un par de ellos con un silbato en cada uno de los tres embudos por los que he pasado para aligerar notablemente la situación. Mientras crecía la angustia en mi ama por la cita médica perdida, yo no podía dejar de pensar en la cantidad de circunstancias en las que he visto multiplicado por cien el número de policías que hoy he tenido al alcance de mis ojos.


Algún día dejaremos de considerar los atascos como imponderables de esta sociedad consumista y motorizada hasta los dientes. Me resulta una excusa simplona, que roza lo insultante cuando pretenden hacernos creer que una colisión, por grave que sea, en un punto muy concreto puede paralizar el tráfico en decenas de kilómetros a la redonda. Sencillamente, no me lo creo. No ha sido el accidente lo que ha provocado las gigantescas retenciones, sino la ineficacia al gestionar algo estadísticamente previsible y que ha ocurrido las suficientes veces como para saber de memoria el modo de reducir su impacto. Pero es más fácil echarle la culpa a la fatalidad.

viernes 2 de mayo de 2008

Cuarenta años no es nada

Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada,
al final de la partida no pudisteis hacer nada,
y bajo los adoquines no había arena de playa.
(Ismael Serrano: Papá cuéntame otra vez)

Cuarenta años de mayo del 68. No me digáis que la efémeride os deja indiferentes porque no me lo creería de personas que, haciendo la media, tienen la misma edad y prácticamente las mismas ideas que la penúltima revolución romántica -la última fue la de los Claveles- que figura en los libros de Historia. Estoy seguro de que cuando no os ve nadie, o incluso bajo vigilancia, escrutáis los adoquines para comprobar si ocultan una playa y también tengo la certidumbre de que vuestro realismo os lleva una y otra vez a seguir reclamando lo imposible.


Ya sé que tres cuartas partes de las cosas que nos han contado sobre esos días no pasarían la prueba del algodón de la verosimilitud y que por cada diez tipos que juran haber estado allí hay ocho impostores. También sé, y eso puede ser peor, que los dos que sí estuvieron usan ahora zapatos Lotus y ropa interior de raso y serían los primeros en mandar a los guardias a poner a escuadra a cualquiera que amenazara desde la calle su tranquilidad burguesa. A pesar de todo eso o precisamente por ello, me es muy grato el recuerdo de un tiempo en que a algunos poderosos no les llegó la camisa al cuello. Fue efímero y, como digo, incluso engañoso, pero al precio que van las utopías, me resisto a tirar a la basura esas imágenes en blanco y negro o en colores desvahidos. Quién sabe si un día nos servirán para algo.

martes 29 de abril de 2008

De vuelta... y media

Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador (...)
Me arrulló la viva diana de la brisa en el palmar
Y por eso tengo el alma
Como el alma primorosa
De cristal de cristal.
Amo, río, canto, sueño
Con claveles de pasión
(Pedro Elías Gutiérrez y Rafael Bolivar Coronado: Alma Llanera)


21.06, hora de Euskal Herria. Siete horas en casa, incluyendo las dos que he pasado en mi cama, tan agradecida, que ni me ha preguntado qué sábanas han envuelto mis sueños en los últimos días. Tengo aún la cabeza embotada, pero menos que las piernas, confinadas durante el interminable vuelo transoceánico en el rácano espacio de la clase turista del Airbus A-340 Concepción Arenal, al que pudimos subir después de pagar veinte euros a un maletero-trampa y otra pasta por unas supuestas tasas de las que nadie nos había hablado. Por lo menos, eso estaba tarifado en dinero. Más caro me resultó el impuesto de paciencia derrochado en los mil controles de pasaporte y equipaje y, especialmente, en el cacheo con visos de magreo a que nos sometieron, previa separación del pasaje por sexos, unas criaturas con uniforme verde y gorra roja en la misma puerta del avión. Y por si los clicks de famobil con su camisita y su canesú bolivarianos no nos habían tocado lo suficiente la entrepierna, las avinagradas azafatas de Iberia se encargaron de hacernos sentir un rebaño transportado a once mil pies. Imaginaos la sensación de liberación al driblar al último guardia civil en Loiu y echar la primera bocanada de humo (no he dejado de fumar) de nuevo al aire vasco, donde también he dejado sendos besos para Maite y Espiga, antes de arrastrar mi maletón y mi mochila al taxi que me ha devuelto a los brazos de Isa y Oier. Para entonces, Urki y Osa todavía estaban en el fielato, sellando los papeles de los aparatos que llevamos y trajimos; espero que ya hayan salido.


