jueves, 24 de abril de 2008

¿Alguien sabe qué día es?

Nota: Esto está escrito desde hace un buen rato, pero a la banda no tan ancha le dio por petar y el texto ha estado en el limbo hasta ahora...

Dice el reloj que son las 20.24 P.M. y yo le creo, aunque mi pequeño problema es que no sé de qué día porque tampoco recuerdo con precisión cuándo fue la última vez que deshice la durísima cama con tres almohadones. Sospecho que ayer, pero ¿cuándo fue ayer? Me aferro a referencias más o menos lógicas: probablemente ayer fue el día, o sea, la noche cerrada en que un taxista llamado Rafael nos llevó a Maite y a mí a Unión Radio, donde ya hacía un rato que Espiga se comía las uñas, Xabi llevaba la procesión por dentro, Urki y Osa se encomendaban a la patrona de las transmisiones vía satélite con colchón telefónico y Joserra jugaba de goal keaper, atento incluso a la Melita que tomamos prestada a nuestros compañeros de la emisora caraqueña que hoy ¿o fue, insisto, ayer? ha jugado con la camiseta de Radio Euskadi.

Retorno en cuadrafonía arriba, cuelgue del inmarsat abajo, Morenito de Hondarribia ha cuajado un pedazo de faena, siempre perfectamente asistido por las dos bandas interoceánicas, y con la complicidad del técnico local Freddy Tapia. Yo, después de mi cameo, he hecho una reverencia y el diligente Rafael me ha debido de ver tal cara de cadáver que se ha saltado catorce semáforos en rojo (literal) y ha ido por dos calles en dirección prohibida para devolverme al cuartel, digo al hotel, petado de multicolores soldaditos (alguno boliviano, como el del poema) que velaban el sueño de Lage, Evo y Ortega. Un lirismo tonto me ha llevado a pensar que con ellos dormía un continente, pero luego he caido en la cuenta de que a mi no me iba a tocar tampoco esa noche, y he pasado por el arco de seguridad resignado a que el aire de la madrugada se quedara de nuevo sin mis ronquidos. Mi insomnio, que es muy celoso, anda enfadado porque no le gusta que nada ni nadie que no sea él me suman en la vigilia por cojones. Le llegan los cuernos a la luna, pero la carne es débil y no encuentro el modo de no trajinarme ante sus morros este portátil, que lo mismo me sirve para hacerme la víctima ante vosotros que para remendar montañas de grabaciones o para batir el récor mundial de faltas de mecanografía en un email.


Nadie piense que proclamo mi infelicidad por hacer algo que me gusta y que estoy disfrutando como Santa Teresa de sus llagas. Además, igual que en el chiste de los piratas, hay buena noticia, pero en este caso, de verdad: no habré cerrado los párpado en ¿? horas, pero sí he comido, nada menos que en el Viejo Urrutia, donde Fernando -al que escucharéis el sábado en nuestro Hamaiketako- había dejado bien claro a propios y extraños (en realidad, nadie es extraño en ese restaurante) para quién era la penúltima mesa vacante. Los señores vascos han llenado el estómago y, tras hacerlo, han vuelto a sus tareas. No os aburro con el detalle de las mías porque tendréis noticia de sus frutos el cada vez más cercano fin de semana. Para entonces, espero que haya desaparecido esta Pasarela Cibeles de la Milicia en que tenemos convertido el hotel, porque digo yo que los líderes carismáticos tendrán algo mejor que hacer que padecer al aporreador de teclas del Piano Bar tratando de interpretar Allá en el rancho grande...


¡Lo que son las asociaciones mentales! He mencionado el rancho grande y me he acordado de nuestra todavía flamante e inmensa sede... y de quienes se estarán pegando una paliza aún mayor que servidor, y encima andan preocupadas/o porque piensan que les van a devolver al director de su programa en forma de escamas de jabón. De eso nada. Resistiré hasta el fin.