jueves, 13 de diciembre de 2007

Calendarios

Tiempo es una palabra que se enciende y que se apaga.
Ni se tiene ni se atrapa; no se gira ni se para. (Jarabe de Palo:
Tiempo)

Nuestros antepasados trataron de domesticar el tiempo partiéndolo en trocitos manejables que etiquetaron antes de condenarlos a cumplir cadena perpetua en una cárcel de celdas infinitas llamada calendario. Lo que no sospechaban era que ese intento de ordenar el caos y tener controlada la eternidad acabaría sirviendo como coartada para dar rienda suelta a la imaginación y al exhibicionismo, ayudar a vender buenas y no tan buenas causas, decorar con tonos verdes cabinas de camiones, tascas y talleres mecánicos o, simplemente, procurarse el ansiado cuarto de hora de fama del que habló Warhol.
Creo, de hecho, que ahora mismo es eso último lo que hay detrás de la mayoría de almanaques que salen de las imprentas: curas que están como Dios, azafatas a prueba de jet-lag, amas de casa que envenenan los sueños de Kanif, arraunlaris que invitan a naufragar, o bomberos que provocan más fuegos de los que apagan compiten por adornar nuestros días futuros desde la pared.
Esperaré a ver qué más sale de aquí a fin de año, pero yo, que me voy haciendo más convencional con la edad, supongo que en 2008 volveré a confiar mis plazos pendientes y mis planes previsiblemente incumplibles a uno de esos calendarios con imágenes bucólicas que provocan tumultos de jubilados el día de su reparto en las cajas de ahorros. Eso, en casa; al curro llevaré de nuevo -llamadme moñas si queréis- el semiartesanal ilustrado con momentos irrepetibles de mi pequeñajo. Y cuando necesite recordar que tras la pantalla del ordenador hay algo más que ceros y unos, buscaré aquí mis próximos lunes, miércoles y viernes. Se admiten otras sugerencias...