jueves, 25 de septiembre de 2008

Nadie me comprende




Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así,

porque nadie me ha tratado con amor,
porque nadie me ha querido nunca oir.
Yo soy rebelde porque siempre sin razón
me negaron todo aquello que pedí
y me dieron solamente incomprensión.
(Jeanette: Soy rebelde)



Je, habéis caído. El título era sólo un reclamo para cazaros en manada y poneros etxekolana para el domingo, que es cuando nos ilustraremos junto a Imanol Querejeta sobre el sentimiento de incomprensión. Si tuviéramos sentido del marketing, lo patentaríamos como “Sindrome de Calimero” y nos hincharíamos a escribir artículos y libros, pero ya sabéis que no nos adorna tanto morro. Trato de apuntar unas ideas y, como siempre, vosotras y vosotros tiráis por donde os apetezca...


Lo primero sería hacer el censo de auténticos incomprendidos. Confieso que es una de las cuestiones en las que con los años me he ido haciendo más y más intolerante. Aunque nunca he tenido la soberbia -ni la paranoia- de pensar que toda la población del planeta conspiraba para provocar mi sufrimiento, sí era capaz de observar en otras personas cualidades que las hacían diferentes del resto y, en consecuencia, serios candidatos a la incomprensión. Ahora, que tengo una bodega repleta de lágrimas ajenas embotelladas, tiendo a desconfiar de quien se me presenta con una tarjeta de visita que lo anuncia como desheredado de la comprensión general.


De hecho, no me cuesta nada entender a noventa y nueve de cada cien individuos de esos: o son unos victimistas redomados que siempre piensan que el profe les tiene manía o unos guays del copón de la baraja que, en su afán de salirse del rebaño, acaban balando en un orfeón de ovejas presuntamente descarriadas con normas más estrictas aún que el antiguo coro. Vestirse de gótica todas las mañanas tiene que dar más pereza que ponerse corbata y gemelos.


No conozco a nadie que, tras leer a Cortázar, no se identifique con los cronopios. Luego, rascas con la moneda de cinco céntimos, y descubres que todos son -somos- famas o, en el mejor de los casos, esperanzas. Mola sentirse único, pero como en el chiste del póker de Eugenio, serlo de verdad tiene que ser la hostia.


Lo curioso -y esta idea me lleva al asunto de la impostura que tanto nos apasiona a Noe y a mi- es que un buen puñado de esos rebeldes sin causa de plexiglás acaban vendiendo la moto, cada uno de su cilindrada. Enfants terribles que no son más que tocahuevos de instituto de secundaria, adelantados a su tiempo que llevan más retraso que el tren de La Robla, marginales que van siempre por el centro del caudal, sistemáticos antisistemas, poetas malditos bendecidos, correctísimos políticamente incorrectos... Al final, los genuinamente diferentes van a ser -como comentábamos en la mesa camilla de MQP donde empezó a sofreírse este asunto- los que se casan vírgenes a los veinte años. A esos sí que no los comprende nadie.