lunes, 26 de noviembre de 2007

Telerrealidad

La televisión pronto llegará, yo te cantaré y tú me verás... (Lolita Garrido, La televisión)

Para una vez que no pretendíamos que el A Dos fuera un debate, el del pasado sábado sobre la llamada Telerrealidad acabó siéndolo casi con todas las de la ley, y debo reconocer que me gustó ese viraje sobre nuestras intenciones iniciales. La única pena es que se nos volvió a quedar corto gracias, en buena parte, a que los dos invitados, Ernesto Martínez y Mariola Cubells, vinieron con argumentos sólidos y demostraron una enorme capacidad de comunicación al defenderlos.

Ernesto, curtido en esas redacciones donde se pueden hacer jornadas de doce horas diarias a la caza de la mejor historia para alimentar el hambre canina de la insaciable audiencia televisiva, defendió con ardor su trabajo. Pero me temo que su brillantez no fue suficiente para convencer a la inmensa mayoría de los oyentes de MQP, alineados de saque con ideas más parecidas a las que trajo Mariola, que también fue cocinera de esa tele de trazo grueso antes de arrepentirse y contar sus miserables pelos y señales en un libro titulado ¡Mírame, tonto! Confieso que yo, que conozco ese paño por vía cercana -incluso cercanísima-, aprecié el esfuerzo del periodista madrileño, pero también me vi más reflejado en la postura de la valenciana.

Una frase ingeniosa: No quieras saber cómo se hacen las leyes ni las salchichas, a lo que añado: Ni tampoco los programas de telerrealidad. Cuando escucho a algunos de mis compañeros más jóvenes maldecir la profesión porque se han mojado al volver de una rueda de prensa o porque la máquina de café no funciona, suelo desearles con cordial mala leche una temporadita en cualquier talk show. De hecho -y que me perdone Mikel eztabai- yo creo que preferiría hacer la mili en los Regulares de Ceuta antes que trabajar dos semanas en esas casquerías donde la única forma de sobrevivir es hacerse un abrigo de conchas de galápago impermeable a cualquier sentimiento humano. Si Darwin tuviera que probar la teoría de la selección natural hoy, sin duda iría a una de esas redacciones en que sucesivos jefes intermedios con la pituitaria y el paladar atrofiados piden más tabasco a las historias, ya de por sí picantes, que les ofrecen los curritos.

Lo peor de todo es que, igual que en los grandes almacenes incluyen en el precio de las cosas la parte proporcional de lo que saben que les van a hurtar, aquí también entra en presupuesto que de tanto en tanto se produzca una desgracia. Es más: se ha llegado a tal grado de refinamiento en la perversión que cuando llegan esos accidentes, se hace de la necesidad virtud y se consigue, incluso, subir cinco puntos la audiencia. No me he parado a mirar los datos, pero me apuesto lo que sea a que desde el asesinato de Smetlana, el Diario de Patricia ha mejorado rating y share. Y justo aquí, donde me voy a parar, llegamos a la última responsabilidad, la de quien maneja el mando a distancia.