jueves, 31 de enero de 2008

Bendita serendipia

Los errores no se eligen
para bien o para mal;
no fallé cuando viniste... y tú, y tú
no quisiste fallar.
(Coti: Nada fue un error)


Colón se encontró un continente cuando buscaba otra cosa. Un cristal de microscopio sucio le reveló a Fleming la existencia de la penicilina. Un chaval palestino tiró una piedra en una cueva y al ir a comprobar por qué había hecho un ruido raro se dio de morros con los manuscritos del Mar Muerto. A un empleado de 3M le salió una birria de pegamento y ahí nació el post it. Seguramente porque chamba es una palabra demasiado vulgar, los finos le dicen serendipia, y de paso tienen excusa para adornarse con la historia de tan sonoro vocablo, que en esencia viene a significar que la casualidad o el error le han echado más de una mano y más de dos al llamado progreso.

La última aportación de la chapuza al auxilio de la ciencia ha tenido lugar en un hospital de Toronto. Unos neurólogos que de pequeños no debieron practicar mucho con el electro-L trataban de provocar un cortocircuito para -literalmente- engañar el hambre de un pobre diablo con obesidad mórbida y al despertarle resultó no sólo que el tipo seguía teniendo un apetito de caballo, sino que le había vuelto la memoria perdida hacía unos lustros. El País lo cuenta de una forma menos exagerada, pero eso es, coma arriba coma abajo, lo que ocurrió. Esa cantada, que vaya a usted a saber si pudo haber frito para siempre los sesos de la cobaya humana de 190 kilos, ha dado pie a investigaciones que podrían servir para devolver sus recuerdos a los enfermos de Alzheimer.


Moraleja: la próxima vez que metas la pata puedes estar más cerca del Premio Nobel. No sabéis cómo consuelan estas noticias a alguien como servidor, que tiene por hobby coleccionar errores.