martes, 28 de octubre de 2008

Una despedida en condiciones

Llega el momento, me piro
al filo de la mañana, ¡que frío!
que no me he puesto el sayo,
pero me he puesto
como un rayo.

Me siento como un espermatozoide esperando
en un tubo de ensayo,
congelado pero vivo.
(Estopa: Me falta el aliento)


Está claro que os la debo. Una de las frases más repetidas en estos dos días de avalancha de emails y llamadas ha sido “No son formas”. Tanta coincidencia me hace pensar que, efectivamente, había mejores modos de echar la persiana. Lo malo es que no se me ocurrieron... y ahora mismo sigo sin saber cuál es la fórmula adecuada para decir adiós.

¿Digo con Los Panchos que nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más? ¿Aúllo con Presuntos Implicados que es tan triste recordar que cada historia tiene su final? ¿Confieso con Pablo Milanés que por mi parte esperaba que un día el tiempo se hiciera cargo del fin y que, si así hubiera sido, yo habría seguido jugando a hacerte feliz? Por ahí va la cosa, para luego añadir con Fito: el mejor de los pecados, el haberte conocido; y cuidar de las estrellas puede ser un buen castigo.


¿Cómo contaros que una vez más he vuelto a ser el aviador de El Principito cuando era niño? Yo, empeñado en pintar elefantes engullidos por boas, mientras todo el mundo aplaudía lo maravillosamente bien que dibujaba los sombreros. Como la tarjeta del paro, la frustración es personal e intransferible.


Escribir es falsear la realidad, exagerarla, trampearla, escamotearla. Releed el párrafo de arriba. ¿A que parece que hay un tremendo y doloroso misterio? Pues es infinitamente más simple que todo eso. Hace dos meses, con el comienzo de curso, me puse un plazo mental. Si no ocurría determinado milagro, colgaba la chapa. El domingo, con octubre finiquitado a los efectos de MQP, me puse a hacer el rutinario balance y caí en la cuenta de que había vencido ese plazo. Pese a que (me da vergüenza reconocerlo) intenté forzarlo rozando lo patético, del milagro no había rastro. Luego vinieron las horas de insomnio y taquicardia de las que os hablé (no es tan fácil pegar un tiro de gracia), la convicción de que, si no lo hacía, cada futuro post me encabronaría, y por fin, la redacción del apunte final. Escogí a Rhet Butler y a Neruda como heraldos y garrapateé la memez que tenéis ahí abajo. Si desactivé los comentarios es porque me daba pánico que pareciera que me estaba haciendo querer. Jamás he dudado ni dudaré de vuestro cariño.


¿Y ahora? Pues no me arrepiento. En estos dos días he aprendido lecciones fundamentales y he rehecho mi cartografía sentimental. Casi podría decir que cada llamada y cada mensaje han sido exactamente los que esperaba y de quienes los esperaba, incluyendo alguna sorpresa agradabilísima. Y algo, si me perdonáis, más valioso todavía: las llamadas y los mensajes de quienes, sabiéndolo, no me han llegado ni me llegarán (excluyo despistados, tímidos, ocupadísimos) son los que estaba seguro de que no llegarían. Ha sido el último y maravilloso regalo de los cientos que me ha hecho este blog.


Miento. Ese fue el penúltimo. El último ha consistido en el blog colectivo que se han montado en un visto y no visto un puñado de chalados adorables. Es curioso, pero el resultado se aproxima a lo que yo realmente hubiera querido conseguir aquí, entre otras cosas, porque va bajo bandera MQP (mejor aún: gente MQP) en lugar de usar mi nombre. Por allí pararé, de paisano y sin distintivos que me delaten. Para cualquier contacto personal, insisto en dejaros mi email: javiervizcaino@euskalnet.net. A mis años, no temo el spam; sólo a los troyanos disfrazados de Teresa de Calcuta.


Ahora sí. Ha sido un inmenso placer y seguirá siéndolo, porque esta puerta que se cierra abrirá en el futuro otras que nos servirán para encontrarnos. Nos vemos. Nos leemos. Nos escuchamos.