lunes, 4 de agosto de 2008

Salvado por la campana

Ha sido divertido,
me equivocaría otra vez.
Quisiera haber querido
lo que no he sabido querer.
¿Quieres bailar conmigo?
Puede que te pise los pies.
(Fito & Fitipaldis:
Me equivocaría otra vez)


Igual que Gabriele Andersen-Scheis en la maratón de Los Ángeles 84, he conseguido cruzar la línea de meta con un aliento que ya no era mío. Como me paso el año esprintando para escapar de las docenas de toros que se encaprichan de mi culo, mis finales de temporada suelen ser agónicos, pero creo que este año he batido todos los registros de vacío en la llegada. No me queda una neurona sin machacar y tengo tales agujetas en el alma, que ni soy capaz de celebrar haber salido vivo de estos diez meses emulando a los protagonistas de Danzad, danzad, malditos.


Necesito, como nunca, taparme con la bandera blanca de mi rendición y dormir la borrachera de las profundidades en las que jamás se hace pie. Permitidme, una vez más, que os use como peluche o como clavo ardiendo y que os abrace mientras sueño que, a pesar de todo, ha vuelto la merecer la pena equivocarme de nuevo y que estoy dispuesto a hacerlo todas las veces que sea necesario.


Con los restos de las sobras de mis fuerzas, pongo los dedos en forma de uve y cierro los ojos sonriendo al pensar que, de los veinte años en esta casa que cumplí el viernes pasado, el que acabo de dejar atrás no ha sido, ni mucho menos, el más fácil.


Sólo una cosa más: no os alarméis por el tono. Como en la canción de Silvio, “creía mi alma inservible, pero era cansancio vulgar nada más”. Pasado mañana me devolverán de la tintorería mi disfraz de Ave Fénix y se me disparará el felizómetro al caer en la cuenta de la fortuna que tengo porque apenas en cuatro semanas se vuelve a poner el marcador a cero y empieza otro partido.