martes, 1 de abril de 2008

Felicidad

Felicita e un cuscino di piume
l'acqua del fiume che passa e va.
E' la pioggia che scende
dietro le tende la felicita.
E abbassare la luce per fare pace
la felicita, felicita.
(Al Bano & Romina: Felicita)




No deja de crecer mi admiración por Imanol Querejeta y encontraréis el penúltimo motivo para que sea así en sus sabias palabras en la entrevista que le hizo Mitxel Ezquiaga en Diario Vasco el domingo pasado. Mi nariz me dice que la intención del periodista era que nuestro psiquiatra de cabecera certificase con su rúbrica una gavilla de encuestas que venían a sostener que los vascos nos las apañamos muy bien con la felicidad. Sin embargo, si leéis entre líneas, veréis que Imanol imita a su compatriota Morenito de Maracay y acaba llevando el toro a una arena de tonos ocres en lugar de rosados para clavarle unos cuantos pares de banderillas. No es lo que yo percibo en mi entorno, dice en su segunda respuesta, inmediatamente después de haber vaciado un enorme jarro de agua fría en la primera con un dato irrebatible: Entre los vascos hay cada vez más demanda de asistencia psicológica o psiquiátrica.

Con mi conocida tendencia al optimismo [ironía], yo siempre he pensado que la felicidad fue ayer o será mañana porque hoy toca otra cosa. Parecerá bobada, pero chutándome esa filosofía de todo a cien en lugar de fluoxetina he conseguido tener a raya lo que si me hubiera dejado diagnosticar, alguien con bata blanca habría bautizado Depresión. No me cuesta nada deducir que buena parte de los que acaban en el diván contestaron un día a un encuestador que se sentían la mar de felices. Es lo que pasa cuando se cae la tramoya en la que la mayoría elige vivir.

Si pongo la lupa sobre algunos de los autoproclamados felices que conozco, aparte de unos pocos casos genuinos de satisfacción con lo que son y lo que tienen, no distingo más que seres que huyen a galope de la autenticidad. Inventan amigos para siempre allá donde, en el mejor de los casos, hay aliados circunstanciales y como tienen pavor a encontrarse con ellos mismos en cualquier esquina, disparan sobre quien amenace con desordenar los hilvanes de su conciencia. Es cierto que a muchos la farsa les dura toda la vida, pero a otros la realidad les acaba cercando y no les queda más remedio que firmar la capitulación en la consulta del psiquiatra. O joderse y bailar.