sábado, 23 de febrero de 2008

Contar estrellas

Rastro, huella de los pasos errantes,
del buscador de señales.
Nunca el tiempo es perdido;
es sólo un recodo más en nuestra ilusión ávida de olvido.
(Manolo García: Nunca el tiempo es perdido)


Aunque a veces disimule, no soy un ser nada práctico. Sería dramático hacer un destilado de mis cuarenta años para comprobar, seguramente, que a reloj parado (como en el fútbol sala, Mikelaz) apenas habré sido medianamente útil durante... ¿un par de años? ¿tres? Todo lo demás ha sido tiempo perdido esquivando la línea recta, extraviándome en las más absurdas circunvalaciones, haciendo caridad con las musarañas siempre necesitadas de alguien que repare en ellas y les guiñe un ojo, o dando conversación a mis monstruos interiores con la esperanza -¡seré idiota!- de que iba a ser capaz de domesticarlos. También he tirado lustros y dioptrías a la basura leyendo libros que olvido en cuanto los termino, viajando a lugares cuyos nombres y paisajes forman una grumosa bechamel en mi memoria o -esto tal vez me joda un poco más- compartiendo cafés, fluidos, miedos, ocurrencias y silencios con personas que en este segundo (y algunas aún ya entonces) me importan un tercio de pito, IVA incluido.


Si empezáis a preguntaros a santo de qué viene todo esto, me adelanto a aclararos que no hay ningún propósito, tesis o moraleja. De eso van o intentaban ir, precisamente, estas líneas aún más prescindibles que todas las que llevo arañadas en esta espalda con forma de blog. Otra vez estoy haciendo virutas con el humo de los minutos que probablemente debería invertir en asuntos de provecho como preparar la entrevista de mañana, ensayar ante el espejo la sonrisa con la que voy a seguir engañando a los que se dejan engañar, calcular para qué me llega con el plan de pensiones, afeitarme o, aunque sea, hacerle las ingles brasileñas a mi melancolía, no sea que le hagan una oferta para el póster desplegable del Playboy.

Lo peor o, en mi versión, lo mejor, es que no siento el menor de los remordimientos por entregarme -¡y en público!- a esta deconstrucción adrianesca del reloj que me lleva a ninguna parte, que es exactamente el lugar donde más me apetece estar. Si me habéis acompañado hasta aquí, perdonándome que hoy no os eche, por ejemplo, las migajas de campaña electoral previsibles, tal vez sea porque tenéis en común conmigo la necesidad de escapar, aunque sea por un rato, de la dictadura de lo servible. No os avergoncéis por ello. Si la carne es débil, el espíritu le dobla la apuesta. Podéis reflexionar sobre ello si me seguís a la próxima actividad absolutamente inútil en la que proyecto enrolarme: ¿Qué tal se os da contar estrellas?