viernes, 29 de julio de 2016

Apología (o no) de las malotas

Personas razonables cuyo criterio aprecio me dicen que me dejé llevar por prejuicios cuando tuiteé sapos y culebras contra la autora de un libro para adolescentes y la editorial que lo publica. Sostienen mis Pepitos Grillo que la campaña que pide la retirada del mercado de 75 consejos para sobrevivir al colegio, de María Frisa, obedece al desconocimiento irreflexivo y, resumiendo, a esa manía de disparar por elevación cuando se tocan algunas materias sensibles. En este caso, estamos hablando de acoso escolar y machismo, entre otras cuestiones.

Como sabrán —y si no, les voy poniendo al día—, la acusación sobre este texto destinado a chavalas de entre 12 y 14 años es que promueve el ahora llamado bullyng y, en el mismo viaje, actitudes de sometimiento de la mujer a los hombres. Hay un tercer capítulo que consiste en la desconsideración hacia madres y padres; principalmente, de hecho, hacia las madres. Como prueba, se aportan citas literales de la narradora. Ahí van algunas:

Que tu mejor amigo sea mucho, mucho más tonto que tú. Que sea lo más tonto posible.
No puedes fijarte en otros chicos delante de él, porque se pone celoso. Aunque eso, alguna vez, es bueno.
No puedes vestir mal por si acaso no le gustas.
Siempre, siempre tiene que haber alguien con quien meterse: mejor que ese alguien no seas tú. Sí, es una pena que sea tu mejor amiga, pero… ¿prefieres que se metan contigo? ¿En serio?
Lo que hacemos las pijas en el recreo: 1. Estar monísimas y pasearse delante de los chicos moviendo el c… 2. Tratar de averiguar quién le gusta a quién. 3. Obsesionarse con la lista de besos pendientes.
Cosas básicas para mantener entretenida a tu madre: Deja los calcetines y bragas sucias tiradas por el suelo. No ayudes en nada; tú tan ricamente en el sofá.

Hay que precisar que algunas de esas frases pertenecen a la media docena de entregas anteriores de la serie 75 consejos… Como principales motivos de defensa, la autora, la editorial y un nutrido grupo de personas del mundo de la escritura, la ilustración, la edición y/o la enseñanza subrayan que se trata de una obra de ficción y, en todo caso, de frases sacadas de contexto. Sobre la última alegación, tan socorrida que demasiadas veces suena a excusa de mal pagador, cabe preguntarse qué contexto necesitan las afirmaciones. Hablan por sí mismas; da igual lo que vaya antes o después. Dicen lo que dicen y punto. Recurrir a la martingala es, opino humildemente, señal de conciencia culpable; ¿no sería más honesto reivindicar esas aseveraciones? En cuanto a la justificación apelando a que se trata de ficción, lo encuentro casi peor. Curiosamente, es lo que dijo Fernando Sánchez-Dragó después haber narrado con asquerosos detalles sus encuentros sexuales con niñas. Por lo demás, es tomarnos por idiotas: ya suponíamos que la cría que dice esas cosas es producto de la imaginación de la autora. Ocurre que se plantea a las jóvenes lectoras como modelo de conducta. Los títulos no dejan lugar a dudas.

Me resultan más respetables los alegatos que se basan en la libertad de creación. Otra cosa es que los comparta. Confieso que se me hace un mundo aceptar en nombre de tal principio que se haga la apología de comportamientos y pensamientos como los que contiene el libro. Mucho más, cuando la realidad nos está taladrando todos los días con infinitos episodios de acoso escolar de dolorosas consecuencias —suicidios, sin ir más lejos— y con una interminable retahíla de conductas machistas, incluyendo agresiones sexuales. No me tengo por especialmente mojigato, pero me parece que contrarrestar las de por sí poco eficaces campañas de concienciación con los mensajes exactamente en sentido contrario es hacer un pan con unas hostias.

