domingo, 6 de julio de 2008

Maneras de morir

Quiso volar, igual que las gaviotas,
libre en el aire, por el aire libre.
Y los demás dijeron: pobre idiota,
no sabe que volar es imposible.
(...)
Así termina la historia del idiota
que libre en el aire, por el aire libre,
quiso volar igual que las gaviotas,
pero eso es imposible.
(Alberto Cortez: Castillos en el aire)



Se me ocurren pocas formas más absurdas de morir que la que encontró el sacerdote brasileño Adelir Antonio de Carli, mártir de la navegación aeróstatica low cost y probable futuro patrón de los entusiastas irredentos.


A saber cómo se le metió en la cabeza al padre engancharse a mil globos multicolores de fiesta hinchados con helio para batir un récord extravagante y, de paso, sacar unos cruceiros para las buenas causas que atendía. A saber también dónde estaban a esa hora Dios y Santa Rita, la intermediaria de los imposibles, que dejaron que el viento del sur arrastrara al cura volador mar adentro, mientras cientos de curiosos que no olían que aquello iba camino de tragedia, le despedían con alborozado movimiento de manos al cielo.


Más de dos meses después de su desaparición, los sorprendidos tripulantes de un remolcador de la empresa petrolera Petrobas encontraron el viernes los restos del párroco que soñó ser gaviota a más de mil kilómetros del lugar de partida. Su último pensamiento -me apuesto lo que sea- fue un lamento por no haber hecho una tómbola benéfica corriente y moliente. Tal vez más tradicional, pero menos arriesgada.