miércoles, 27 de agosto de 2008

Un pueblo es...


Un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es

abrir una ventana en la mañana y respirar
La sonrisa del aire en cada esquina
Y trabajar y trabajar
Uniendo vida, vida
el ladrillo en la esperanza
mirando al frente y sin volver la espalda.
(María Ostiz: Un pueblo es)





No es que me encante el modo de vida de las ciudades -y menos, de las actuales-, pero cada vez que paso una temporada larga lejos de la supuesta jungla de asfalto, me doy cuenta de lo mitificado que tenemos los urbanitas lo rural. De hecho, creo que esa especie de revisitación de la leyenda del buen salvaje es un invento genuinamete urbano, y que está asentado en una especie de complejo de superioridad disfrazado de talante perdonavidas. Tanto es así, que estoy seguro de que si hoy es soportable la existencia en un pueblo para locales y forasteros es gracias a los adelantos de la ciudad. Sin agua caliente, electricidad, teléfono, televisión, coche o un dispensario de salud cerca, a ver quién es el guapo o la guapa que soporta aquello.


Al decir aquello, no hablo sólo de los rigores del clima, sino especialmente de la filosofía rural, que se basa en una curiosa paradoja: la comunidad individualista, un lugar donde el vecino es un mal inevitable y -con excepciones- despreciado en un abanico que va desde el desdén leve al odio visceral. Si alguien quiere entender las mayores atrocidades de la guerra de 1936 y cómo en ellas la política fue sólo una excusa, no tiene más que pararse a escuchar algunas conversaciones hoy mismo.


Me hace gracia que nos quejemos del egoísmo de las sociedades modernas, cuando en las un poco menos modernas, el valor supremo es el yo y lo mío. Por descontado, mis tomates son infinitamente mejores que los del prójimo, que además los riega trampeando la acequia y los abona con productos químicos. Hasta los actos presuntamente generosos son en realidad una forma de ostentación que, de propina, espera vuelta: ten por seguro que si te invitan a un café, se enterará todo el pueblo, y cuando llegue tu turno, ya puedes estirarte y pagar también la copa.


Alguna vez habéis hablado por aquí de esos sabios que, sin haber aprendido a leer, lanzan atinadísimas sentencias sobre la naturaleza humana. Haberlos, los habrá, pero me temo que abundan más los que sueltan delicadezas como que llevar minifalda es de putas o que piensan que haber bebido diez cubatas no es motivo para no conducir.


Podría escribir un tratado (la foto que he puesto habla por sí misma), pero me voy a parar en uno de los grandes mitos, el que sostiene que el campo es sano, que se manifiesta en regueros a los que se vierten los purines y se arrojan animales muertos o en charcos donde macera boñiga y se congregan miles de moscas. Sanísimo.


Y a pesar de todo, el año que viene volveré a mi inmersión rural, porque mis suegros son adorables, porque a Oier le entusiasma... y porque estoy casado con la enamorada número uno de lo rural y, más concretamente, de Ayoó de Vidriales. De hecho, como antídoto para mi llantina urbana, os recomiendo un buen chute de su blog. No es coña: merece mucho la pena.