Hay una última cuestión, muy personal, que no puedo dejar de mentar, aunque temo que aquí se perderá el tono moderado que he querido mantener. Me asquea lo indecible el ensalzamiento de los malotes porque resultan requetemolones. Quizá Tom Sawyer y Huckleberry Finn tengan un pase. Hasta donde yo recuerdo, eran gamberros con principios. Todas las pésimas copias que han venido después son pura pose de autores que van de enfant terribles y amiguitos supercomprensivos de los niños. Pero ya digo que habla mi bilis… Mejor me voy templando y les escucho. Es decir, les leo, como siempre, en el muro de Facebook.

[Si alguien tiene moral suficiente y tiempo, hay una youtuber llamada Haplo Schaffer que le dedica al asunto casi tres horas. Dice que no va contra la autora, sino contra la idea. Confieso que no lo he visto... y temo que no lo haré.]

jueves, 28 de julio de 2016

El azotador de periodistas

Un político dice en un chat privado que azotaría a una periodista hasta que sangrase. Sugerente punto de partida. Y cómo cambia, opino, según quiénes sean los protagonistas. No cuesta trabajo hacerse una idea de la que tendríamos montada si la frase la hubiera soltado el rijoso exalcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva refiriéndose, pongamos, a Ana Pastor. Resultaría algo de todo punto intolerable, se multiplicarían las peticiones de reprobación —y si procediese, castigo— y la comunicadora objeto de la salida de tono recibiría indecibles muestras de apoyo si decidiera denunciar el caso ante los organismos competentes en materia de igualdad. Solo a una mínima parte de la talibanada diestra más desprestigiada se le ocurriría objetar que lo inadmisible es que una conversación particular llegue a conocimiento público.

Pues fíjense que ya tenemos la primera gran diferencia respecto al caso cierto y no hipotético. Porque este es el punto de apostillar para quien no esté al corriente que estamos planteando una situación que se ha dado en la realidad. No fue León de la Riva sino Pablo Iglesias Turrión quien, en conversación por Telegram con su colega Juan Carlos Monedero, lanzó tal fresca respecto a Mariló Montero. Y aparte de la sorprendente (o no) sordina con que se trata el caso, como les anotaba, ahora resulta que lo relevante no es el contenido, sino el hecho de que alguien espíe y publique diálogos privados.

¿No podrían argumentar lo mismo los másters del universo cazados en renuncio por Wikileaks? O en una escala menor, ¿no cabe aplicárselo a los SMS de Rajoy apoyando a Bárcenas o a los mensajitos de la reina Letizia a su compi-yogui implicado en marrones gordos? Sí, seguro que no faltará quien me diga que la relevancia no es la misma. Y será entonces cuando ponga media sonrisa cínica a la espera del desarrollo de tal refutación. Por supuesto que me parece muy feo y, por tanto, informativamente trascendente, que autoridades de primer orden manifiesten proximidad a (presuntos) mangantes compulsivos. Pero… ¿no lo es que el líder del tercer partido español utilice expresiones que promueven la violencia contra la mujer?


Ya, ya, ya… Esa respuesta también la tenía prevista. Que esta vez era una broma, que no encerraba ni mucho menos la voluntad real de llevar a la práctica la azotaina y que tire la primera piedra quien, entre amigos y en confianza, no haya evacuado dislates del pelo. De acuerdo, de acuerdo; yo mismo me acuso; pero añado inmediatamente que entonces se hace necesaria una guía que deje claro cuándo se está ante el oprobio de los oprobios y cuándo frente a una chanza chorra que no va a ningún sitio. Lo digo porque hay a quien le pasan a cuchillo público por bastante menos. Sospecho que seguirá ocurriendo.

De igual modo me temo que seguirá habiendo trato distinto para la víctima —¿término exagerado?— de la demasía del líder de Podemos. Resulta que respecto a Mariló Montero hay bula. Ella sí puede ser tonta y lerda independientemente de su sexo, ¿verdad? O una histérica exagerada en pos de protagonismo por haber denunciado el episodio ante el Instituto de la Mujer.

