viernes, 27 de junio de 2008

A favor de la lengua española


Estoy a favor de la lengua española. Me parece una de las más bellas y ricas del mundo. Disfruto hablándola, escribiéndola, escuchándola y leyéndola. Cada día me sorprende más su fuerza, su flexibilidad, su predisposición al juego, la sencillez con la que resuelve cuestiones complejas y, en el mismo viaje, lo contrario, su capacidad para complicar lo más simple.


He querido y me han querido en castellano. También he odiado y me han odiado en castellano. En ese idioma he dicho hola y adiós cien mil veces a lo mejor y a lo peor de mi vida, que no se entiende sin Neruda escribiendo los versos más tristes, sin Benedetti explicando la diferencia entre su táctica y su estrategia ni sin Cortázar advirtiendo sobre la faena que te hace quien te regala un reloj.


Creo que todo eso y lo que no añado para no eternizarme me deja libre de sospecha de padecer cualquier tipo de fobia contra algo que considero tan mío como lo más mío y que defendería en primera línea si alguna vez lo sintiera en riesgo, no ya de perderse, sino siquiera de debilitarse. Pero no veo amenazas, ni ataques, ni agravios por ningún lado. Es más bien al contrario: lo que percibo a mi alrededor es que la potencia de esa lengua que amo neutraliza por pura inercia y no necesariamente a propósito todos los esfuerzos para que salga del viejo pozo profundo la otra lengua que adoro.


Por eso no me engaño. Los que ahora dicen defender la que llaman lengua común son señoritos cabreados porque creen que su jacuzzi haría más burbujitas si los criados no tuvieran agua corriente. En su egocentrismo de niños caprichosos, proyectan sus obsesiones y culpan de sus presuntas desdichas a quien no es dueño ni de un cuarto de la mitad de lo que poseen ellos. Odian lo que no tienen y lo que no comprenden. En lugar de cuidar de lo suyo, se entregan a destrozar lo que sienten ajeno.


¿Persecución al castellano? ¿Cuándo, dónde, cómo? Ah, ya, la vieja historia de los malvados conejos lanzándose contra las inocentes escopetas, el tan rentable negocio del victimismo, que es una de las formas más repugnantes de atacar a las verdaderas víctimas. Buscan hacer ruido, buscan la notoriedad que la mayoría de ellos ya no es capaz de alcanzar con su creación. ¿Qué han escrito que merezca la pena en los últimos años Savater, Delibes o Vargas Llosa? Buscan también, y eso es peor, hacer daño. Se manejan como nadie en campos sembrados de odio. Cada exabrupto, cada bravuconada, cada ladrido, es una entrevista promocional, una columna encargada, la invitación remunerada a una tertulia de hooligans o a dar una conferencia a tanto por palabra. Viven -en lujosas urbanizaciones, por cierto- de eso y cuando se miran al espejo, en lugar de ver su miseria, creen contemplar a un intelectual comprometido, mientras maquinan, con su mentalidad de bombero pirómano, el próximo incendio que provocarán.