viernes, 29 de agosto de 2008

Una noche sin dormir



Paay zeb ba paaye yaar shang shang zada miaye

Paay zeb ba paaye yaar shang shang zada miaye
Ba koza sare chashma nayrang zada miaye
Ba koza sare chashma nayrang zada miaye
Umree ba tamanha yesh, daste ba duwaa,
Bar shishaye umree man ba sang zada miaye
(Nasrat Parsa: Paay zeb)




Hacía muchos meses que no me ocurría: un libro me ha tenido en vela -y en vilo- toda la noche. Empecé a echarle un escéptico vistazo poco antes de las doce y lo he terminado, con la ayuda de tres Nescafés, a las siete y media, sin percatarme de que había amanecido a mi espalda. Al poner la cabeza sobre la almohada, he tenido la sensación de haber vuelto, increiblemente sano y salvo, de un largo viaje por Afganistán, uno de tantos países que jamás llegaremos a entender.


Mil soles espléndidos es la segunda novela de Khaled Hosseini tras Cometas en el cielo, que también me provocó otro insomnio cruelmente placentero hace cuatro años. De hecho, el recelo inicial estaba basado en el miedo a la decepción que me han provocado los nuevos libros de un autor que me impactó con el primero. Esta vez -a mi actual desfase horario me remito- no ha sido así.


Eso sí: tengo que hacérmelo mirar. No lo de dejarme atrapar por unas páginas, lujo que en el fragor del curso no puedo permitirme, sino que casi todas las veces que me pasa sea con narraciones donde se suceden las más tremebundas desgracias. La última vez fue con Una mujer en Berlín, escalofriante relato de una desconocida que pasó calamidades increíbles durante la presunta liberación de la capital alemana al final de la Segunda Guerra Mundial. El juramento, de Khassan Baiev, sobre las atrocidades en Chechenia; buena parte de las novelas en que Yasmina Khadra detalla la realidad en Argelia o, en otro registro, Las cenizas de Ángela y Lo es, de Frank McCourt, son otros ejemplos de mi tendencia a dejarme abducir por la miseria humana convertida en literatura.


¿No tengo suficiente con lo que cuentan los medios, en este caso, sobre Afganistán? Me temo que no. El relato periodístico nos llega fragmentado y cuando uno intenta unir los pedazos, sólo es capaz de sumar muertos, retener nombres de ciudades, facciones en lucha o dirigentes. Por qué pasa, cómo pasa y cómo lo viven los que lo sufren es algo que se escapa ante los ojos de quien ve en la misma portada el resultado de un atentado masivo y el del Real Madrid-Benfica.


En fin, no me hagáis casos. Son pensamientos producidos en mitad del pequeño síndrome que suele seguir a lecturas como esta. Me temo que necesito un antídoto deliciosamente intrascendente. Si se os ocurre uno, soy todo oídos.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Un pueblo es...


Un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es

abrir una ventana en la mañana y respirar
La sonrisa del aire en cada esquina
Y trabajar y trabajar
Uniendo vida, vida
el ladrillo en la esperanza
mirando al frente y sin volver la espalda.
(María Ostiz: Un pueblo es)





No es que me encante el modo de vida de las ciudades -y menos, de las actuales-, pero cada vez que paso una temporada larga lejos de la supuesta jungla de asfalto, me doy cuenta de lo mitificado que tenemos los urbanitas lo rural. De hecho, creo que esa especie de revisitación de la leyenda del buen salvaje es un invento genuinamete urbano, y que está asentado en una especie de complejo de superioridad disfrazado de talante perdonavidas. Tanto es así, que estoy seguro de que si hoy es soportable la existencia en un pueblo para locales y forasteros es gracias a los adelantos de la ciudad. Sin agua caliente, electricidad, teléfono, televisión, coche o un dispensario de salud cerca, a ver quién es el guapo o la guapa que soporta aquello.


Al decir aquello, no hablo sólo de los rigores del clima, sino especialmente de la filosofía rural, que se basa en una curiosa paradoja: la comunidad individualista, un lugar donde el vecino es un mal inevitable y -con excepciones- despreciado en un abanico que va desde el desdén leve al odio visceral. Si alguien quiere entender las mayores atrocidades de la guerra de 1936 y cómo en ellas la política fue sólo una excusa, no tiene más que pararse a escuchar algunas conversaciones hoy mismo.


