domingo, 3 de febrero de 2008

Los olvidados del olvido

On est toujours d'accord
A la vie à la mort
Quand on est... Quand on est deux amis!
(Luis Mariano: Quand on est deux amis)


Por más vueltas que le doy -y llevo toda la tarde de giro en giro- no alcanzo a comprender la dureza de la nota de Ahaztuak contra el homenaje a las personas que sufrieron persecución por su orientación sexual durante el franquismo que se ha celebrado esta mañana en la cárcel de Langraitz. Según la asociación, el acto incurría en una utilización electoralista de las víctimas de la dictadura y, de propina, en la elección del marco los organizadores parecían pasar por alto la preocupante realidad de la tenebrosa prisión alavesa.

Empezando por lo último, no veo yo que se limpie mucho la turbia imagen del amontonadero de presos recordando que no hace tanto tiempo fue un campo de castigo para todo tipo de disidentes. Si en algún sitio tiene sentido un desagravio es, justamente, donde se produjo el agravio. En cuanto a la acusación de electoralismo y marketing político, mantengo una actitud que podría rozar lo cínico: ¿Y qué si lo ha sido? Ojalá todos los gestos electoralistas que nos van a llover hasta el 9 de marzo lleven, como pienso que ha sido el caso, unas gotas de justicia adheridas a la carcasa. Por lo demás, tengo la impresión de que convocatorias de este tipo no van a hacer que Ezker Batua -la formación del Consejero Javier Madrazo- se salga del mapa en las generales.

Por una vez, prefiero ver la botella medio llena, y me consta la gratitud de las personas cuya memoria se pretendía reivindicar esta mañana. Hasta hoy habían sido -por lo menos en Euskal Herria- los más olvidados de entre los olvidados. Como si hubiera clases en la marginación, les ha tocado aguardar pacientemente en la cola de la amnesia obligatoria el momento en el que alguien cayera en la cuenta de que ellos también pagaron por no comulgar con la doctrina de los vencedores. Lo hicieron, además, por partida doble, porque tampoco los perdedores -hay que reconocerlo todo- les trataron bien ni antes, ni durante, ni después de la guerra.

Afortunadamente, como subrayaba esta mañana mi compañero Fernando Olmeda, autor de un libro imprescindible sobre la materia, la persecución por todos los frentes jamás les hizo perder la dignidad. El testimonio de Juan Soto, uno de los confinados en Langraitz por su condición de invertido -según la repugnante terminología de la época-, es un ejemplo de hasta qué punto gays, lesbianas y transexuales han mantenido el respeto por sí mismos en medio del desprecio general. Escuchándole en la atropellada charla que hemos mantenido con él y con Fernando (prometo una repetición de la jugada con más tiempo) he tenido la convicción de que el acto de hoy era justo y, además, necesario... aunque inevitablemente tardío.