martes, 27 de mayo de 2008

Barras y arrobas



Should I? Could I?

Have said the wrong things right a thousand times
If I could just rewind, I see it in my mind
If I could turn back time, you'd still be mine.
(Bon Jovi: Misunderstood)



Más de una vez me han tirado de las orejas cariñosamente o me han atizado una colleja sin contemplaciones por mi empeño en marcar los géneros cuando hablo en público. Soy el primero al que le chirrían los saludos a todas y todos o, directamente, le impacienta el suspense aparentemente innecesario que se crea al hablar de una asociación de madres y padres de alumnas y alumnos. Sin embargo, me mantengo en mis trece porque hay algo -no me preguntéis qué- que me dice que lo que se pierde en frescura se compensa con el valor añadido que tienen los pequeños actos militantes. Ya veis que el Lehendakari va aún más lejos, y me consta que lleva con orgullo que sus parodiadores hayan convertido ese rasgo en una de sus señas de identidad.


Lo que no tengo nada claro es el daño que una arroba o una barra inclinada le pueden hacer al lenguaje no sexista. Es más, hasta que ayer por la mañana Emakunde sacó una tarjeta amarilla a ese modo de incluir los dos géneros a la hora de escribir, estaba convencido de que su utilización era una forma de evitar la discrimación equivalente a la mención del masculino y el femenino en la comunicación oral. ¿Quién y con qué criterio ha decidido que no es así? Lo desconozco. Supongo que debo hacerme con una de esas guías y empollármela bien antes de emitir un juicio.


De momento, me quedo en una situación de duda próxima a la zozobra. He bajado al infierno las veces suficientes como para tener confirmado que está alicatado hasta el techo de las mejores intenciones. Me pregunto si no habremos forzado la máquina gramatical del castellano por encima de su capacidad de absorción o, incluso, si no habremos rozado la caza de brujas al tratar de identificar la testosterona de palabras y expresiones probablemente inocentes.


Con todo, lo que más me inquieta es la sospecha de que el seguimiento a rajatabla de la ortodoxia lingüística que nos proponen con este manual (¿o debo repetir guía?) no garantiza un comportamiento igualitario. Vamos, que puede haber finísimos estilistas del no-sexismo verbal que se pongan ciegos a tocar culos porque creen que lo que llevan entre las piernas les da derecho a eso y a más. Ojalá el machismo se cambiara sólo maquillando las palabras. Me temo que el problema está un poco más al fondo... y no necesariamente a la derecha.