viernes, 19 de septiembre de 2008

El domingo, los celos

Si fueras posible amarrar
tenerte siempre cerca, poderte controlar,
saber cada paso que das, si sales o si entras,
si vienes o si vas, las narices enseñar,
¡ay, amor! ¡Cómo inmenso es el mar!
(Victor Manuel: Ay, amor)


[Como anunciamos, el domingo hablaremos de los celos en el espacio de Imanol Querejeta. Tras la buena experiencia anterior, volvemos a pedir que nos echéis una mano. Mi texto será una base mínima; Imanol centrará la cuestión, pero serán los comentarios que dejéis aquí los que nos hagan de hilo conductor. La foto la he tomado de la galería de Flickr de NaDeR MaKKi]


Una constatación curiosa: cuando en septiembre de 1999 le pedí a Imanol que inaugurase sus intervenciones en MQP hablando de los celos, el asunto me resultaba apasionante, casi obsesivo... y no exactamente por motivos personales, porque ya hacía tiempo que había pasado ese sarampión -más bien cólera miserere- de morir en vida ante la idea de no ser el único tripulante del corazón de mi(s) amada(s). Hoy, sin embargo, me encuentro que no sé realmente lo que pienso sobre el asunto, más allá de un puñado de obviedades y de alguna que otra de mis ideas extremistas.


Siempre he pensado que el amor es una de las fuerzas más destructivas de la naturaleza humana. Es cierto que, una vez domesticado y vaciado de esa estupidez o infantilismo que algunos llaman locura para hacerlo glamouroso, se convierte en la viga maestra de las existencias de los que necesitan esperar a alguien y tener quien los espere. Sin embargo, en la inmensa mayoría de las ocasiones es una pérdida de tiempo (si hay suerte) o una inmolación por alguien que 99 de cada cien veces no merece ni un miligramo de la sal de nuestras lágrimas.


En ese estado de sitio general de los sentimientos, en esa alienación absurda pero inevitable, los celos arraigan, crecen, se multiplican y minan las almas hasta convertir a los invadidos en asesinos de sí mismos... o -a veces, literalmente- de los demás. Escuchar un nombre en la boca del otro, intuir un roce suyo con cualquier ser anónimo de entre doce y cien años o ver cómo trata con sospechosa amabilidad a cualquier habitante del planeta, son la antesala de la tsunami emocional que se lleva por delante lo que encuentre a su paso, empezando por la dignidad propia.


Es sorprendente cómo hombres y mujeres que en todos los demás ámbitos de su vida mantienen la calma, actúan con racionalidad y mano izquierda, se convierten en hidras de mil cabezas si les da por la ira o en pura mierda, si optan por la autocompasión. Y lo peor es que casi no hay diferencia entre si el sentimiento es fundado o infundado. De hecho, conozco casos de gente que ha reaccionado mejor cuando se ha encontrado a su pareja con compañía en la cama que cuando le ha descubierto un pelo ajeno en el jersey.


Es mi (casi) inútil aportación. Me he limitado, además, a la pareja, sabiendo que sólo es uno de los terrenos donde causan estragos y que no hay relación humana que esté libre de ellos: la familia, el círculo de amistades y/o conocidos y el trabajo no son excepciones. El sentimiento de posesión es una de las señas de identidad de la especie que nos tocó en la lotería cósmica... o sólo cómica.