viernes, 3 de octubre de 2008

El domingo, la decepción



Ya no volveré a apostar por nadie.

Ya no volveré a ser como soy.
Ya no volveré a nuestra calle.
Ya no volveré a firmar mi rendición.
(Revólver: Mi rendición)




[Como os adelanté ayer, vengo con tarea para el domingo. Esta vez hablaremos con Imanol Querejeta de las decepciones. A falta de mejores fuentes, tiro de mi propio currículum para ir centrando la cuestión, aunque serán -beti bezala- vuestros comentarios los que darán consistencia al espacio.]


Durante mucho tiempo -prácticamente hasta antes de ayer- he tenido la convicción de que mi gigantesca colección de decepciones era producto de una especie de defecto de fábrica universal que afectaba a nueve de cada diez personas que se relacionaban conmigo. Poco a poco, la tozudez de la estadística consiguió hacerme pensar que a lo mejor, tal vez, quizá, quién sabe... yo tenía algo que ver en esa historia que se repetía a sí misma, siempre con idénticos capítulos: descubrimiento, deslumbramiento, entrega incondicional por mi parte, leve sensación de no ser correspondido en la intensidad del sentimiento, confirmación de lo anterior, reconfirmación, ¡patapaf!


A fuerza de subir una y otra vez en esa noria -¡me cachis en la puñetera ciclotimia!- y de analizar cada viaje con minuciosidad de C.S.I., ahora estoy seguro de que soy el culpable único de la inmensa mayoría de las decepciones con las que he alicatado las paredes de mi (imbécil) corazón. Lo gracioso y lo injusto del caso es que las personas a las que había condenado por fraude emocional no eran más que figurantes, gentes que pasaban por allí y que nunca acabaron de comprender ni mi entusiasmo inicial ni mi indiferencia final. Me consuela pensar que, en el fondo, lo uno y lo otro les importaba un pito.


Conclusión: hay muy pocas verdaderas decepciones. En todo caso, somos nosotros quienes compramos la sensación de fracaso al convertir en Dulcinea a cada Aldonza que se nos pone a tiro. Tenemos esa estúpida manía de inventarnos a los demás como no son, esa infantil necesidad de creer en los reyes magos aún después de haber visto a tus viejos cien veces comprando los regalos, y nos vamos dejando los dientes contra cada tapia que nuestra candidez se ha empeñado en levantar.


Le preguntaré a Imanol si en el vademécum viene alguna pócima contra esa insistencia suicida, pero ya imagino que me dirá que todavía no se ha descubierto nada mejor que el ajo y agua.