miércoles, 21 de mayo de 2008

Bronca de cinco tenedores

Siempre que vuelves a casa
me pillas en la cocina
embadurnada de harina
con las manos en la masa.
¡Niña!, no quiero platos finos,
vengo del trabajo
y no me apetece pato chino.
(Vainica doble: Con las manos en la masa)


Si me veis en cualquier local adornado con estrellas Michelín, tened por seguro que es porque no he podido escabullirme y, desde luego, que no será mi Mastercard la pagana de esas chorripijeces de nombre rimbombante cuyo disfrute queda fuera del alcance de mi paladar nicotinizado y de mi sentido del pudor. Pocas veces me he sentido tan identificado con el niño del cuento del traje del emperador como cuando me han atado a la silla de uno de esos presuntos templos culinarios y he tenido que masticar carísimas extravagancias de sabor a cartón mientras una parte de mis compañeros de mesa se convertían en dobladores de peli porno para demostrar a base de hummmms, ahhhs y ooohs reiterativos que eran unos gourmets del copón. Palabra que he visto esas reacciones ante tres guisantes machacados, ralladuras de gamba congelada o unos manchurroncitos de puré de lentejas que no os digo lo que parecían.


Con un preámbulo así, no es difícil que imaginéis que vengo a postularme como partidario de Santi Santamaría en la guerra que ha abierto contra los intocables de la cocina chachipiruli. Pues lo desmiento: igual que pasa con las reyertas en algunos partidos, esta es una de esas querellas internas que, al no irme ni venirme, me resulta lo suficientemente divertida como para sentarme en una butaca de primera fila a ver cómo se arrean los de este curioso gremio que son los fogoneros de alcurnia. Siempre me ha parecido un fenómeno digno de estudio la cordialidad con la que se odian y la animadversión con la que se quieren los del gorro alto.


De hecho, lo llamativo del pifostio con tufo de autobombo que ha montado el remuevepucheros (restaurador lo llaman en fino) catalán es que haya piado de sus colegas en público lo que bastantes de ellos dicen de los demás en privado. Ha roto una suerte de ley del silencio que, si lo miramos desde cualquier otro oficio, no deja de ser comprensible, lo mismo que cuando los futbolistas que se han pasado noventa minutos mentándose a la madre y regalándose codazos se van a vestuarios diciendo que lo que pasa en el campo se queda en el campo. Hay incluso quien le llama ética profesional a eso.


Con todo, como pretendo ser justo, disculpo a los ases de la baraja gastronómica. Lo hago, no sólo porque varios de ellos me caen muy bien y me merecen todo el respeto a pesar de lo que he escrito hasta ahora, sino porque pienso -y me lo habéis leído muchas veces- que no es lo mismo pecar por la paga que pagar por pecar. Mientras haya horteras de bolera dispuestos a orgasmar ante un macarrón relleno de pasta de fletán caramelizado, a mí como si les atiborran a metilcelulosas (que son buenas para el estreñinimiento) u otras porquerías de las que hablaba el tal Santamaría. Me parece más grave que en el menú del día de doce euros con que sablean al currela medio frían los huevos y las patatas en el mismo aceite que los calamares, las croquetas de pollo y la merluza albardada.