miércoles, 5 de marzo de 2008

La eterna Sección Femenina

Si yo fuera mujer,
a mí no me tocaba
un tonto con coche,
música de fondo y pose a lo John Wayne.
(Patxi Andión: Si yo fuera mujer)




Creo que no ha llegado a un segundo y tres décimas la duración de mi sentimiento de escándalo (con manos a la cabeza incorporadas) al leer que una asociación de Granada cercana al Opus Dei da cursos para ser la mujer diez de acuerdo a un temario que incluye costura, plancha y cocina. Podéis echar un vistazo a la peregrina convocatoria y compararla con las lisérgicas enseñanzas de la Sección Femenina para concluir que no hay grandes diferencias.


La segunda parte del razonamiento -y la explicación de la brevedad de mi escándalo- es que, en esencia, la consideración de la mujer no ha cambiado tanto desde aquellos grises cincuenta de Doña Pilar y su ejército de procuradoras del descanso del guerrero. Sólo necesito dos gotas de cinismo para proclamar que, en el fondo, hay que agradecer a esta panda de carcas granadinos que no anden por la vida con caretas.


Se puede objetar -y lo aceptaré sin discutir- que hoy las mujeres pilotan boeings, llenan las universidades, gobiernan comunidades autónomas, dirigen empresas, arbitran partidos de fútbol o leen en el Cosmopolitan las diez formas infalibles de ponerle los cuernos a su maromo sin que se cosque. Lo mismo que pienso que hay democracias que son la sublimación de la dictadura, estoy convencido de que esta igualdad es el refinamiento absoluto de la sumisión de la mujer al que seguirá siendo (a este paso, por los siglos de los siglos) el sexo fuerte.


Como lo conozco por razones biológicas y sociales, puedo afirmar que el machismo es muy parecido al virus de la gripe: cada año muta y alcanza un nivel tal de superación en sus disfraces, que es capaz de aparecerse vestido de inofensiva comprensión de la lucha por la equiparación de derechos. Mientras creamos que la igualdad consiste en la posibilidad de ir a striptease masculinos, tener conversaciones verderonas sobre tíos buenos o en que hagan anuncios como el del chico de la cocacola, el auténtico machismo no se sentirá amenazado. Y tampoco se verá en peligro si las jefas se comportan -especialmente con las de su género- como los jefes más garrulos o si al mano muerta de la oficina, ese chico tan simpático que soba porque entre compañeros hay confianza, nadie le pega un bufido que paralice sus tentáculos para siempre. Entretanto, eso sí, podremos poner el grito en el cielo porque unos meapilas de Granada ofrecen en crudo exactamente la misma idea de la mujer que nos tragamos sin rechistar -¡y hasta aplaudiendo!- pasada por la Thermomix de la presunta modernidad.