jueves, 7 de febrero de 2008

La veda de la inmigración

The order is
Rapidly fadin.
And the first one now
Will later be last
For the times they are a-changin.
(Bob Dylan: Times they are a changing)


Casi todos los que se tienen por la última chupada del mate del análisis político me sonreían, ora con displicencia ora con suficiencia, cuando vaticinaba que estaba próximo el momento en que la inmigración se convertiría en el principal caballo de batalla electoral. Con gesto del que se quita una mosca molesta de encima o de quien trata de explicarle a un niño algo que no está a su presunta altura intelectual, tiraban de informes de hace quince años para hacerme ver que eso no ocurriría nunca aquí porque el fenómeno apenas pasaba de anécdota. No faltó quien me recomendó: deberías escuchar menos tertulias fachas. Probablemente un par de viajes en transporte público, un vino tomado en un bar de barrio o poner la oreja en una peluquería con descuento para jubilados les habría ayudado a ver más allá de la venda. Pero no: los sabios con ceguera voluntaria se alimentan exclusivamente de potitos elaborados por otros eruditos que, como ellos, se niegan a que la realidad desmienta sus acojonantes construcciones teóricas.


Servidor se sigue pidiendo en este cuento el papel del niño que veía al rey desnudo y, por si pudiera servir de utilidad -o tal vez para probar en el futuro que ya dije que se veía venir- señalo las palabras del que podría ser muy pronto presidente del Gobierno español: el que no respete las costumbres, que se vaya. Por supuesto, lo ha dicho de un modo más fino. Es cierto que quedan unos cuantos capítulos antes de clamar contra la escoria venida de fuera, pero es el camino que indica el GPS y me encantaría reconocer un día que me dejé llevar por mi fatalismo, pero me temo que no tendré tal placer.


Mariano Rajoy rompió ayer un tabú y en el mismo viaje abrió una veda, sabiendo que no van a faltar escopetas que se apunten al jolgorio. De hecho, no creo que lo hiciera tanto por convicción como por dotes de cálculo. Si frecuentáis esos lugares que citaba antes -transporte público, bar de barrio, peluquería de media tijera- tendréis una idea aproximada de la cantidad de votos huérfanos que anhelaban que alguien los adoptase con un discurso como el del líder del PP. La única sociología creíble, que es la que se hace después de que los fenómenos ocurran y no antes, nos enseña, por ejemplo, que en Francia cientos de miles de obreros de izquierdas votaron primero a Le Pen y, cuando se volvieron más realistas, a Sarkozy. De acuerdo que en España aún hay otros factores -sin ir más lejos, lo nuestro- que pueden tener peso en el veredicto de las urnas, pero sólo es cuestión de tiempo que la inmigración sea el centro del debate político. Y cuando eso suceda, no penséis que las palabras que más vamos a escuchar serán multiculturalidad, convivencia o integración sino sus antónimos.