martes, 2 de septiembre de 2008

Ellas y ellos son MQP

¿Qué es lo que mueve montañas?
¿Qué es lo que mueve a los hombres
cuando nos desmoronamos
para creer que pasará?
Algo que llegue y que se lleve
todo lo que nos hiere.
(Tahúres Zurdos: Mañana)


Faltan algunos que siempre encuentran una buena excusa para no mandarnos su foto. Pero esas y esos que veis ahí son, por supuesto junto a vosotras y vosotros, la esencia de MQP. ¿Exagero? ¿Me paso con el jabón? Os prometo que no.


Hace unos meses, en lo más profundo del pozo -algo os he dejado caer por ahí-, cuando ya había pedido, incluso, que apartaran de mi este caliz que me destrozaba los labios del alma con cada sorbo, tuve lo más cercano a una revelación que llegaré a conocer en mi vida. Como a mi musa recurrente, Escarlata O'Hara, cuando se le aparece el espíritu de su padre para recordarle que no hay nada más importante que la tierra roja de Tara, comprendí en un segundo qué hacía merecer la pena de lo que en ese instante sólo me parecía una sucesión infinita de errores de planteamiento. Y en el centro de todo estaban -siguen estando- esas personas.


El privilegio de tratarlas una a una en larguísimas conversaciones telefónicas (os reto a tener una charla de menos de diez minutos con, por ejemplo, Sonia, Imanol, Elena, Ortiz o Mugu) y gozosos contactos cara a cara me hace deciros con total seguridad que MQP no tiene un solo colaborador convencional. Todos y cada uno de ellos están tocados por una suerte de chaladura mágica que les hace únicos y, para mi, imprescindibles, no ya por su extraordinaria aportación profesional al programa, sino por el inmeso regalo personal que es saber que puedo contar -y no hasta dos o hasta cinco, como dice Benedetti- con ellas y ellos. Igual que el viejo lema de Martini: donde estés y a la hora que estés.


Caer en la cuenta de ello -junto a los recuerdos de mi hermana Iratxe Celis y mi primo Dani Álvarez, unas palabras balsámicas de Susana Martín y algún que otro dulce arrullo más- hizo que se rompiera el maleficio y que pudiera salir de esa especie de Sing Sing emocional en que había resbalado: algo sí tenía que haber hecho bien para que todos esos seres humanos excepcionales -y otros más- hubiesen coincidido alrededor del tíovivo loco que trato de mantener en danza contra (casi) todas las leyes de la física.


No tengo nada de visionario. No soy Martin Luther King teniendo un sueño ni San Pablo cayéndose del caballo en el trayecto a Damasco. Sólo aspiro a mirar alrededor y ver que camino en compañía. Ni siquiera me preocupa hacia dónde y, menos aún, cubrir etapas de miles de leguas o subir a cimas donde no hay más que enfermos de mal de alturas y alpinistas con piolets comprados en armerías. Os he dicho un millón de veces que esto no tendría sentido sin los que estáis a ese lado, y ahora trato de explicaros que tampoco sin los que están a este lado. Aunque el verdadero milagro es, como ocurre con tanta frecuencia, cuando este y ese lado son... el mismo lado. Preguntádselo a un doctor en Geometría y os dará que eso no es posible. Yo sé que sí.