miércoles, 26 de diciembre de 2007

Apología de la desilusión

Ya no te espero.
Ya estoy regresando solo
de los tiempos venideros.
Ya he besado cada plomo
con que mato y con que muero.
Ya sé cuándo, quién y cómo.
(Silvio Rodríguez: Ya no te espero)


Cada 25 de diciembre desde que existe Más Que Palabras hablo con Imanol Querejeta de la ilusión. Es un pequeño rito dentro del gran rito -llamadle trágala o ley del embudo- que son estos días en los que deseamos felices pascuas a quienes, realmente, quisiéramos hacer la pascua. Aunque en esas conversaciones de casi obligado cumplimiento siempre me he reservado un par de salidas de tiesto propias del Grinch que soy, lo normal era que no opusiera resistencia al torrente de positividad cálida y confortable de mi hermano Imanol y hasta que acabara yo mismo haciendo un alegato de los buenos sentimientos que ruborizaría a Frank Capra.

Ayer fue diferente. De partida, recibí a nuestro psiquiatra de cabecera con la llamada de un oyente al que la Navidad le recuerda con más intensidad que el resto del año su condición amarga -¡e irrevocable!- de solitario. Sin darle tiempo a volver de la red, donde el caraqueño de Donostia había restado magistralmente esa pelota envenenada, empecé mi recital de objeciones y apostillas a su discurso favorable a la ilusión. Antes de la despedida pregunté, incluso, si ilusionarse no era sólo el requisito necesario para desilusionarse. Cualquiera que hubiera escuchado con atención podría haber pensado que esos minutos fueron un boicot continuo a nuestro colaborador.

Por la tarde, mientras veía a Oier ejercitarse contento pero sin una gota de emoción (¡malditos genes!) con los juguetes que le había dejado el hombre del saco, comprendí que lo que había hecho unas horas antes era, simplemente, intentar ponerle un prefijo al asunto de la charla. En realidad, este año yo no quería hablar de la ilusión sino de la desilusión. Es más: ya de noche, al quitar el precinto del tercer paquete de tabaco del día, admití que quería reivindicarla y hacer bandera de ella.

Hoy me he levantado militando definitivamente en la desilusión, avergonzado pero a la vez agradecido por haber sido lo suficientemente débil e idiota como para comprar no hace mucho unas participaciones de esa lotería de los crédulos que es la ilusión. Lo que no nos da matarile nos hace, no sé sí más fuertes, pero sí menos vulnerables. Es más difícil prender lo que ya ha ardido.