jueves, 16 de octubre de 2008

El domingo, la responsabilidad

Si supiera quién es
el que tiene la culpa,
le arrancaba la piel
por charrán y traidor.
Si supiera quién es
el que tiene la culpa,
iba a hacerle beber
gasolina en porrón.
Alguno tuvo que ser
quien puso el anzuelo.
Y a mí me quieren cargar
con este mochuelo.
¡Que cargue su abuelo!
(Manolo Escobar: Quieren cazarme)




Aquí va el asunto para darle vueltas a los magines antes de que el domingo le arreemos el hervor final con el Doctor Querejeta (a.k.a. El Neuronas): La responsabilidad.


Es una de esas palabras anchas y largas, con mil posibles puntos de abordaje. No excluimos, a priori, ninguno, pero, por si os da una pista, os cuento que la idea inicial la tuvo Edurne, al recordar en la reunión del otro día el Experimento de Milgram, una célebre investigación sobre la obediencia a la autoridad. Os recomiendo vivamente que leáis la referencia a la wikipedia que os he puesto, pero si andáis justos de tiempo, os explico que viene a demostrar que los humanos somos capaces de hacer casi cualquier cosa que nos mande alguien investido de poder. Hay varias interpretaciones sobre por qué somos tan ruines, pero una de las más factibles es que lo hagamos porque dejamos de sentirnos responsables de nuestros actos, por brutales que sean, si los cometemos en el cumplimiento de una orden. El archiconocido “Yo soy un mandao”, vamos.


A esa teoría de la “obediencia debida” -que en Derecho sirve como atenuante o, incluso, eximente- yo le añado dos huevos duros y digo que nos pegamos esas pasadas porque nos lo mandan, sí, pero también porque mola mazo putear al prójimo sin mayores remordimientos y, más importante aún, con la seguridad de que no vamos a ser culpados por ello. Si en algo ha demostrado su destreza la mente humana, es en la elaboración de mecanismos de autojustificación. Nueve de cada diez torturadores e idéntica proporción de matarifes de personas a granel o al detalle duermen a pierna suelta.


Y aquí es donde me disfrazo de Narciso Ibáñez Menta en Historias para no dormir para recordar que Usted puede ser un asesino. Vale, vosotros no; pero seguramente un puñado de las personas que conocéis, sí. Mi teoría es que todo es cuestión de medios y oportunidad. Si a ese meoncete que intriga, conspira, delata y pelotea en la oficina, las vueltas de la vida le ponen en la Dirección General de Seguridad de uno de los países de la lista negra de Amnistía Internacional, tened por fijo que practicará el genocidio como una de las bellas artes. ¿Por qué? Sencillamente, porque no se sentirá responsable. Es más, pensará que cumple una misión patriótica y/o divina y que, en cualquier caso, sus víctimas se lo habían ganado a pulso.


Pero, ojo, que esto va de responsabilidades, y aquí no hay que escurrir ninguna, tampoco la nuestra. Volved a la oficina de la sabandija del ejemplo. Si reís sus gracias, tomáis café con él o le dais codacitos cómplices y, en definitiva, cerráis los ojos ante sus (todavía) pequeños crímenes, también seréis, en parte, responsables de sus actos.