viernes, 1 de febrero de 2008

Alegato del Tomate

Me estoy alimentando
con un nuevo programa.
Su imagen estimula
mi amor informativo.
(Aviador DRO: La televisión es nutritiva)


No me alegro ni medio gramo de la desaparición del Tomate. Es más: echando cuentas, creo que estoy más apenado que contento, entre otras cosas, porque mi amiga Berta se ha quedado sin curro... y con ella, otras 120 personas. Contad hasta cien antes de proclamar que se lo tienen bien merecido por ganarse la vida removiendo el guano de los buitres, palomas, gavilanes, periquitos y, en general, pájaros de diverso agüero que componen la fauna famosil. Ya he citado alguna vez la disyuntativa que nos planteaba cada dos por tres mi viejo y facha profe de latín: ¿Quién peca más, el que peca por la paga o el que paga por pecar?, pregunta a la que yo, mirando a los dignísimos plumillas que creen que no se mancharían las manos en el cieno rosa, añadiría, con el mismo resabio bíblico, lo de la paja en el ojo ajeno y el elefante en el propio.

Hace tiempo dejó de colar lo de las legiones que se chutan en vena los documentales de la dos. Lo que más me flipaba de mis tiempos en la tele era un adictivo invento llamado en jerga interna de Txori Etxea -creo recordar- audioneur. Consistía en una pantalla múltiple donde se podían ver simultáneamente todos los canales y, lo más alucinógeno, la evolución al segundo del número de espectadores que seguían cada uno. En cuanto en una cadena aparecía la cortinilla de publicidad, los televidentes salían en estampida. Pero lo mejor era la erección numérica que se producía bajo cualquiera de los recuadros donde aparecieran unas tetas. Estoy seguro de que si Pavlov hubiera dispuesto de un ingenio así, no habría necesitado tunear las tripas del pobre perro para demostrar lo de los estímulos y las respuestas.

Después de meterle varias horas al juguetito y otras cuantas más al informe diario de audiencias minuto a minuto de Sofres, me creo bastante poco tirando a nada a los que ponen cara de retortijón cuando hablan de estos programas que entre otras funciones sociales cumplen la de ser saco de las hostias y del desprecio general. Que tire la primera piedra quien no se haya quedado un cuarto de hora con el mando petrificado ante el primo de una amiga del cuñado de la chica que salió con uno que tuvo una noche loca con la hija de una farmacéutica que le vendió unos condones a Pipi Estrada. Y que tire la segunda quien, al comentar como de pasada ante sus amigos que lo vio, no se ha encontrado con que toda la cuadrilla lo había presenciado... eso sí, por casualidad.


En resumen: el Tomate ha existido porque había miles de mendrugos dispuestos a untarse en él. Y tampoco les culpo, porque un zapping a su hora de emisión te pone a un tris de solicitar asilo en Disneylandia ante la imposibilidad de elegir entre susto o muerte. Lo divertido va a ser cuando todos los estirados (no va por ninguno de vosotros) que cantan victoria descubran dentro de muy poco que los paridores de teleponzoña son capaces de superarse. ¿Acaso os habéis olvidado del Missisisipi, Crónicas o Tómbola?