jueves, 3 de abril de 2008

Y ahora, la autenticidad

Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simple,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.
(Jorge Drexler: Todo se transforma)



Como en los antiguos folletones, estas líneas vienen del capítulo anterior, aunque no tengo muy claro si como continuación, exégesis, excusatio non petita o ganas de enredar un poco más tras la agradable sorpresa que supone comprobar que un asunto así llega a treinta y pico comentarios de vellón. Nada de lo que habéis dicho en ellos me ha dejado indiferente, pero confieso que Mikel y Noe me han colocado en el entrecejo la palabra autenticidad, que yo mismo había desenvainado en mi desvarío sobre la (in)felicidad.


¿Qué es lo auténtico?, me preguntáis clavando vuestras pupilas en los pixels de la pantalla, y yo me atuso la patilla, me retuerzo el pendiente (los que me habéis visto en directo sabéis de qué hablo) y reconozco que no lo tengo demasiado claro. De hecho, es probable que no exista, por lo menos aplicado a la condición humana, lo cual no destruye mi teoría, porque lo que valoro realmente no es ser auténtico sino tratar de serlo. Eso lo traduzco en conducirse por la vida con la mínima cantidad de maquillaje emocional imprescindible y, desde luego, en aparecer con la cara lavada y recién peiná ante las personas que hemos decidido que nos importan. No he elegido el verbo por casualidad: importar es altruista; interesar es egoísta.


De sobra sé que por puro instinto de supervivencia no podemos ir enseñando las cartas al primero que pase, ni siquiera al segundo, pero a veces merece la pena arriesgarse con el tercero. Reconozco que me ha ido fatal obrando de este modo, pero volvería a ofrecer la espalda a las mil navajas que la han convertido en mercancía para el MacDonalds si tuviera la seguridad de que, como así ha sido, me iba a salir bien en media docena de ocasiones. Creo que ya os he contado que uno de mis lemas de cabecera lo encontré bajo la tapa de un yogur: siga jugando; hay miles de premios. En este caso, la recompensa para los insistentes es encontrarse con lo que mi admirado Rogelio Botanz llama gente que sí. El precio es tragarse toneladas de yogur con sabor a gente que no, pero es cuestión aprender a taparse la nariz y los poros de la piel.


No sé si hay personas auténticas. Ya digo que me bastan las que tratan de serlo, las que no aspiran a vivir cómodamente en una mentira con aire acondicionado y afecto condicional, las que no levantan altísimos muros para ocultar su vaciedad, las que me usan pero nunca me utilizarían, las que no fingen orgasmos pero tampoco los disimulan, las que se alegran de verme cuando yo me alegro por lo mismo, las que saben que estaré ahí aunque no esté... y viceversa.