jueves, 24 de enero de 2008

Su bolsa y nuestra vida

¿Va mal el negocio? ¡Manda la caballería!
La bolsa de Nueva York controla este mogollón.
La bolsa de Nueva York, a la mayor gloria de dios.
(La Polla Records:
El 7º de Michigan)

Con dos o tres excepciones, mis pasiones se caracterizan por lo intenso pero aún más por lo efímero. Inconstante por naturaleza y fácilmente decepcionable, los amores de mi vida -salvo un par- y mis vocaciones irrefrenables -salvo una- han acabado en un gigantesco vertedero de indiferencia. Os lo cuento para que conozcáis mejor al tipo cuyas memeces leéis, pero también porque sé que nunca imaginaríais que uno de mis cuelgues temporales más lisérgicos fue la bolsa.

Tal vez si aquel bonsai no se me hubiera muerto ahogado o si hubiera sido capaz de terminar aquella iglesia prerrománica escala 1:100 con minúsculos ladrillos que no encajaban ni a tiros, jamás me habría dado por probar con los chicharros, los blue chips, los análisis chartistas, los splits y otra jerga variada que, según escribo, compruebo que felizmente he ido olvidando. Antes de que os hagáis una idea equivocada, me apresuro a aclararos que no soy uno de tantos escaldados por querer meterse a tiburón de las finanzas cuando se da justo justo la talla para sardina. De hecho, en los once meses que me duró la ventolera convertí cincuenta mil pelas en bastante más de medio kilo... del que la Hacienda de Bizkaia se llevó un buen mordisco sin necesidad de dedicarle un segundo a la evolución de Acciona.


Esa pasta que fundí en mis vicios tecnológicos no fue, ni de lejos, lo más valioso que saqué de la inmersión controlada en las procelosas aguas del capitalismo. La verdadera rentabilidad estuvo en el aprendizaje y, más que eso, en el descubrimiento de la inmensa mentira que se disfraza con trajes, corbatas, gráficos, páginas color salmón, palabros, megaprogramas informáticos y demás parafernalia. Todo para ocultar lo que no es más que un casino a escala mundial, cuyo principio básico es el mismo que el de cualquier tómbola de pueblo: la casa siempre gana. Como me contaba el jugador profesional Gonzalo García Pelayo, que ahora se dedica a desplumar al prójimo en partidas de poker por internet, para que los que dominan la estadística se forren, hace falta un número equis de pardillos... y esos nunca faltan.


Estos días de pánico en el edén bursátil, con hostiazos históricos contados por voluntariosos expertos que saben del asunto lo mismo que Bisbal o servidor de hermenéutica, habréis oído que tal o cual supercorporación ha perdido nosecuantísimos millones de maravedíes. No os lo traguéis del todo: no son más que ceros virtuales que con el tiempo volverán al redil. Los que de verdad están palmando son los pardillos de los que hablaba el capo de los Pelayo, empezando por ese primo listillo que oyó campanas y se tiró de cabeza con su capitalito a comprar Coloniales y siguiendo -he aquí la mala noticia- por todos los que, sin tener un céntimo directamente en bolsa, patrocinamos a los ludópatas autorizados de las diversas entidades que guardan nuestro dinero. Y si creéis que no tener un duro os pone a salvo, esperad a la próxima negociación colectiva o al próximo recorte de personal.