viernes, 25 de julio de 2008

Mucho Jorge Corsi suelto

Mentira la mentira
mentira la verdad
todo es mentira en este mundo
todo es mentira la verdad
todo es mentira yo me digo
todo es mentira ¿por qué será?
(Manu Chao: Mentira)


Dicen que en Argentina ha causado conmoción, pero a mi no me ha extrañado ni media gota la detención de uno de los mayores expertos en violencia familiar del país, acusado de liderar una banda de pederastas que, entre otras cosas, montaba orgías con menores captados con engañifas.


No conozco al aún presunto delincuente Jorge Corsi, pero sí a un buen puñado de samaritanos con derecho a ponencia en curso de verano o jornadas de buen rollito que viven de pontificar contra sus propias miserias. Admito mi complicidad remota porque he entrevistado a varios de estos ejemplares que, bien mirado, no es incorrecto calificarlos como expertos, pues conocen de primera mano los turbios paños en los que son considerados autoridades.


A estos sujetos los suele perder el ego. Hace años, un fulano que vino a MQP a ablandar los corazones del personal contando cómo funcionaban en un lejano país las tramas de prostitución infantil al servicio del turismo sexual, nos dio tantos detalles y tan escabrosos, que Dani Álvarez y yo llegamos a la misma conclusión: “Este tío lo ha probado, y muchas veces”, coincidimos tras despedir al invitado, que sigue por ahí haciéndose de oro gracias, en el mejor de los casos, al infortunio ajeno.


Soy consciente de que es inevitable que nos cuelen gato por liebre alguna vez, pero no estaría de más afinar el espíritu crítico y, si hace falta, aplicar la duda metódica. Y no es necesario llegar al extremo de lo que suponen los abusos sexuales a menores. A mi no me cuadra que me venga a hablar del hambre un tipo con un traje de tres mil euros o que otro con cuatro por cuatro de chopecientas válvulas e Iphone en ristre me venda la moto de la vuelta a la naturaleza y el respeto al moribundo medio ambiente.


La lista de falsarios es ampliable a simpáticos cocineros a los que no les agunta ni Dios y no distinguirían unas vainas de una sandía, sexólogos que no han pasado en su cama del misionero, mediadores de pareja a los que la suya les puso la maleta en la puerta, gurús del protocolo que se limpian el morro con la manga de la camisa, paladines del multiculturalismo que se llevan la mano a la cartera cuando se les acerca alguien de piel morena, abertzales que llevaron con orgullo camisa azul y correajes, linces de la información bursátil que no han comprado una acción en su vida, aguerridos corresponsales de guerra que no han visto jamás una bala, viajeros del copón de la baraja que se pierden en la Gran Vía de Bilbao, cardiólogos que se ponen ciegos a callos a la madrileña y fuman tres paquetes al día o pacifistas que llevan en el coche un bate de beisbol por si alguien les pita en un semáforo.


Confesad que habéis puesto, por lo menos, un nombre propio a la mitad de los casos. El tal Jorge Corsi no es más que uno de entre los miles de vendepeines que toleramos por acción u omisión. No hay lugar para la sorpresa.