Xabi, Plaza e Igor aún tienen tarea -de índole diversa según los casos, ¿eh, Lapitz?- en los dominios de Hugo Rafael. Para los demás ha aparecido el rótulo de Game Over, y ahora andamos en proceso de desvenezuelización, aunque sé que durante un tiempo seguiremos calculando los precios en Bolívares Fuertes (negros y oficiales), saludando con un solo beso en lugar de dos, mirando con recelo a los taxistas por si son asaltadores disfrazados, tratando de adivinar en cada interlocutor si es pro o antichavista, decidiendo si el café es un marrón fuerte o está guayoyo, esperando que el aire acondicionado nos hiele las ideas en cada local al que entremos, buscando signos que delaten cirugía plástica en las delanteras, los labios o los pómulos de las chicas y comparando la San Miguel con la Polar o la Solera. Tal vez os parezca exagerado para una estancia de ocho días, pero ya os he ido contando con qué intensidad nos hemos bebido cada segundo y cuánta alma, corazón y vida hemos puesto en este viaje que, como sugerí en el apunte anterior, nos ha llevado, además de a un país increíble, al centro de nosotros mismos como periodistas y como personas. Ojalá también para vosotros haya sido útil. Gracias por haber estado al otro lado.


[Posdata: Os dejo como ilustración a Iñaki Espiga, fácilmente reconocible, pese a la barba de días y la palidez, porque jamás ha usado máscara. En la parte no visible de la foto (usad la imaginación) estamos, también sin careta y sonrientes, Maite Mayo y yo mismo. El conjunto se podría títular El Trío de la Ojera derrotando a los demonios o, menos épicamente, Ene, qué risas hisimos aquel sábado en El Hatillo.]

lunes 28 de abril de 2008

Haciendo las maletas


Las 8.30 A.M., es decir las 3.00 P.M. en el lugar que volveré a pisar el martes. Han pasado exactamente 25 horas desde que atravesé por última vez las cinco pesadas puertas que separan el diminuto estudio y la no mucho mayor redacción de Unión Radio. El librero y ya amigo para siempre Roger Michelena, que me acompañó en ese viaje, fue testigo de cómo creció el nudo que ya llevaba en la garganta tras despedir el programa al ser recibido con palmas por Maite Mayo e Iñaki Espiga, mis dos compadres en el Trío de la Ojera que reúne a los más faltos de sueño a este lado del Arauca. Fue el penúltimo momento emotivo de las decenas acumuladas a lo largo de esas cinco horas de transmisión a merced del satélite, que nos dejó tirados sin piedad en los 160 minutos finales. Aún me recuperaba con una inyección de nicotina, cuando el teléfono me regaló las voces vía rape de Susana, Loreto, Cris, Itsaso, Olaia, y -bendito tú entre todas las mujeres- Domínguez. Otro bálsamo necesario en esas horas en que empezaba a anidar en mí la depresión post-parto que aún arrastro y -me temo- me acompañará hasta que me meta en el próximo fregado, algo que ocurrirá el mismo martes, a la vuelta.

Con la adrenalina reequilibrada por un par de horas de sueño que nos maquillaron los párpados, por la tarde escapamos a El Hatillo, el único lugar a muchos kilómetros a la redonda donde, por lo visto, se puede caminar sin temor a acabar en el asfalto con tres rajas en el abdomen. Risas, confidencias, más risas, botellas azules de Solera Ligth, compras de regalos en la impresionante tienda de artesanía local, unas puntitas de satisfacción por el trabajo, otra ronda de Soleras acompañando el comentario de las jugadas más interesantes, complicidad renovada y retorno al hotel después de soportar el inevitable trancón (no penséis mal: es la forma venezolana de decir atasco).


Nuestras cuentas aseguraban que teníamos casi todo el pescado vendido. Iñaki había dejado visto para sentencia el Boulevard de esta noche, Maite había hecho lo propio con sus trabajos para Informativos y a mí sólo me tocaba hacer de polizón de madrugada un ratito en el MQP que ha conducido Loreto. Todo eso, con la tranquilidad de saber que el transmisor de satélite había vuelto a funcionar. Pero siempre repito que hasta el rabo todo es toro y ya os conté que este era
el hotel de los líos. Cuando nos disponíamos a buscar dónde y qué cenar, un turbante violeta eléctrico a juego con una llamativa blusa y unas mallas apareció en la recepción: era Piedad Córdoba, la senadora colombiana que envenena los sueños de Uribe y que se ha metido unas cuantas veces en la boca del lobo, o sea de las FARC. Igor dio el aviso, a Espiga se le puso cara de ¡a por ella!, y unos minutos después estaban frente a la política que, tras declararse amiga de los vascos, aceptó la entrevista que escucharéis -o habréis escuchado- hoy en el Boule.


Como este texto ha ido creciendo con el día, me marca ahora el reloj las 5.22 P.M., o sea, las 11.53 P.M. de ahí. La mayor parte del grupo baja ya del impresionante El Ávila. Iñaki y servidor hemos preferido trabajar (él) y zanganear (yo), y hace unos minutos hemos vivido la penúltima aventura. Al volver de comer (Arepas llaneras y Pabellón criollo) una patrulla de policías armados hasta el cogote ha parado el taxi y nos ha hecho bajar para un registro a conciencia. Confieso que he temido una encerrona con continuación kafkiana o, como mal menor, despedirme de los 130 Bolívares Fuertes (43 euros al cambio oficial; 26 en el mercado negro) que me quedan, pero el chófer nos ha dicho aquí no hay mordidas, que sólo eran ganas de molestar.


