viernes, 28 de marzo de 2008

Dardaren interpretazioa

'Cause he knows that it's me they've been comin' to see
To forget about life for a while
And the piano, it sounds like a carnival
And the microphone smells like a beer
And they sit at the bar and put bread in my jar
And say, "Man, what are you doin' here?"
Sing us a song you're the piano man
sing us a song tonight
well we're all in the mood for a melody
and you got us all feeling alright.
(Billy Joel: Piano Man)

Ensayo una cura para la ansiedad a base de teclas, cuerdas y percusión. Me he perdido en algún punto indeterminado del delicado último disco de Joserra Senperena, entre las señales de humo y la hora de recoger los trastos. En un recodo del camino me ha saludado el hombre que encontró la muerte mientras buscaba su ropa y he creído ver también a Harkaitz Cano, con un jersey de cuello alto y un interpretador de temblores en la mano. He tenido la tentación de pedirle que probara a darme su teoría sobre mi tiritona, pero luego he recordado que ya me la había diagnosticado una gitana frustrada por no haber podido leerme la buena ventura porque en ese momento, como casi siempre, sólo llevaba encima la mala. Lo suyo es frío, me dijo, y añadió: pero de ese que se tiene por dentro, que hace escarcha en las venas y en el alma, ¿en qué trabaja? Creo que no entendió a qué me refería cuando le dije que soy gestor de mi propia soledad. Entonces se sentirá muy pobre de espíritu; deje, no me pague nada, que puede necesitarlo para un taxi que le lleve de vuelta a usted mismo.


Acertó. Tardé un segundo en parar uno y me sorprendió que el taxista no manifestara ningún asombro cuando le recité mi peculiar destino. Con gesto de comprensión, sonrió y se limitó a decirme que ultimamente todo el mundo quería ir allí. Dos curvas a la izquierda y una a la derecha después, buscó mi rostro en el retrovisor y anunció: No sé si llegaremos al lugar donde usted quiere ir, pero por si le ayuda a encontrarlo, le contaré una historia. Empezó a hablarme del mejor pianista que los tiempos han conocido, un uzbeko llamado Islom Saidov, que llenaba las salas con meses de antelación y jamás tuvo una sola crítica desfavorable. Sus imágenes de marca eran un chaqué blanco y, por encima de todo, la heladora seriedad de su cara cuando ejecutaba las piezas. Con la polonesa Heroica de Chopin y con el Claro de Luna de Debussy parecía, incluso, enfurecido, lo que resultaba un contraste incomprensible con la sublime música que arrancaba a las teclas. En una de las últimas entrevistas que le hicieron antes de su muerte accidental por ingestión de barbitúricos, le preguntaron por primera vez -y última- el porqué de ese gesto adusto, casi de enfado, a lo que Saidov contestó: La explicación es bien sencilla. No hay nada que odie más en este mundo que tocar el piano. Yo siempre quise ser violinista.