No alargo más la entrada. Confieso que albergo mis propias dudas sobre algunas de las cosas que he ido mentando en esta reflexión en voz alta. Sí tengo la certeza de que volvemos a estar ante un caso flagrante de doble vara. Aguardo las habituales aportaciones en el muro de Facebook.

Dejo para mejor ocasión las consideraciones sobre otras partes de la conversación privada desvelada, como las gracietas sobre lo poco que le gusta a Iglesias que le paren las viejas [sic]. Y qué decir de quienes, aún habiendo mediando el reconocimiento de los hechos por parte de sus protagonistas siguen farfullando que todo es un invento de Eduardo Inda.

miércoles, 27 de julio de 2016

Echenique sumergido

"Tengo un trato: lo mío pa' mi saco". (Mala Rodríguez
Buen día eligió Iñigo Errejón para fijar en su cuenta de Twitter una invectiva contra la precariedad laboral y el trabajo en negro. Pillado en renuncio por el Heraldo de Aragón, su compañero —y dicen que rival encarnizado— en la cúpula del trueno morado, Pablo Echenique, había tenido que reconocer que mantuvo durante catorce meses sin contrato a un hombre identificado, según las dosis de paternalismo chorraprogre de cada cual, como “su asistente” o “su cuidador”. Ya solamente esa mentecatez terminológica supone un apunte al natural de lo más realista sobre los protagonistas de la cuestión, tipos que creen que limpiar el culo a personas dependientes es más o menos digno en función de la palabra que se emplee para mencionarlo. Significantes ganadores y perdedores, que dice el líder del invento, el otro Pablo, que hasta el momento de redactar estas líneas no se ha pronunciado sobre el marronazo.

Sí lo ha hecho, y de un modo que revela su desparpajo, el principal actor del episodio. Sostiene el empleador en negro confeso que aunque no está del todo bien, su comportamiento es útil para abrir “un debate muy interesante respecto de la Ley de Dependencia y de cómo el sistema actual empuja a muchísima gente humilde a participar de la economía sumergida”. Deberían haberlo sospechado: la culpa es del sistema. Fíjense qué excusa más maravillosa le sirve en bandeja el emancipador Echenique a cualquiera de los miles de tipos y tipas que, además de no pasar por la caja común, mantienen sin derechos a quienes trabajan para ellos. ¿Qué ocurriría si los bwanas del sector hostelero que alude Errejón en su tuit echaran mano del comodín exculpatorio del sistema? Bueno, en realidad, sobra el condicional. Más de uno de esos jetas suelen salir por tales peteneras y aun sostienen que por la vía legal sería inviable mantener a sus asalariados. Y salvo para cuatro neocons y tres apóstoles del hijoputismo social, la mandanga no cuela. ¿Por qué a Echenique sí?

Ahí entramos en la otra parte fundamental del mecanismo de este sonajero averiado que nos han colocado. Las injusticias dejan de serlo cuando las cometen los buenos oficiales. Entonces se convierten —incluso mediando confesión de parte, como ha sido el caso— en intoxicaciones de los malvados enemigos, circunstancias plenamente justificadas o, en última instancia, menudencias al lado de las auténticas tropelías; los otros siempre las hacen peores.

