lunes, 21 de enero de 2008

Las tetas y el Paraíso

Voy mirándome en los charcos;
yo no necesito espejos.
Sé que soy mucho más guapo
cuando no me siento feo
(Fito y Fitipaldis: Feo)


Nos contaba ayer Jabier Muguruza que a una amiga suya le ha escandalizado que una serie de televisión pueda llamarse Sin tetas no hay paraíso. Reconozco que cuando lo leí en los periódicos, se me pusieron los ojos como ruedas de tractor y mi sector interno políticamente correcto trató de emitir algún tipo de protesta, inmediatamente diluida por la facción más sincera y realista de mi personalidad que, además de aplaudir la habilidad para crear un título difícilmente olvidable, encontró en el rotundo enunciado una verdad como la copa de un baobab. El paraíso -el de la tierra, que es el que importa- tiene reservado el derecho de admisión y es más probable que entre un camello por el ojo de una aguja que alguien que llegó tarde al reparto de caretos y figuras por la puerta de ese edén hecho a la medida de los cuerpos Danone.


Nuestra tendencia a hacernos trampas en el solitario nos hace cantar a la belleza interior y a la hermosura de espíritu, pero en cuanto nos ponen a prueba, el instinto nos lleva -da lo mismo que seas hombre o mujer- detrás de un culo bien torneado, un abdomen con galletita o unos ojos de profundidad oceánica. Que tire la primera piedra quien no haya practicado una especie de discriminación positiva hacia los físicos agraciados. Lo divertido y a la vez sintomático es que quienes son homologables al pobre Picio, canon universal de la fealdad, se destacan en esta forma de actuar que margina a los que no llegan a la media estética.


Como Fito, yo no necesito espejo para saber en qué equipo me toca jugar y, la verdad, llevo tanto tiempo haciéndolo, que he llegado a tomármelo con una mezcla de cinismo y deportividad. Hace mucho que no me afecta convertirme en invisible si al lado está alguna fotocopia de George Clooney. Me limito a guardarme una sonrisa sardónica para el momento en que quien me ha hecho luz de gas se ponga a pontificar sobre, por ejemplo, la igualdad de oportunidades. De sobra sé que sin tetas -o su equivalente- no hay paraíso.