jueves, 3 de enero de 2008

El sexo de las moscas

Tengo en una caja
metidas unas mocas porque...
Tengo moscas pequeñas
tengo moscas grandes, ¿y qué?
(Golpes Bajos: Colecciono moscas)


Aún sin despertar del todo, mis cuatro neuronas de guardia se han tenido que esforzar a fondo para comprender lo que han querido demostrar unos científicos -genetistas, creo- de la Universidad de Penn State (Pennsylvania). Amparados por su bata blanca para no pasar por gamberros infantiles (ya he visto yo a algunos críos de mi generación ahogar insectos en vino), se han dedicado a encogorzar durante meses moscas de la fruta y parecen haber descubierto que los bichitos con dos chupitos de más se ponen pilongos con los ejemplares de su mismo sexo.

No dudo del buen fin de la investigación, aunque también temo sus consecuencias. Poco tardará cualquier Aquilino Polaino en afirmar que ha quedado probado que la homosexualidad es una especie de borrachera que viene de serie y que se puede curar al estilo tradicional, o sea, metiendo la cabeza en agua helada y tomando medio litro de café con sal. Yo, que no tengo el título de licenciado en Biología como gure Mikel (tampoco el de Mister Euskadi, qué le vamos a hacer), me atrevo a sacar una conclusión alternativa del experimento: lo que les ha pasado a las moscas es lo que a cualquier cuñado soso que después de atizarle al Paternina a discreción se afloja la corbata negra y se entrega a una insinuante interpretación del I wanna be loved by you de Marilyn. Vamos, que las pobres criaturas, encorsetadas por su triste vida prófuga de manotazos y rociadas de Raid, se han soltado la melena o las alas gracias a los vapores etílicos y han dado rienda suelta a sus auténticos instintos.

El alcohol desinhibe, ¡menudo descubrimiento! Sinceramente, me parece un mayor hallazgo -y desde luego, con más desarrollo práctico- el de unos investigadores de la Universidad alemana de Wuerzburgo, que han provocado kurdas a las moscas, no para ver con quién se lo montan, sino para encontrar un remedio que acabe con las resacas. ¡Eso sí es ciencia!