De estas mismas líneas se dirá, siguiendo la trillada letanía, que obedecen a la obsesión mórbida del autor y/o a lo nerviosísimo que está ante la inminente victoria por mayoría requeteabsoluta de los neoredentores en las elecciones de otoño. Aparte de pedirles amablemente que hagan como se caen a los recitadores de retahíla, les conmino a imaginar la que tendríamos liada si en lugar del número dos de Podemos, el empleador irregular fuera cualquiera del resto de los partidos y utilizara idéntica argumentación para explicar los hechos.

martes, 26 de julio de 2016

Encabronamientos, los justos

"Puedo permitirme el lujo de no ser solidario con los asesinos" (Manuel Chaves Nogales)

Reabro este blog a la deriva y aprovecho el viaje para unificar aquí los textos de otra de las bitácoras —qué antigua va quedando la palabra— que también andaba abandonada. No prometo lo que durará esta nueva etapa. Quizá lo que mis vacaciones. O ni eso, que uno tiende a la inconstancia. En todo caso, pasarse por aquí es una opción absolutamente libre. Lo mismo que abstenerse de hacerlo o marcharse después de haber picoteado.

Parece que está de más anotar algo tan obvio. Pero no crean. El origen de estas líneas está en un curioso y no muy agradable episodio que he vivido en los últimos días en mi muro de Facebook. Les excuso la explicación al detalle porque seguramente sería parcial. Dejémoslo en que he tenido que invitar a abandonarlo (o, directamente, empujar fuera) a tres o cuatro personas que reiteradamente han incumplido las escasísimas normas que pido que respeten a los participantes. No piensen que se trata de una especie de juramento masónico o sectario. La cosa no va más allá de la mínima cortesía y educación exigibles en las redes y en la vida misma, con el añadido de lo que, si quieren, pueden juzgar una extravagancia personal: resulta que no tolero a quienes utilizan el espacio que se les concede para justificar asesinatos ni agresiones sexuales.

Se diría que no es tan descabellado, ¿no? Pues para según qué molleras debe de serlo. No vean las filípicas sobre la libertad de expresión que me cascan los zascandiles —forma castiza de decir trol— a los que, tras un par de cariñosas o menos cariñosas admoniciones, acabo enseñando la puerta. Ocurre que uno está muy mayor para que cuelen ciertos regüeldos por más estentóreos que sean. Conforme escribo, pienso incluso que es demasiado aprecio dedicarles estas letras y estas explicaciones del catón. Pero como va a ser que al final un poquito sí me va la marcha, sigo con la descarga, que al tiempo es un aviso a futuros abusadores de la confianza.

Todo reside en el principio elemental que enunciaba al comienzo de estas líneas, el de la libertad para venir, quedarse y/o marcharse, pero visto también desde mi lado. Del mismo modo que no obligo a nadie a lo mentado (venir, quedarse, marcharse), yo no me siento obligado a mantener ningún tipo de relación con los usuarios de la herramienta que pongo a su disposición para expresarse.

Afortunadamente, como se ha visto a través de los años, lo más habitual será que predomine el sano intercambio de pareceres y la enriquecedora suma de aportaciones. Con sus encontronazos y sus momentos ásperos, sí, pero en todo caso, bajo la máxima de la honestidad en la expresión y la abstención de recurrir a ventajismos de tahúr. Y si a pesar de la advertencia, alguien insiste, que sepa que será la última vez. Ni siquiera haremos un drama cuando ocurra. Encabronamientos, los justos.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Esto es porque sí

“¡Ajajá! ¡Así que usted es de los que piensan que la solución a la violencia es más violencia, o sea, más bombas!”. Lamento pinchar ese globo, pero tampoco. Nada de lo escrito en mis anteriores columnas invita a pensar tal cosa. Bien es cierto que tampoco creo que esta barbarie se pare con “la grandeza de la Democracia”, como va diciendo campanudamente por ahí Pablo Iglesias, sabiendo, porque tonto no es, que la frase es de una vaciedad estomagante, amén de insultante para las víctimas. Ni mucho menos “con la unidad que derrotó a ETA”, que es la soplagaitez que se le ocurrió soltar a la luminaria de Occidente que en la pila bautismal recibió el nombre de Pedro Sánchez Pérez-Castejón.

