martes, 20 de mayo de 2008

Atrapado por Atrápalo

Volando voy, volando vengo...
Volando voy, volando vengo...
Por el camino yo me entretengo
Por el camino yo me entretengo
(Camarón: Volando voy)


Tengo amigas (sólo mujeres; los chicos no debemos de saber buscar ofertas) que han volado a Londres, Dublín, Roma, Milán, París o Barcelona por menos de diez euros más las inevitables tasas. Supongo que debí haber confiado a alguna de ellas la compra de un billete de ida y vuelta a Munich, pero preferí enredarme yo solito en esas webs que la mismísima Unión Europea considera antros virtuales para lucimiento de trileros y tocamocheros varios. Craso error.


Siguiendo la máxima que el tal Manuel Luque de los jabones copió a unos publicistas yankis de los cincuenta, me entretuve durante un par de horas buscando, comparando y, ya puesto, alucinando ante alguna de las propuestas, como la que me ponía la broma en 1.670 napos con paradita en París incluida (Es lo que pretendía enseñaros en la foto, pero no se ve muy bien). Harto de rellenar casillitas y de ver páginas de espera, comprendí que no encontraría nada más apañado que el viaje con vuelos directos por el que me pedían 164 euros. Figuraba en cuatro o cinco sitios, pero como la mayoría tenía nombres sospechosos, me decidí por Atrápalo.com, que, por lo menos, me sonaba. Segundo y fundamental craso error.


Con paciencia y extremo cuidado para que una letra mal puesta no me dejara en tierra, fui tecleando todos los datos que se me pedían: nombre, NIF, dirección completa, fecha de nacimiento, email, teléfono y, por supuesto, el número de la tarjeta de crédito, incluyendo los dígitos de verificación. Por medio, me habían subido el precio un pico por unos gastos de gestión y un seguro de anulación de los que sólo te advierten cuando ya no tienes la entrepierna para farolillos y no ves el momento de terminar la gymkana pulsando el botón de confirmación de compra. Al hacerlo, sentí una liberación que se demostró ingenuamente prematura cuando, tras una nueva espera, me apareció un mensaje tipo palmadita en la espalda donde lamentaban que en los segundos previos la oferta había dejado de estar disponible. Para más recochineo, como si fuera una tómbola de barrio, me invitaban a volver a probar suerte.


Y ahí me caí del guindo: qué forma más sencilla de quedarse con todos mis datos para utilizarlos y/o vendérselos a esos mejillones cebra del marketing que te abordan cada cinco minutos por tierra, mar y aire (correo convencional, correo electrónico y teléfono) con proposiciones que, además de deshonestas, son cansinas e impertinentes. Atrápalo me atrapó como al pardillo que soy. Supongo que me lo merezco, pero si habéis seguido leyendo hasta aquí, vosotras y vosotros tenéis una información que os servirá para no ser toreados, por lo menos, en ese ciberchiringuito.