martes, 19 de febrero de 2008

Y en eso se fue Fidel

¡Y en eso llegó Fidel!
Y se acabó la diversión:
¡Llegó el Comandante y mandó a parar!
(Carlos Puebla: Y en eso llegó Fidel)

Por algo motejan a este mes Febrerillo el loco. Sin terminar de rumiar la independencia de Kosovo, los editores de libros de texto y enciclopedias tienen más páginas que corregir: se va Fidel sin que los americanos hayan podido con él, como rezaba la consigna que hizo fortuna dentro y fuera de la isla que -eso no cambiará- seguirá tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos como hasta ahora. Se despide -también es verdad- sin que las promesas de Sierra Maestra se parezcan demasiado al resultado final. Tal vez cuenten los historiadores de pasado mañana que, pretendiendo lo contrario, acabó poniéndoselo demasiado fácil a los que a unas pocas millas náuticas aguardan la caída del mango maduro y que sólo lamentarán quedarse sin la oportunidad de darle al por ellos llamado Coma Andante un finiquito modelo Ceaucescu.

Ya conté que dejé de tararear a Carlos Puebla en el 92, cuando mis ojos vieron lo que había detrás del sueño cubano y mis oídos escucharon a un puñado de auténticos revolucionarios convertidos en proscritos por atreverse a opinar que se había traicionado el espíritu del 59. No necesitaba mucho más para apearme del caimán verde, pero tuve la prueba del nueve de mi desencanto al contemplar hordas de gañanes de todas las nacionalidades -vascos y españoles a la cabeza- comprando con sus asquerosos dólares el sexo que en sus pueblos les habría salido diez veces más caro y contando sus hazañas a voz en grito, convencidos de su irresistible sexappeal. Cuba había dejado de ser el burdel de Estados Unidos para convertirse en el lupanar del resto del mundo.


¿Qué ocurrirá ahora con todo eso? Los analistas no se mojan mucho. Uno de los que más credibilidad tienen para mí, Jesús Torquemada, no alcanza a decirnos más que habrá que ver lo que pasa. Mi indocumentada teoría, basada sólo en la intuición y en la sensación de que la Historia anda con prisa estos días, me dice que lo veremos muy pronto. Apunto un vaticinio apoyado en mi pesimismo sobradamente conocido: lo malo será sustituido por lo peor.