¿Y cómo, entonces? Pues mucho me temo que ya andamos muy tarde. Todas esas coaliciones internacionales de venganza van a servir, como mucho, para bálsamo del orgullo herido, para marcar paquete y, lo peor, para acabar una vez más con la vida de miles de inocentes. Es probable que también de algunos malvados, pero, ¿merece la pena? Yo, que no soy más que un mindundi, digo que no.

Del mismo modo y con la misma falta de credenciales, añado que tampoco veo que solucione nada, más bien al contrario, declararse culpable, bajar la cabeza y liarse a proclamar que no hay que enfadar más a los criminales. Tantos doctorados, tantos sesudos artículos leídos y/o escritos, para que luego obviemos lo más básico: esto es porque sí. Es verdad que hay media docena de circunstancias que podrían servir como coartada, pero aunque no se dieran, salvo que nos queramos engañar a nosotros mismos, sabemos que estaríamos exactamente en las mismas.

martes, 17 de noviembre de 2015

Todos 'cuñaos'

Antepenúltima hora: los asesinos de París son todos menos ellos mismos. Y mucho cuidado, porque sostener algo diferente o manifestar la menor objeción a la verdad verdadera nos degrada a la calaña de cuñados, que ahora mismo es el insulto número uno el hit parade modelnoide. De perdidos al río, empecemos señalando que la condición de hermano político es recíproca. Yo lo soy de otro que también lo es. Por lo demás, prefiere uno ser adscrito al cuñadismo ramplón que al ilustrado. Esos sí que tienen peligro, los listos de un abanico que va desde la lectura de medio artículo a la posesión de una cátedra en Historia Contempóranea, lo que acojona más.

Es ahora cuando con buena y no tan buena intención se me interpela sobre qué tiene de malo contextualizar y por qué en la columna del otro día lo asimilé a justificar. Que sea necesaria tal pregunta ya encierra una categoría, pero vaya por quienes interrogan de buena fe. Claro que es fantástico poner los hechos en su contexto, pero sin trampas al solitario. Hay quienes dicen ir a la raíz de los crímenes machistas, de la tortura en sede policial o de la guerra de 1936. Ustedes, yo y las piedrecillas del camino sabemos qué esconde cada uno de esos intentos y no los aceptaríamos.

Por otro lado, ¿se han planteado el brutal supremacismo blanquito y judeocristiano —de ahí viene también lo de la culpa chorra— que supone dar por hecho que los de nuestra tez y nuestras creencias (o falta de ellas) somos las únicas criaturas del orbe capaces de hacer el mal? Ya, no, como tampoco el hecho de que estos asesinatos son, entre otras mil cosas, profundamente racistas.

miércoles, 31 de julio de 2013

Otra portada miserable

Ni puñeteras ganas de buscarle la vuelta irónico-sandunguera, como hacía en La Trama o Diestralandia. Esta vez no sirven el humor ni la retranca. La portada de ABC de hoy es miserable. Intencionadamente miserable, además. Le falta a la imagen —aunque es fácil imaginarla— una diana sobre la cabeza del maquinista del Alvia. Eran estos mismos tipejos los que nos daban lecciones sobre el periodismo de señalamiento. Lo suyo no llega siquiera a eso. De señalamiento, de linchamiento sádico, de cacería caprichosa, sí. Pero periodismo, ni del más devaluado, ni del más chichipocero. Pura mierda maquetada y tirada a cuatricromía. ¿Con qué propósito? Vayamos a eso.

La respuesta fácil es que el boletín oficioso del gobierno del PP (en concurrencia y dura competencia con otros papelajos) sale con todo a proteger a quienes lo alpistan. No sería ese un objetivo edificante, pero sí entendible en estos tiempos de kiosco de banderías enfrentadas que se pasan la verdad entre las ingles. Habría una docena de maneras de cumplir esa misión al servicio del señorito sin necesidad de caer en la ruindad de cebarse cruelmente con una persona a la que no hay código penal capaz de imponerle un castigo más duro que el que le reserva su propia conciencia. Sin embargo, la cabecera madrileña de Vocento —qué poco se menciona este dato— opta por la saña disparada a granel sobre la víscera. Se erige en juez de la horca y se pone al frente de una lapidación tan inmisericorde como nauseabunda.

