lunes, 9 de junio de 2008

Cuatro años y un día

Eu já lhe falei de tudo,
Mas tudo isso é pouco
Diante do que sinto...
Olhando seus cabelos tão bonitos,
Beijo suas mãos e digo
Meu querido, meu velho, meu amigo.
(Roberto Carlos: Meu querido, meu velho, meu amigo)


Cuatro años y un día, y sigues ahí. Sentado a mi derecha mientras conduzco hacia no sé dónde. Apoyado en la barra del bar con una Trina, mirando con nostalgia las tazas de Ribeiro. Meneando la cabeza porque ama se nos ha vuelto una radical y le grita ¡facha! a ese señor bajito con bigote que sale por la tele. Ordenando las herramientas en esa caja que me pediste exactamente con la misma voz que yo te rogué treinta años atrás aquella navaja suiza que tenía de todo. Aparentando no emocionarte por el pregón de fiestas que te dediqué y que sé que releías a hurtadillas con lágrimas en los ojos. Blasfemando en gallego al amasar esas empanadas de tamaño imposible que no volveré a probar. Jurándome que no habías fumado y que no te explicabas lo de la ceniza en el alfeizar de la ventana. Firmando mis notas con un orgullo que escondías donde todos los Vizcaíno ocultamos esa puta incapacidad para expresar los sentimientos. Frotándome con alcohol cuando, en nuestra primera -y única- manifestación juntos, los antidisturbios apuntaron con su chorro de agua helada a un crío de once años que resulté ser yo. Riéndote hasta donde te dejaban tus pulmones negros de mi humor de perros cuando perdía el Athletic. Comprándome un Tigretón porque fui valiente y no lloré cuando me pusieron la vacuna. Prometiéndome una peseta por cada cana que te encontrara y te sacara con unas pinzas. Mordiéndote la lengua cuando me puse el pendiente. Llorando por dentro y por por fuera cuando, con dos semanas de retraso (¿a dónde coño ibas esos días?), nos confesaste que te habías quedado sin trabajo. Renunciando a tu orgullo cuando pediste las treinta mil pesetas de la matrícula del primer curso de periodismo. Aprendiendo a decir Oier sin sospechar que sólo por tres días no lo conocerías y que morirías a menos de doscientos metros de donde nació él.


Lo sé, viejo, lo sé, y no puedo quitármelo de la cabeza. Te guardaste para tí solo ese insoportable dolor en el pecho porque no querías ser una molestia en un momento tan decisivo. Como siempre, elegiste perder tú, aunque en este caso fuera la vida. Te veo luego, chavalote, te dije un segundo antes de que un celador que yo recuerdo en blanco y negro arrastrase tu cama hasta el lugar en el que acabó tu sufrimiento. Y sí, te vi, pero tú a mi ya no. Parecía de verdad que estabas en paz, que las mil derrotas anteriores te habían dejado listo para asumir la definitiva. Yo todavía estoy intentando hacerme a la idea.