sábado, 21 de junio de 2008

Siempre jodiendo


Si me diera por ir al chalet de este individuo y cortarle el cable del teléfono, inmediatamente aparecería la policía y me detendría. Él, sin embargo, puede permitirse que unos empleados suyos vayan a mi modesta casa y me dejen sin línea indefinidamente sin que le pase absolutamente nada. Es la igualdad del Estado de Derecho. De este Estado de Derecho.


Ha sido mi último episodio kafkiano. Tentado por un ahorro mensual de cuarenta euros, acepté dejar la rácana y ramplona compañía que me daba servicio de teléfono, televisión por cable e internet para volver a Telefónica. Como soy prudente, pregunté no menos de seis veces a la comercial si eso era técnicamente posible, cosa que casi me juró por los hijos que había dejado en Quito. Un mensajero me trajo el contrato de portabilidad y otro se lo llevó. Sólo quedaba esperar.


Ayer era el gran día. Mi vieja compañía -que la semana anterior hizo un intento vano por retenerme- cortó la línea a las ocho de la mañana. A las diez debía venir el técnico (subcontratado de una subcontrata subcontratada a su vez, y me llevo una) a instalarlo todo. Llegan las doce y el fulano (al que Belecebú confunda y una colitis de caballo le deje para el arrastre) no daba muestras de vida. En el inútil 1004, teleoperadores con toda la gama de acentos del cono sur no sabían decirnos qué había pasado. Diez llamadas en todo el día para nada de nada. Se contactarán con usted, señor 'Viscano' (ni uno era capaz de pronunciar bien mi apellido) en el transcurso de la tarde, o en 24 horas, o en un 48 horas o...


Resumen: estoy sin teléfono desde ayer a las ocho de la mañana. En la vieja compañía me dicen que se siente, pero que ya no figuro en sus bases de datos y me dicen que vuelva a iniciar el proceso a la inversa, empezando por solicitar la baja en Telefónica. El problema es que todavía no figuro como cliente de Teléfonica. Soy un apátrida, vivo en tierra de nadie. En el camino, me he quedado sin línea, probablemente sin mi número de toda la vida y muy pronto sin tele por cable y sin internet.


Y lo único que tengo en mi mano es poner una reclamación ante cualquiera de los inservibles organismos de supuesta defensa de los derechos de consumidores. Otra solicitud que irá a la nada, a la estadística para que yo mismo no sé cuándo haga una entrevista a un fulano que me diga que el chopecientos por ciento de las quejas de los usuarios son sobre servicios de telefonía. ¿Alguna se soluciona? ¿Se compensa a alguien por la putada caprichosa? ¿Se piden, al menos, disculpas de rodillas? La respuesta es no.


Una vez más, esto sólo es información, posible escarmiento en carne ajena. Tenedlo en cuenta cuando os vengan con la próxima oferta irresistible. Lo siento por la teleoperadora o teleoperador que vuelva a llamarme para ofrecerme lo que sea. Sé que no será culpa suya, pero mi contestación será que se meta la promoción por donde le quepa. Y le daré recuerdos para la madre del presidente de la compañía. Veinte años después, el famoso sketch de Martes y Trece sigue vigente. Siempre Jodiendo.