lunes, 5 de mayo de 2008

No se culpe a nadie

And I'm on the highway to nowhere
Tryin' to get by without you
I don't know why it took me so long to
Wind up back at nowhere with you, oh
Wind up back at nowhere.
(Drake Bell: Highway to Nowhere)


Suelo hacer el tour de mis tres barrios (Desde Kabiezes a Zuazo, y de ahí a Astrabudua) en treinta minutos. Cualquiera menos prudente que yo lo haría aún en menor tiempo. Esta mañana, sin embargo, los apenas veinte kilómetros me han llevado dos desesperantes horas en medio de un caos que me ha hecho pensar en los impresionantes trancones de Caracas como una pequeña broma. Número de agentes policiales que he visto en ese tiempo: cuatro, los que estaban en las inmediaciones del accidente que presuntamente ha desencadenado el colapso. Habría bastado un par de ellos con un silbato en cada uno de los tres embudos por los que he pasado para aligerar notablemente la situación. Mientras crecía la angustia en mi ama por la cita médica perdida, yo no podía dejar de pensar en la cantidad de circunstancias en las que he visto multiplicado por cien el número de policías que hoy he tenido al alcance de mis ojos.


Algún día dejaremos de considerar los atascos como imponderables de esta sociedad consumista y motorizada hasta los dientes. Me resulta una excusa simplona, que roza lo insultante cuando pretenden hacernos creer que una colisión, por grave que sea, en un punto muy concreto puede paralizar el tráfico en decenas de kilómetros a la redonda. Sencillamente, no me lo creo. No ha sido el accidente lo que ha provocado las gigantescas retenciones, sino la ineficacia al gestionar algo estadísticamente previsible y que ha ocurrido las suficientes veces como para saber de memoria el modo de reducir su impacto. Pero es más fácil echarle la culpa a la fatalidad.