miércoles, 3 de septiembre de 2008

Halagos y debilidad: una teoría




Yo tengo un novio que me lleva a la bahia,

que me dice mia, mia, que me dice qué calor.
Qué calor, qué calor tengo.
Qué guapa soy y qué ritmo tengo.
(Karen Paola: ¡Ay, qué calor!)







Ha vuelto a salir la frase en los comentarios al apunte anterior y he recordado que desde hace semanas tenemos pendiente un juego floral sobre las verdades y las mentiras que encierra: ¿El halago debilita?


Empiezo aclarando que a quien más veces he escuchado la sentencia es a José María García, lo que da una idea de mis clásicos. Como complemento y a veces antídoto -en realidad, como bálsamo universal- recurro a una cita mucho más exhibible del filósofo y escritor José Luis Sampedro que algún día grabaré en la cabecera de mi cama: (algunos) vivimos de migajas afectivas.


Un guiño, un pulgar en alto, la palmada en la espalda de toda la vida, que puede ser un SMS o un emilio de dos líneas en los tiempos actuales, son para buena parte de nosotros el combustible que nos permite perseguir sueños en lugar de -como decía Jardiel- roncarlos. Si tu depósito es del tamaño adecuado, y mantienes limpios los inyectores, aunque tu corazón sea de doscientos caballos, no necesitarás repostar muy a menudo. Bastará un gesto de complicidad desde la acera de enfrente, un post-it en la pantalla del ordenador o, incluso, la llamada perdida desde un número conocido para tirar hasta Venta de Baños o, si te pones, hasta Tordesillas.


Lo curioso -y sospecho que nos pasa a más de uno- es que si recibimos el carburante en dosis altas, se nos bloquea la dirección, se nos ahoga el motor, o las dos cosas a la vez, y acabamos desconcertando a quien nos elogia con la cara de genuino gilipollas que se nos queda al recibir una ingesta de alpiste vital que supera nuestra capacidad para metabolizarla.


Hay, sin embargo, tipos que parecen tener una voraz solitaria en el depósito, y cada tres pasos se les enciende el testigo de la reserva. Son insaciables yonkis de las lisonjas y hacen cualquier cosa por administrárselas en vena, desde fabricárselas a medida a mendigarlas, pasando por robarlas. Conozco, desgraciadamente, a muchos de esos adictos que cuando no tienen suficiente con el autobombo -sus trofeos deportivos, su pedazo colección de matrículas de honor, lo muchísimo que ligan-, acaban apropiándose de los méritos ajenos para mercarlos por un chute de polish para el ego. Es a este tipo de personas a quienes debilitamos con el elogio, por mejores intenciones que albergue, porque consumido el primero, necesitarán el segundo, exigirán el tercero y se creerán víctimas de un tremendo agravio al ver que no les llega el cuarto, lo que les hará sentirse justificados para vengarse del mundo en la piel del primer pardillo que tengan a mano.


Lo cuento con tanto detalle porque -insisto- he lidiado en mi vida (y quién no) con bastantes de esos macroegos que, en el fondo, son estratosféricamente infelices porque cada trago de grifa para la autoestima les da más sed. Afortunadamente, aunque hagan mucho ruido, creo que son bastante menos que los otros, los que van tirando con las migajas afectivas. A esos podremos atribularlos con un halago, pero no debilitarlos.