lunes, 18 de agosto de 2008

El futuro de la radio es el presente (y 2)


[Saludos, después de tres días en los que he estado perdido en la Galicia profunda, reencontrándome con mis raíces por carreteras imposibles. A la vuelta a la base zamorana, me he encontrado un debate riquísimo -¡menudo nivelazo!- que me dispongo a recapitular. Como ilustración, el ojo de Oier, mirando el futuro de la radio a través de una vieja piedra de afilar.]


Comparto prácticamente todo lo que habéis escrito. Es cierto que las audiencias decaen, que los formatos se agotan, que han aparecido nuevas y en apariencia más estimulantes formas de acceder a la comunicación y que, en general, a los jóvenes la radio les parece una antigualla. Pero ahora me pongo farruco: eso me preocupa lo justo. Una vez hecho el inventario de obstáculos, basta con ir pensando cómo se les hace frente y eso es cuestión de realismo, imaginación, conocimiento y ganas. Si nos entra en la cabeza que hemos dejado de ser unas gargantas piadoras y que debemos saber navegar en los mil medios nuevos que han nacido o están por nacer, saldremos adelante.


Ahí se me acaba el optimismo y vuelvo a la tesis del primer apunte: eso sólo lo harían gentes que quieren su profesión, que la viven como un oficio, en el mejor sentido que tiene esa palabra, que es el que hacía a nuestros padres -generalmente empleados en labores mucho más duras y peor pagadas- sentirse orgullosos de ser fresadores, torneros, ajustadores o albañiles.


Por desgracia, a buena parte de las personas que hoy trabajan en la radio el medio se la refanfinfla y no dudarían ni un segundo en cambiarse a un empleo rutinario de ocho a tres si les pagaran cinco euros más. De hecho, si muchos no lo hacen es, paradójicamente, gracias a la otra peste que mencioné en el capítulo anterior: el ego. Os caeríais de espaldas si supierais la cantidad de tipos que piensan que hacer una entrevista con un concejal de fiestas les faculta para ocupar el lugar de Lapitz, Francino o Carlos Herrera.


Lo pistonudo es que la forma para conseguirlo suele ser putear al vecino, buscar un lugar cómodo donde no haya que gastar neuronas o una mezcla de lo uno y lo otro. Insisto en que con un percal así es imposible plantearse hacer frente a todas las dificultades que hemos descrito entre todos. Cualquiera le cuenta a un funcionario vocacional de veinticinco años que tiene que empaparse un poquito de lo que se escribe en los blogs o que no le vendría mal manejar algunos programas de edición de sonido o aprender a subir fotos, audio y video a internet. No se atreverán a decírtelo a la cara (la sinceridad es otro valor perdido definitivamente) pero se quedarán pensando con suficiencia que no les pagan por eso.


Una prueba del nueve: juntad a media docena de periodistas de diferentes emisoras y dejadles que hablen. Veréis que echan las muelas porque les hacen redactar su noticia también para colgarla en internet, por tener que trabajar de noche o en fin de semana, porque alguna vez tienen que ampliar la jornada para entrar en la programación general de la cadena, por haber tenido que dormir fuera de casa en ocasiones o, en resumen, por cuestiones que vienen de serie con este curro. Son bomberos que se quejan de tener que apagar fuego de vez en cuando.


De nuevo pido excusas por la aparente crudeza de lo que he descrito, pero como os dije otra vez, trasladad lo que digo a cualquier otro oficio vocacional (enseñanza, medicina...) y veréis que la situación no es muy distinta. Además (renace mi optimismo para terminar), como también os dije, afortunadamente sigue llegando a la profesión gente que cree en ella y que la quiere. Yo he tenido la fortuna de trabajar junto a algunos de ellos y ellas y seguiré haciéndolo. Cuando perdamos esta guerra, cosa que está por ver, no podrán decir que no ofrecimos resistencia.