Claro que si hay que decirlo todo, habrá que anotar también que este tipo de comportamientos rastreros se dan en buena medida gracias al consentimiento de muchísimos de los que hoy mismo echarán pestes sobre la portada. Bieito Rubido, autor intelectualoso y material de esta deposición hedionda, tertuliea tan ricamente (en varias acepciones del adverbio) igual en telefacha que en teleprogre. Él y otros individuos que tal bailan siempre encuentran, además de unos miles de dedos que sintonizan el canal en cuestión, uno o varios presuntos adversarios dialécticos. Por el bien del debate, porque hay que plantar cara a su discurso, por la pluralidad, porque hay que ir hasta al infierno, porque, porque, porque... entre bomberos no se estila pisarse la manguera y uno del gremio, coño, es uno del gremio. Aunque practique el matonismo en primera plana.

martes, 30 de julio de 2013

Hasta dónde contar

Nadie ha sabido explicarme ni yo he sido capaz de descubrir qué meridiano separa el interés humano del morbo zafio y ramplón. ¿Dónde acaba lo que es razonable querer conocer y dónde comienza la curiosidad malsana, el cotilleo indecente, la invasión procaz de la intimidad ajena? Nombre (¿Con uno, dos apellidos? ¿Oculto tras unas iniciales?), edad, profesión, procedencia (¿Siempre?)... A primera vista, es lo obvio, lo básico, lo imprescindible. Con menos no dices nada, y aun así ya habría quien podría porfiar que has dicho más de la cuenta. Seguir avanzando es, con alta probabilidad, transitar por donde no se tiene permiso: qué le había traído al lugar que le hizo dejar de ser anónimo o anónima, quién lo (la) acompañaba, quién lo (la) esperaba, de quién se había despedido. Y su aspecto, claro, que vivimos en la era de la imagen. Hoy, además, eso es muy fácil porque cuando no sospechamos que algún día hablarán de nosotros (y no por algo bueno), vamos dejando pelos, señales... y por supuesto, fotografías que llegarán a muchísimos más ojos de los inicialmente previstos. Sin respeto ni miramientos por el contexto. Al contrario, aprovechando la carga dramática de las paradojas. Alguien mira al objetivo con una sonrisa luminosa que desborda vida y justamente esa instantánea es la que ilustra la noticia de su muerte. Un millón, dos, tres... de congéneres que jamás reparamos en su existencia (y viceversa) adquirimos noción de ella cuando ya es pasado. ¿Con qué derecho?

Eso es, precisamente, lo que decía que aún no he averiguado. Ni en mi condición del que lo cuenta porque tal es mi oficio, ni en mi circunstancia de quien lee, escucha o mira desde el otro lado. Eso hace que me sienta incómodo, igual cuando soy el narrador que cuando formo parte del público. Mi único consuelo, que en realidad es una tosca autojustificación, se reduce a pensar que no seré el único a quien le ocurra. Aunque cada vez me cuesta más creerlo.

lunes, 29 de julio de 2013

Tratamientos de fertilidad... y algo más

[Segundo apunte aclaratorio tras mi columna en Grupo Noticias de ayer. En el primero, reflexionaba sobre lo que yo entiendo como linchamiento a la ministra Ana Mato. Aquí voy al fondo del asunto... más o menos]

