jueves, 11 de septiembre de 2008

Cuarenta y uno


Cuarenta y uno ya, y no acabo de decidir si tengo que cantar gracias a la vida, que me ha dado tanto, o encargar al bufete de Garrigues que le ponga una querella por incumplimiento de contrato. Optaré, supongo, por Violeta Parra, aún sabiendo cuál fue su final, porque si hago tres sumas y doscientas restas, no salgo tan mal parado. Me sobran, es cierto, dedos para contar lo que me importa, pero también es verdad esférica que no he perdido nada de lo que no tengo: todo lo cedí voluntariamente o, simplemente, me hice a un lado y dejé que pasara sin hacer ademán de tomarlo.


Cuarenta y uno, sí, y no te los cambio por tus veintitantos, que me ha costado mucho pastorearlos uno a uno hasta este redil donde la esperanza no entra si no sabe el santo y seña o no trae un par de cafés bautizados con tres gotas de autenticidad para sobornarme.


Cuarenta y uno, y tampoco te los presto, más que nada, porque no sabrías qué hacer con ellos, salvo rociarlos de distancia o, peor aún, alimentarlos con restos. Son orgullosos mis años, ¿sabes? Prefieren morir de hambre pura y dura que de malnutrición. A mi me pasa igual. Jamás pude con los sucedáneos. ¿Vas atando cabos?


Cuarenta y uno. A ti sí te invito a celebrarlos, a marearlos, a tirarlos al aire -te regalo los que caigan a la izquierda de la raya de tiza- o, simplemente, a contarlos. Qué gracia si resulta que son menos. Da lo mismo. Puedes quedarte con todos. También con los que vengan de hoy en adelante.