domingo, 23 de marzo de 2008

Alguien te está escuchando

Video killed the radio star.
Video killed the radio star.
Pictures came and broke your heart.
Oh-a-a-a oh
And now we meet in an abandoned studio.
We hear the playback and it seems so long ago.
And you remember the jingles used to go.
You were the first one.
You were the last one.
(The Buggles: Video killed the radio star)


[Como no he podido regalarle por su cumplesiglos a Mikel Eztabai la pregunta a los políticos que me pedía, me acojo la segunda oportunidad y envuelvo en papel con monigotes pacifistas este apunte sobre el ¿incierto? futuro del medio que, además de estas páginas en la cibercasinada, nos une. Dejo, pues, para mejor ocasión las sugerencias de Quecaro, Balen y Kanif, aunque no estoy seguro de que lo que escriba en las próximas líneas responda a lo que estaba en la cabeza de nuestro cascarrabias favorito ni a las curiosidades del misterioso (o misteriosa) Anónimo Imperativo.]


Me parece un asunto apropiado para un domingo de Resurrección, porque la radio lleva diñándola y desperezándose como si tal cosa al tercer día, por lo menos, desde aquellos setenta de pantalones pata de elefante y fiebre del sábado noche. Ni os imagináis la cantidad de Nostradamus con licencia para escribir libros sobre comunicación que juraban haber visto entre los posos del café el inminente certificado de defunción. Luego, como en la canción de Peret, resultaba que no estaba muerta, que tan sólo se había ido de cañas con el tal Blanco Herrera.


Yo mismo vivía con angustia esos vaticinios cenizos y empezaba cada temporada llevando el traje negro a la tintorería por si me tocaba ir de entierro en los meses siguientes. Los años me han enseñado que la radio es como los carcamales de la gerontocracia de la antigua URSS, cuyas autopsias refrendaban que tenían una salud estupenda hasta que un día, cuando ya nadie lo esperaba, estiraban la pata tan ricamente. Por eso vivo cada segundo de mi profesión como si fuera el penúltimo. Por eso dedico veintitrés horas y cincuenta minutos sobre veinticuatro a pensar en ella, a quererla más, a odiarla a veces, a creer que la comprendo, a saber que nunca lo haré, a jurarle que no la abandonaré, a pensar cómo preparar las maletas sin que se entere, a inventarme una buena excusa por si después de marcharme tengo que volver. Por eso llevo tan mal mirar a mi alrededor (en un espectro que va desde los 88 megahercios hasta los 108 en FM y desde los 522 kilohercios a los 1620 en AM) y comprobar que los que tienen que mantener con vida a la enferma siguen pensando en cuánto ego y cuánta pasta le van a poder sacar antes del último aliento.


No, Mikel: a la radio no la matará el video, ni internet, ni lo que sea que inventen pasado mañana. La amenaza no está fuera. El tiempo me ha demostrado que los que no nos escuchaban cuando tenían quince nos prestan la oreja a los veinte, los veinticinco o los treinta. Basta con que sepan -que sepáis- que estamos ahí. Un día u otro acabamos coincidiendo en el aire. Me preocupa mucho más el enemigo interior, el caballo de Troya relleno hasta las cartolas de mediocre indiferencia, egolatrías con elefantiasis, grises contables que no paran de calcular a cuánto les sale cada palabra y que siempre les parece poco, envenenadores de sueños, alevines que usan el cuchillo como escalera a la Champions League cuando sus facultades les podrían llevar al mismo destino sin necesidad de matar ni herir a nadie, almas cándidas que se dejan utilizar como taburete para la gloria ajena a cambio de dos palmadas y un caramelo o, por no hacer la lista interminable y también por incluirme, perseguidores de imposibles con tendencia a la melancolía contagiosa.


De todas formas, y aunque parezca una contradicción después de haber descrito el apocalipsis, no dramaticemos. No somos el ombligo del mundo, y el inventario de monstruos que acabo de hacer no es muy diferente al que cada uno de vosotros podría identificar en su profesión, especialmente si la tenéis como algo más que una forma de pagar la hipoteca, la banda ancha y un par de rondas. Mi aprendizaje más valioso en los últimos meses es que eso simplemente existe y que, por mucho que joda apoquinar la factura, es un chollo comparado con la contraprestación: encontrarse al otro lado, o tal vez a este, con vosotros y sentir que se hace realidad el mejor nombre de programa de los veinticinco años de la actual Radio Euskadi, el de mi admirado Pablo Cabeza: Alguien te está escuchando.