miércoles, 19 de marzo de 2008

Mis gafas nuevas

No mires a los ojos de la gente;
me dan miedo, mienten siempre.
No salgas a la calle cuando hay gente,
¿y si no vuelves? ¿y si te pierdes?
Escóndete en el cuarto de los huéspedes,
con todo a oscuras no pueden verte.
Las calles se van llenando de gente.
En mi escondite puedes quererme.
Puedes quererme.
Quédate a mi lado.
Puedes quererme.
(Golpes Bajos: No mires a los ojos de la gente)

Seguramente influido inconscientemente por mi necesidad de ver las cosas de un modo diferente, el otro día me planté en una óptica y me compré unas gafas nuevas. Bueno, en realidad no fue tan fácil. Los diligentes profesionales se empeñaron en que debía graduarme la vista y me pasé media hora con la jeta apretada contra unos enormes binoculares tratando de adivinar qué letras ocultaban en su barriga las pulgas que iban pasando ante mis ojos, abiertos como los de Malcolm McDowell cuando le putean en La Naranja Mecánica. Total, para que al final consiguiese empatar el partido de la miopía, la hipermetropía y el astigmatismo: Te vamos a dejar lo mismo que tenías para que no te notes raro, dijo la amable escrutadora de mis pupilas.


Iba a decir con mi característico e incomprensible sentido del humor que yo me noto raro lleve las gafas que lleve, pero se me quitaron las ganas ante la imagen de un ejército ordenadísimo de monturas que, tras invadir cada centímetro cuadrado de una mesa, aguardaban que me las fuera probando. No habría más de veinte, pero a mí se me antojaron seiscientas. Busqué la comprensión de Isabel -los más cercanos ya saben quién es-, pero lo que encontré en mi compañera fue el gesto de incontrolable emoción que se le pone un minuto antes del comienzo de un episodio de Urgencias, su serie favorita. Estaba lista para el espectáculo de ver cómo la cara de acelga que lleva soportando veinte años a la izquierda de la almohada se transformaba con cada cambio. Como no tengo nada en común con Elton John, decepcioné una vez más a mi partenaire y, con gesto de jefe de personal que sabe a quién tiene que echar a la calle, apunté con el dedo: me voy a probar esta, esta, esta otra... y esa. Las tres primeras iban de paquete en la elección. Yo sabía con cuál me iba a quedar, y me reafirmé cuando dos voces femeninas aprobaron: Te quedan muy bien (la óptica); Pssé, esas no están mal. Estás... [pausa dubitativa] guapo. (Isa). Oier, fuera de concurso, remató: ¡Qué feo estás, aita! Hay que entender a un Vizcaíno -o ser uno de ellos- para saber que era su forma de decir que esa era la montura adecuada.


Cinco días y trescientos euros después, pude comprobar que con unas gafas nuevas se ven los objetos más claros pero las cosas siguen estando igual de desenfocadas. No hacen lentes para dentro del coco, y si las hacen, se llaman Prozac, y no me apetece probar. Me conformé con el pequeño cambio exterior y me preparé para el próximo experimento: ¿Cómo reaccionarían quienes me ven a diario? Hice una quiniela mental y al día siguiente -ayer- me encontré casi con un pleno al quince. Casi, porque hubo personas que no esperaba que reparasen en mi nueva jeró y sí lo hicieron. Los demás respondieron de acuerdo a lo pronosticado: los que se dieron cuenta a la primera y lo dijeron, los que se dieron cuenta también a la primera y lo obviaron, los que me veían algo extraño y no atinaron a decir qué era y quienes -siempre de acuerdo a mi vaticinio- cayeron varias horas después. Bendita previsibilidad. O maldita, según las gafas con que se mire.


(Nota: La ilustración de este apunte corresponde a una brillantísima campaña publicitaria de la que tuve noticia gracias al gran LoveOf74. La diferencia entre ángel del infierno o diseñador de moda, chica fácil o imposible, puede estar en unas simples gafas. ¡Y vosotros, todavía con lentillas, o desertando de entre los miopes a base de cirugía!)