martes, 22 de abril de 2008

Bin Laden, zapatero en Caracas


Las 18.30 P.M. cuando empiezo a escribir. Por ahí deberíais estar pegados a las sábanas, soñando, por ejemplo, con una Polar casi congelada como la que tengo a mi izquierda, mientras tecleo en la recepción del hotel. Ya está oscuro desde hace un buen rato, así que no se puede pensar en atravesar la verja que mantiene este lugar como una especie de Fort Apache del lujo bussiness class. Imposible imaginarse a la joven que acaba de entrar con su traje de noche, zapatos de tacón de aguja y brillantes a discreción dando una vuelta cien metros más allá. Todo puerta a puerta. ¿Es que aquí no se pisa la calle?


Tampoco exageremos. Esta misma mañana nos la hemos paseado, grabadora en mano, para charlar aquí y allá. Es a lo que he venido: a escuchar a la gente. Me da igual un político anti o pro que el predicador antes conductor de autobús y borracho que ha intentado convertirme a su fe, la joven con aspecto de tener cien años que vende programas informáticos originales a menos de tres euros o el chófer profesional que se pega doce horas peleando contra el tráfico imposible de esta ciudad donde todo parece estar a la orden, amigo.


La foto que os dejo es del singular reclamo de uno de los puestos del mercadillo de la Esquina del Chorro, donde han llevado a un puñado de los cientos de buhoneros que han sacado de las calles. Joserra, Xabi e Igor, que se tienen muy pateada esta parte del mundo, estaban asombrados del aspecto que ofrecía la zona sin la invasión de los vendedetodo. La pregunta que queda en el aire es dónde estarán todos los demás, porque en el rastro -bastante desierto de compradores- apenas había una treintena de puestos. ¿Qué vendían? Exactamente lo mismo que en el baratillo de Santurtzi o Portugalete... con una excepción: uno de los artículos más demandados son los libros -apenas fascículos- con las nuevas leyes. Increíble pero cierto, el chiringuito donde se venden estaba a tope.


Hay tarea a la vista, así que de nuevo os birlo anécdotas que no sé si podré recuperar: la suspensión del programa de Chávez a nuestra llegada (nada que ver con ella, ¿eh?), la nutrida presencia iraní en el hotel por un encuentro de esos que hará echar las muelas a Bush, la amenaza de bomba en un avión de Air Europa que tenía previsto el despegue hacia Madrid al mismo tiempo que llegaba desde allí nuestro vuelo...