lunes, 3 de diciembre de 2007

Pixka bat es... pixka bat

Hau da gure euskara garbia
Hau da gure hizkuntza maitia
Hau da gure lehenengo ikasgaia
(Urko: Lehenengo ikasgaia)


Al final de este día habremos escuchado mil veces que una lengua no desparece porque no la aprendan quienes no la saben, sino porque dejan de hablarla quienes la saben. Supongo que hay algo de cierto en esta frase, pero también me parece que es injusta porque carga de responsabilidad a unos -los que sí la saben- y tranquiliza la conciencia de quienes no han encontrado el momento (o no han querido hacerlo) de aprenderla. Me pasa algo parecido con la campaña Pixka bat es mucho, cuyas innegables magníficas intenciones alfombran, sin pretenderlo seguramente, la humana tendencia a la comodidad y el conformismo. Si me dicen que por decir arratsaldeon o Bi zurito, mesedez ya he hecho algo por el euskara, puede que me sienta satisfecho y no llegue nunca a los baldintzas.


Comparto una anécdota de ayer mismo, que en realidad es la reedición de un episodio que me toca protagonizar con cierta frecuencia:

Nada más terminar el programa, y tras alimentarme con dos tigretones y una bolsa de gominolas, salí a escape hacia EITB-Miramon para participar en algo que en su día os hará que seáis crueles conmigo. Me acompañaron en este trago algunas de las voces más reconocidas de las emisoras públicas: Xabier Lapitz, Manu Etxezortu, Arritxu Iribar, Maite Artola, Pilar Ruiz de Larrea, Ismael Ortiz de Mendibil, Edurne Garmendia, Joseina Etxeberria y Jon Gotzon. Aunque lo que nos unió durante un montón de horas tenía mucho de marrón, lo cierto es que llenamos varios sacos de risas, y después de hacer lo nuestro, creo que todos salimos con la sensación de haber pasado un domingo entretenido. Pese a ese buen sabor de boca, en el viaje de vuelta por la infecta A-8 yo no podía dejar de pensar en un detalle: como mi pixka bat no da para grandes conversaciones, todos los demás hablaron durante buena parte del tiempo, incluso a veces entre ellos, en castellano. La excepción -o sea, yo- impuso a la inmensa mayoría su carencia.

No sé si somos conscientes de esta consideración, de esta generosidad infinita de los euskaldunes, que como pago -¡para colmo!- tienen que soportar que corra la especie de que empieza a haber signos de discriminación del castellano. Me pongo en su piel y, francamente, no sé si tendría su paciencia y su delicadeza.