martes, 29 de abril de 2008

De vuelta... y media

Yo nací en esta ribera del Arauca vibrador (...)
Me arrulló la viva diana de la brisa en el palmar
Y por eso tengo el alma
Como el alma primorosa
De cristal de cristal.
Amo, río, canto, sueño
Con claveles de pasión
(Pedro Elías Gutiérrez y Rafael Bolivar Coronado: Alma Llanera)


21.06, hora de Euskal Herria. Siete horas en casa, incluyendo las dos que he pasado en mi cama, tan agradecida, que ni me ha preguntado qué sábanas han envuelto mis sueños en los últimos días. Tengo aún la cabeza embotada, pero menos que las piernas, confinadas durante el interminable vuelo transoceánico en el rácano espacio de la clase turista del Airbus A-340 Concepción Arenal, al que pudimos subir después de pagar veinte euros a un maletero-trampa y otra pasta por unas supuestas tasas de las que nadie nos había hablado. Por lo menos, eso estaba tarifado en dinero. Más caro me resultó el impuesto de paciencia derrochado en los mil controles de pasaporte y equipaje y, especialmente, en el cacheo con visos de magreo a que nos sometieron, previa separación del pasaje por sexos, unas criaturas con uniforme verde y gorra roja en la misma puerta del avión. Y por si los clicks de famobil con su camisita y su canesú bolivarianos no nos habían tocado lo suficiente la entrepierna, las avinagradas azafatas de Iberia se encargaron de hacernos sentir un rebaño transportado a once mil pies. Imaginaos la sensación de liberación al driblar al último guardia civil en Loiu y echar la primera bocanada de humo (no he dejado de fumar) de nuevo al aire vasco, donde también he dejado sendos besos para Maite y Espiga, antes de arrastrar mi maletón y mi mochila al taxi que me ha devuelto a los brazos de Isa y Oier. Para entonces, Urki y Osa todavía estaban en el fielato, sellando los papeles de los aparatos que llevamos y trajimos; espero que ya hayan salido.


Xabi, Plaza e Igor aún tienen tarea -de índole diversa según los casos, ¿eh, Lapitz?- en los dominios de Hugo Rafael. Para los demás ha aparecido el rótulo de Game Over, y ahora andamos en proceso de desvenezuelización, aunque sé que durante un tiempo seguiremos calculando los precios en Bolívares Fuertes (negros y oficiales), saludando con un solo beso en lugar de dos, mirando con recelo a los taxistas por si son asaltadores disfrazados, tratando de adivinar en cada interlocutor si es pro o antichavista, decidiendo si el café es un marrón fuerte o está guayoyo, esperando que el aire acondicionado nos hiele las ideas en cada local al que entremos, buscando signos que delaten cirugía plástica en las delanteras, los labios o los pómulos de las chicas y comparando la San Miguel con la Polar o la Solera. Tal vez os parezca exagerado para una estancia de ocho días, pero ya os he ido contando con qué intensidad nos hemos bebido cada segundo y cuánta alma, corazón y vida hemos puesto en este viaje que, como sugerí en el apunte anterior, nos ha llevado, además de a un país increíble, al centro de nosotros mismos como periodistas y como personas. Ojalá también para vosotros haya sido útil. Gracias por haber estado al otro lado.


[Posdata: Os dejo como ilustración a Iñaki Espiga, fácilmente reconocible, pese a la barba de días y la palidez, porque jamás ha usado máscara. En la parte no visible de la foto (usad la imaginación) estamos, también sin careta y sonrientes, Maite Mayo y yo mismo. El conjunto se podría títular El Trío de la Ojera derrotando a los demonios o, menos épicamente, Ene, qué risas hisimos aquel sábado en El Hatillo.]