De nuevo en el hotel, posponiendo el momento de enfrentarme a la montaña de ropa sucia y aparejos técnicos que debo devolver a las maletas, fumo, bebo agua mineral helada y trato de encontrar palabras para describir -a petición vuestra- el olor de Caracas. Sospecho que me iré sin ser capaz siquiera de aproximarme, aunque también sé que reconocería ese aroma en cualquier lugar. Se queda en mi álbum de fragancias en el mismo estante mental donde algún día trataré de ordenar las emociones -tenues algunas; intensas la mayoría- que he coleccionado en este viaje que me ha ayudado a descubrir un puñado de datos sobre este país y miles sobre mí mismo.


[Posdata: Como ilustración, os dejo la foto que se hicieron junto al logotipo de la actual Radio Euskadi los pioneros de la vieja Radio Euzkadi que nos acompañaron en la impagable primera hora del programa del sábado, con Iñaki Anasagasti al otro lado del satélite. Ellos son Kepa Lekue, Guillermo Ramos, Iñaki Aretxabaleta y Jon Mikel Olabarrieta, cuatro de las decenas de personas que mantuvieron viva la voz de la resistencia vasca. Parte de lo que somos es gracias a lo que fueron.]

jueves 24 de abril de 2008

¿Alguien sabe qué día es?

Nota: Esto está escrito desde hace un buen rato, pero a la banda no tan ancha le dio por petar y el texto ha estado en el limbo hasta ahora...

Dice el reloj que son las 20.24 P.M. y yo le creo, aunque mi pequeño problema es que no sé de qué día porque tampoco recuerdo con precisión cuándo fue la última vez que deshice la durísima cama con tres almohadones. Sospecho que ayer, pero ¿cuándo fue ayer? Me aferro a referencias más o menos lógicas: probablemente ayer fue el día, o sea, la noche cerrada en que un taxista llamado Rafael nos llevó a Maite y a mí a Unión Radio, donde ya hacía un rato que Espiga se comía las uñas, Xabi llevaba la procesión por dentro, Urki y Osa se encomendaban a la patrona de las transmisiones vía satélite con colchón telefónico y Joserra jugaba de goal keaper, atento incluso a la Melita que tomamos prestada a nuestros compañeros de la emisora caraqueña que hoy ¿o fue, insisto, ayer? ha jugado con la camiseta de Radio Euskadi.

Retorno en cuadrafonía arriba, cuelgue del inmarsat abajo, Morenito de Hondarribia ha cuajado un pedazo de faena, siempre perfectamente asistido por las dos bandas interoceánicas, y con la complicidad del técnico local Freddy Tapia. Yo, después de mi cameo, he hecho una reverencia y el diligente Rafael me ha debido de ver tal cara de cadáver que se ha saltado catorce semáforos en rojo (literal) y ha ido por dos calles en dirección prohibida para devolverme al cuartel, digo al hotel, petado de multicolores soldaditos (alguno boliviano, como el del poema) que velaban el sueño de Lage, Evo y Ortega. Un lirismo tonto me ha llevado a pensar que con ellos dormía un continente, pero luego he caido en la cuenta de que a mi no me iba a tocar tampoco esa noche, y he pasado por el arco de seguridad resignado a que el aire de la madrugada se quedara de nuevo sin mis ronquidos. Mi insomnio, que es muy celoso, anda enfadado porque no le gusta que nada ni nadie que no sea él me suman en la vigilia por cojones. Le llegan los cuernos a la luna, pero la carne es débil y no encuentro el modo de no trajinarme ante sus morros este portátil, que lo mismo me sirve para hacerme la víctima ante vosotros que para remendar montañas de grabaciones o para batir el récor mundial de faltas de mecanografía en un email.


Nadie piense que proclamo mi infelicidad por hacer algo que me gusta y que estoy disfrutando como Santa Teresa de sus llagas. Además, igual que en el chiste de los piratas, hay buena noticia, pero en este caso, de verdad: no habré cerrado los párpado en ¿? horas, pero sí he comido, nada menos que en el Viejo Urrutia, donde Fernando -al que escucharéis el sábado en nuestro Hamaiketako- había dejado bien claro a propios y extraños (en realidad, nadie es extraño en ese restaurante) para quién era la penúltima mesa vacante. Los señores vascos han llenado el estómago y, tras hacerlo, han vuelto a sus tareas. No os aburro con el detalle de las mías porque tendréis noticia de sus frutos el cada vez más cercano fin de semana. Para entonces, espero que haya desaparecido esta Pasarela Cibeles de la Milicia en que tenemos convertido el hotel, porque digo yo que los líderes carismáticos tendrán algo mejor que hacer que padecer al aporreador de teclas del Piano Bar tratando de interpretar Allá en el rancho grande...


¡Lo que son las asociaciones mentales! He mencionado el rancho grande y me he acordado de nuestra todavía flamante e inmensa sede... y de quienes se estarán pegando una paliza aún mayor que servidor, y encima andan preocupadas/o porque piensan que les van a devolver al director de su programa en forma de escamas de jabón. De eso nada. Resistiré hasta el fin.