domingo, 25 de mayo de 2008

Lo peor no ha pasado

Todo en la vida es
como una canción
que cantan cuando naces
y también en el adiós
La la la la la la la la la la...
La la la la la la la...
(Massiel: La la la la)



Desgraciadamente, el puesto dieciséis no será el final. Aún nos quedan meses para demostrar que tendemos sin remedio al rebaño, al come y calla, al lo que diga el señorito, al guau guau con lametón sumiso y agradecido y, literalmente, a bailar al son que nos toquen. Ahora sí que deberíamos gritar todos sin excepción: ¡¡¡Beeeee!!!


Pensaréis que exagero, que he perdido definitivamente el sentido del humor, que debería relativizar lo que no deja de ser una pequeña gamberrada y ocuparme de asuntos con más sustancia. Pero ahí está el problema y el manantial de mi desazón: ¿cómo coño nos vamos a dedicar a tomar el palacio de invierno si no somos capaces de ocupar la casa de Pin y Pon?


Lo siento, pero este fenómeno -o lo que narices sea- ha llevado a máximos históricos mi desconfianza por la especie humana. En comparación, el aserejé -que me dejaba inmóvil incluso en momentos en que hubiera reventado el alcoholímetro más robusto- me parece un prodigio de profundidad intelectual y buen gusto. Ahora contemplo con nostalgia aquella tonada que tenía su punto de rito tribal, de conexión atávica con el primer lenguaje o, qué se yo, de exorcismo expresado en misteriosos sonidos de arquitectura cabalística. Y desde luego, ni en su letra (es decir, en su ausencia de letra) ni en su puesta en escena había nada digno de petar el correo electrónico de Emakunde. Ya, claro, en este engendro tampoco... Soy yo, que no veo como el recopón de la transgresión la imagen de unos floreros de carne alrededor de fulano que farfulla que no sé quién baila con las bragas en la mano.


Con el pesimismo que conocéis, me preparo para lo peor de lo peor, que en sí mismo no será la reproducción en bucle del bodrio original en garitos de garrafón a diez euros el trago, sino las versiones con que nos agredirán las orquestas pachangueras, los pseudohumoristas de las teles locales, los patéticos animadores de bodas y saraos varios y, por descontado, esa docena de coleguitas graciosos que sufrimos todos sin hemoal que nos alivie sus rigores. ¿Es que nadie ha pensado en hacer una consulta al respecto o, por lo menos, en pedir una condena explícita en la que ya hay en marcha? Yo sabría qué votar.


(PS: Los principios morales del autor -tan bajitos pero correosos como él mismo- le hacen imposible mencionar el título del zurullo musical del que se habla, así como el alias de su perpetrador. Pero... ¿A que todo quisque sabe a qué y quién se refiere? Eso es lo terrible.)