Lo diré del tirón: no creo que los tratamientos de fertilidad deban ser financiados por el sistema sanitario público. Añadiría que en ningún caso, pero por no pecar de soberbia generalista, matizaré que dejo un margen para aquellas situaciones que, aun siendo incapaz de imaginarlas, no discutiré si alguien con criterio me razona que responden a una necesidad terapéutica. A partir de ahí, e independientemente de circunstancias vitales, sentimentales o de opciones sexuales, negaría cualquier solicitud. Hasta a mi, que la acabo de escribir, me parece una frase tajante y altamente impopular que tal vez debería haber dulcificado. ¿Cómo se puede ser tan inhumano, habiendo posibilidad científica, de negar a alguien la oportunidad de realizarse personalmente con la maternidad y/o la paternidad? Me temo que seguiré por el camino de la aspereza formal: pues del mismo modo que se le niega una operación de miopía a alguien que no ve tres en un burro o una dentadura postiza a una viuda que cobra 460 euros al mes. Igual igual que a alguien con una enfermedad degenerativa galopante se le da cita para cuando probablemente no haya nada que hacer. No es que no llegue para todo, es que no llega para casi nada. Lo sorprendente es que a la hora de establecer prioridades haya quien defienda, aunque sea tácitamente, que los que siempre se han jodido tienen que seguir jodiéndose porque su causa es menos fotogénica, menos mediática o no ha encontrado unos finísimos paladines que inventen palabros para defenderla.

No sé si caemos en la cuenta de que esta realidad que tanto nos cuesta aceptar, que nos hace protestar, reivindicar y patalear hasta la extenuación, era una cuestión totalmente asumida por las generaciones anteriores. Mi difunto padre y mi madre antes de que se le fuera la cabeza, por ejemplo, ya sabían que la vida en general es una sucesión de inmensas putadas — y satisfacciones, no nos pongamos tremendistas— con las que no queda otra que apechugar. Por descontado que hay que hacer frente a las injusticias y no dejarse doblegar por quienes nos las imponen, pero en muchos casos, la adversidad viene sin que la traiga ningún malnacido. Y sí, en esta parte del mundo y por una serie de acontecimientos históricos y azares en los que merecerá la pena entrar en otro momento, es cierto que disponemos de un Estado que debería tender a amortiguar los golpes y a hacernos la existencia más llevadera... en la medida de lo posible. Sin embargo, si no hubiéramos reducido a polvo nuestro índice de tolerancia a la frustración, tendríamos muy claro que hay un puñado de morlacos con los que debemos vérnoslas sin la ayuda de la autoridad competente. Ser bajito y rechoncho como servidor, que a uno lo quieran más o menos, carecer de aptitudes para escalar el K-2, no encontrar la media naranja o el cuarto de melón, encontrarlos y perderlos al rato siguiente, no tener una polla como una olla o unas tetas de escándalo... En todo eso y en muchísimos otros reveses bastante más graves no puede —y quizá no deba— entrar ningún gobierno.

Volveré a sonar desagradable: no tener hijos deseándolos es uno de esos infortunios de los que no cabe pedir cuentas a la administración. Si pensamos que sí, como veo a mi alrededor, será difícil fijar límites. No habrá cuita cuya resolución urgente no se reclame como derecho inalienable... e imposible de cumplir. Ya no hablamos de política ni de ideología, sino de algo más primario, de esa vida —vuelvo a insistir— que nos sonríe durante un segundo por cada quince que se descojona de nosotros.

Como se habrá comprobado, en esta reflexión zigzagueante he vadeado el pantano del género y la identidad u orientación sexual. Sinceramente, creo que no procede mezclarlo en este debate, que afecta a todas las personas y no solo a unas cuantas. De hecho, sostengo que una de las grandes torpezas —o pensando mal para acertar, una de las actitudes intencionadamente perversas— de Ana Mato y el Gobierno del PP ha sido aprovechar el viaje para castigar los modelos de relación que se salen de su ideario. Pudiendo haber optado por la supresión de todos los tratamientos de fecundación asistida, ha decidido mantenerlos únicamente para los matrimonios establecidos de acuerdo a la (rancia) tradición. Quiero anotar que eso no se me escapa y que me parece deleznable por dos motivos. El primero, por la estrechez mental y la injusticia que manifiestan. El segundo, porque ha enmerdado lo que debería haber sido un enriquecedor intercambio de opiniones sobre los servicios públicos deseables y los posibles, sobre el tipo de ciudadanos en que nos estamos convirtiendo... y sobre la vida, que tantas veces he mencionado en estas líneas.

