miércoles, 26 de marzo de 2008

Cómo empezó todo

Lurraren azala ximeldu zen
harrizko uhinak, plastikozko mende
infinitora narama, ni naiz Ulises
planetaren hautsak haizeak
zabaltzen ditu orbean
Itzalean logelan flexoaren ondoan irratia
bihotz baten taupadak nahasten ziren
Radio Lisboaren emisioez
gauaren azken mugetan... mugan
(Itoiz: As noites da Radio Lisboa)


Vosotros lo habéis querido. Los últimos comentarios al apunte anterior han abierto la gatera de mi memoria y me han saltado al regazo decenas de recuerdos ronroneantes. En un segundo he vuelto a ser el niño de las gafas de pasta de la foto que conocéis, caminando hacia cualquier sitio de la mano de mi viejo un domingo por la tarde, mientras una radio -el transistor la llamaba él- protegida por una funda de cuero negro echaba al aire el Carrusel Deportivo de la Cadena SER, con Vicente Marco, Juan Vives y Joaquín Prat. Cada vez que sonaba el pi-pi-pi-pi-pi-pí que precedía a un gol en La Condomina, Altabix, Riazor o la Nova Creu Alta, nos parábamos en seco y no reanudábamos la marcha hasta que el locutor pronunciaba, con bastante menos inversión de decibelios que ahora pero con más emoción, el nombre del autor del tanto: Santillana, Cruyff, Amancio, Carlos, Rojo Segundo, Iriarte, Marañón, Biri-Biri, Quini, Solsona, Idigoras, Heredia, Roberto Martínez, Rubén Cano... Un orgullo especial si marcaba un tal Vizcaíno, del Sabadell; una risa si el goleador tenía mote zoológico (Lobo Diarte, Ratón Ayala); perplejidad al escuchar la palabra oriundo; un codazo cómplice si anotaba un jugador del Atlético de Madrid llamado Marcial, como mi padre, que se encogía de hombros cuando me preguntaba como quién de esos futbolistas quería ser de mayor y yo le contestaba que prefería ser el que cantaba los goles.


Cambio de plano. Estoy en casa, en pijama, peleándome contra las ingobernables páginas de La Gaceta del Norte, mientras mi ama recoge los platos (Duralex, por supuesto) de un escurridor de rejilla. Canturrea La chica del diecisiete, dónde se mete, de dónde saca pa' tanto como destaca o una tonada a la que, con los años, me ha parecido encontrarle un doble sentido que no creo que la mujer sospechase: Isabelita me dio una nuez, cáscamela, ¡ay! ¡Cáscamela otra vez! Una traqueteante lavadora de carga superior con desagüe en un cubo de plástico pone la percusión, pero en el mismo instante en que una voz anuncia el comienzo del capítulo mil nosecuántos de Simplemente María, mi madre se seca las manos en el delantal, coge la radio -sí, el mismo transistor de los partidos- por el asa de cuero negro, sale de la cocina, cierra la puerta, y corre hacia la sala, donde le aguarda una montaña de ropa que planchará en un silencio que sólo rompe para decir de tanto en tanto ante mi cara de entusiasmo por los diálogos: estas cosas no son para niños, no debería dejarte escuchar la radio a estas horas.


Nueva escena. Por la noche, creo que algo más mayor, desde luego, ya con Franco muerto. Mi viejo ronca desde hace un rato con Hora 25 como banda sonora. Si sé evitar a tientas las maderas del suelo de su habitación que crujen, puedo deslizarme hasta la mesilla y robarle el objeto de mis deseos y de mis desvelos. Sí, literalmente de mis desvelos, porque una vez que tengo aquella maravilla en mi poder, me voy a mi cama, me arriesgo a la asfixia metiendo la cabeza bajo la almohada para amortiguar el sonido de forma que no moleste a mis dos hermanos mayores, y me quedo despierto escuchando, por este orden, a Martín Ferrand, José María García, Antonio José Alés, y Cholo Hurtado, al que tenía que buscar en una frecuencia lejana, porque por entonces Radio Bilbao dejaba de emitir a la una de la madrugada. No pocas veces, cuando mi padre, recién levantado, entraba jurando en gallego por lo bajini a recuperar la radio a las seis y pico, me pillaba todavía con los ojos abiertos escuchando a... ¡Florencio Torre Lledó! Como nunca supo echarme broncas, todo lo que alcanzaba a decirme era Hijo, un día nos vas a dar un disgusto, estás como una regadera rusa. Anda, duérmete y que no se entere tu madre. Y yo le hacía caso. Tenía dos horas y media para soñar que era yo el que hacía cualquiera de esos programas antes de que ama viniera a retirarnos dulcemente las mantas exactamente en el momento en que empezaba La Saga de los Porreta.


No me alargo más. Podría describiros un cuadro parecido con cada programa, cada nombre o cada sonido que ha tenido algo que ver en lo que hago ahora, en lo que soy ahora. Si los pongo en orden -más o menos- cronológico, la coctelera devuelve algo parecido al daguerrotipo de mi alma. Prescindo de negritas y cursivas y vierto sin más miramientos la poción mágica, compuesta entre otros ingredientes por: la sintonía de Radio Popular tocada con un txistu, Discomensaje, La Hora Trece, el rey Baltasar diciéndonos que nos portásemos bien, el consultorio de Elena Francis, el marcador simultáneo Dardo, el anuncio de boquillas Tar-Gar, Pasajeros de la Felicidad, El Club del búho rosa, Vuelo 605, Batería y contrabajo, otro también de Pío Lindegaard hablando los mil idiomas que sabía, Onda Pesquera, Bengoa Zubizarreta anunciando el Premio Holanda, Radiogaceta de los deportes, Ana Blanco en Los Cuarenta Principales, Félix Linares haciendo la crítica de las pelis que daban por la tele con Mari Carmen Navarro, El sillón de terciopelo verde, El pájaro nocherniego, El loco de la colina, Alborada, Meridiano de Londres, Caravana de hormigas, El último gato con Aberasturi, Tiempos Modernos, Pabellón de insomnios (T'estimo, Poblet), la tertulia Cuatro en el área (¿eh, Latxaga?), los primeros bacalaos de Fede Merino, Cristina Ardanza en la 89 y medio, Levando anclas, Pompas de papel, El primero de la mañana, Crónica del alba, José Manuel Parada cuando no era tan freaky, Cebrián en Turno de Noche, Urdaci (sí, Alfredo) desde Roma para Radio Nacional, Clásicos populares, Hoy no es un día cualquiera (je, ahora competencia de MQP), El Tintero, la Radio de Julia, Moso en La noche la Iguana, también en Radiotxok, la historia secreta del rock de La Jungla sonora... y los míos: Intermedio, Euskal Graffiti, Hamaiketako, Contra Corriente... ¡Bufff! Como os he dicho, vosotros lo habéis querido. Ahora ya sabéis cómo empezó todo.