martes, 8 de julio de 2008

Mi Saxo blanco


Hau miseria latza
Galdu zintudanetik
Neure furgoi beltza
Arraia laranjaz
Saldu zintudanetik.
(Ruper Ordorika: Nire furgoi beltza)


Tal vez porque mi corazón ha estado estos días encallado en un adiós de carne y hueso que me ha hecho escribir sobre varios cristales empañados la palabra fracaso, hasta ayer no fui consciente de que, casi al mismo tiempo, he dejado aparcados frente a un taller mecánico ocho años de mi vida. Lo he hecho sin una última mirada, no sé si por cobardía, por pragmatismo o porque, como me suele pasar en las ocasiones donde debo estar a la altura, mi mente se va de naja con las pequeñeces y ahí donde tendría que estar pariendo un pensamiento sublime para mis memorias, se entretiene con la lista de la compra. Veinticuatro horas después, como me pasa ahora, me dejo invadir por partisanos mezclados de las guerrillas de la mala conciencia, la nostalgia y la tendencia al lirismo y siento la necesidad absurda de despedirme -qué patético- de un coche.


No es fetichismo, os lo prometo. Aunque llegué a tener mucho cariño por las abolladuras que exhibía mi viejo Saxo blanco entre orgulloso e impúdico, mi morriña no es por su carrocería, ni por sus sesenta caballos casi de juguete, ni por su palanca de cambios que siempre me pareció un tanto torcida. Me puede más el recuerdo de lo que ha ocurrido en su mínimo interior de utilitario urbano con ínfulas de ser un poco más.


Hago recuento de quienes han ocupado el asiento del copiloto: mi viejo -del que tanto os he hablado- aspirando ansiosamente el Ventolín; mi ama, haciéndose un nudo imposible con el cinturón de seguridad; Isa, con cuatro o cinco marianitos de más que nos hicieron probar la efectividad del Febreeze; varios compañeros de programa en trayectos con pérdida incluida mientras íbamos a hacer un exterior... Y me detengo ahí, porque ese lugar donde tantas veces viajó también la soledad guarda algunos secretos que seguirán siéndolo.


En los de atrás, en un Maxi Cosi que conseguí anclar con manos temblorosas, trajimos a Oier -creo que a treinta por hora- desde el Hospital a casa. Ahí mismo lo llevamos -esta vez a toda pastilla- con cuarenta de fiebre y vomitando sin parar a su primera visita a Urgencias. Desde hace meses, sus piernas inquietas me molían la espalda a patadas y me hacían pensar que a lo mejor había llegado el momento de buscar otro contenedor de recuerdos con ruedas. En el Saxo ya no cabían más.