Intuyo que de aquí saldrán unos cuantos apuntes más.

domingo, 28 de julio de 2013

Cacerías

Supongo que me lo he ganado a pulso. Solo a mi se me ocurre dedicar la última columna antes de las vacaciones a un asunto de esos en los que es mejor no llevar la contraria a los poseedores de la verdad. ¿A uno he dicho? En realidad eran dos los charcos que pisaba en el mismo puñado de líneas, y ambos, hay que ser bruto, lejanos a la ortodoxia. Por un lado estaba el cenagal de los tratamientos de fertilidad y por otro, el despeñadero de los linchamientos a según quién, que es por donde enfilaré este apunte aclaratorio. Sobre lo primero, aún tengo unas cuantas ideas que poner a enfriar...

No me gustan las lapidaciones. Ni siquiera las dialécticas. Me da igual que la víctima sea Ada Colau, el maquinista del Alvia o una ministra del PP. Sí, aunque no sienta por ella la menor simpatía, aunque esté convencido de que es una calamidad, aunque me provoquen vergüenza ajena sus decisiones y sus declaraciones. Llego a entender la crítica mordaz, la carga de profundidad, incluso una rociada verbal de racimo acorde a cargo, nulidad y sueldo. Hay testigos de que me he sumado en más de un caso a prácticas como esas. Pero me detengo en cuanto empiezo a percibir ojos inyectados en sangre y competiciones por ver quién es el más despiadado. Ahí pierde sentido el objetivo inicial. El fondo se va al carajo en beneficio de las formas... de las malas formas, las que no distinguen arre de so, las que bendicen insultos machistas, sobradas basadas en el aspecto físico o cualquier garrulez de las que en otras circunstancias nos harían saltar al cuello de quienes las profieren.

Hace un par de días, Iñigo Sáenz de Ugarte clamaba en eldiario.es con toda la razón del mundo contra las tundas mediáticas. Comparto la reflexión de la cruz a la raya, pero no serviría de nada que lo hiciera si en la misma frase —esta— no añadiera que la validez de esa denuncia está sujeta a su universalidad. No caben excepciones por afinidades. También cuando las cacerías son sobre quienes nos caen antipáticos deberíamos pedir templanza y, desde luego, bajarnos en marcha de la cuadrilla de acollejamiento. Es una cuestión ética o deontólogica, por descontado, pero como ya sé que eso se la trae al pairo a más de quince, anoto que también hay un propósito pragmático. Hay quien desea y celebra que cualquier materia de debate se reduzca a refriega en territorio embarrado porque ahí están seguros, como poco, de empatar. Y suelen ganar porque a fuerza de amos y años de entrenamiento, son expertos en juego sucio. Su gran logro de un tiempo a esta parte es haber conseguido tener enfrente a unos tipos tan cerriles como ellos. ¿Una prueba? El modelo de tertulia de la TDT se ha extendido a los canales convencionales. Lo de menos es el qué. Gana quien más grita, quien más insulta, quien más manipula, quien más pico demuestra. Pensemos por un minuto si esa es la defensa más adecuada de nuestros argumentos.

Me sé excepción y hasta bicho raro. Sigo creyendo en lo que digo y escribo, sin perder jamás de vista que puedo estar equivocado o que lo que postulo tiene opciones de ser solo una parte infinitesimal de la verdad. En cualquier caso, y aunque también voy al límite con los adjetivos de punta, no me sale de las narices ir por sistema a la tibia del contrario. Por mucho que se llame Ana Mato.

La otra cuestión, la de los tratamientos de fertilidad, la dejamos para el siguiente apunte.