Me hace gracia que nos quejemos del egoísmo de las sociedades modernas, cuando en las un poco menos modernas, el valor supremo es el yo y lo mío. Por descontado, mis tomates son infinitamente mejores que los del prójimo, que además los riega trampeando la acequia y los abona con productos químicos. Hasta los actos presuntamente generosos son en realidad una forma de ostentación que, de propina, espera vuelta: ten por seguro que si te invitan a un café, se enterará todo el pueblo, y cuando llegue tu turno, ya puedes estirarte y pagar también la copa.


Alguna vez habéis hablado por aquí de esos sabios que, sin haber aprendido a leer, lanzan atinadísimas sentencias sobre la naturaleza humana. Haberlos, los habrá, pero me temo que abundan más los que sueltan delicadezas como que llevar minifalda es de putas o que piensan que haber bebido diez cubatas no es motivo para no conducir.


Podría escribir un tratado (la foto que he puesto habla por sí misma), pero me voy a parar en uno de los grandes mitos, el que sostiene que el campo es sano, que se manifiesta en regueros a los que se vierten los purines y se arrojan animales muertos o en charcos donde macera boñiga y se congregan miles de moscas. Sanísimo.


Y a pesar de todo, el año que viene volveré a mi inmersión rural, porque mis suegros son adorables, porque a Oier le entusiasma... y porque estoy casado con la enamorada número uno de lo rural y, más concretamente, de Ayoó de Vidriales. De hecho, como antídoto para mi llantina urbana, os recomiendo un buen chute de su blog. No es coña: merece mucho la pena.

viernes, 22 de agosto de 2008

Reencuentro


Veintisiete años después, el domingo volví al lugar donde están parte de mis raíces. Aunque ya sólo los animales la habitan porque han hecho una coquetona vivienda enfrente, la casa sigue en pie y tal y como yo la recordaba... cosa que no ocurrió con la carretera. La de mi memoria era ancha y recta, cuando la auténtica es un estrechísimo mar de curvas.



En el par de horas que estuvimos allí, fueron apareciendo flashes en mi cabeza, retazos de un tiempo que creía extraviado y que, por lo visto, sólo dormía en lo más profundo del niño que ya no soy. Mis tíos Manolo y Mercedes y mis primos Inés y Casiano tenían alguna arruga más, pero no me costó reconocerlos. Conocer a los pequeños Miriam y Alberto (16 y 18 años) fue un regalo de ese viaje, y también la presencia justo ese día de mi prima Lidia, con la que pasé las mejores vacaciones de mi infancia.



Me ocurrió y os lo quería contar. Un abrazo y muchos besos. Nos leemos.

lunes, 18 de agosto de 2008

El futuro de la radio es el presente (y 2)


[Saludos, después de tres días en los que he estado perdido en la Galicia profunda, reencontrándome con mis raíces por carreteras imposibles. A la vuelta a la base zamorana, me he encontrado un debate riquísimo -¡menudo nivelazo!- que me dispongo a recapitular. Como ilustración, el ojo de Oier, mirando el futuro de la radio a través de una vieja piedra de afilar.]


Comparto prácticamente todo lo que habéis escrito. Es cierto que las audiencias decaen, que los formatos se agotan, que han aparecido nuevas y en apariencia más estimulantes formas de acceder a la comunicación y que, en general, a los jóvenes la radio les parece una antigualla. Pero ahora me pongo farruco: eso me preocupa lo justo. Una vez hecho el inventario de obstáculos, basta con ir pensando cómo se les hace frente y eso es cuestión de realismo, imaginación, conocimiento y ganas. Si nos entra en la cabeza que hemos dejado de ser unas gargantas piadoras y que debemos saber navegar en los mil medios nuevos que han nacido o están por nacer, saldremos adelante.


Ahí se me acaba el optimismo y vuelvo a la tesis del primer apunte: eso sólo lo harían gentes que quieren su profesión, que la viven como un oficio, en el mejor sentido que tiene esa palabra, que es el que hacía a nuestros padres -generalmente empleados en labores mucho más duras y peor pagadas- sentirse orgullosos de ser fresadores, torneros, ajustadores o albañiles.


Por desgracia, a buena parte de las personas que hoy trabajan en la radio el medio se la refanfinfla y no dudarían ni un segundo en cambiarse a un empleo rutinario de ocho a tres si les pagaran cinco euros más. De hecho, si muchos no lo hacen es, paradójicamente, gracias a la otra peste que mencioné en el capítulo anterior: el ego. Os caeríais de espaldas si supierais la cantidad de tipos que piensan que hacer una entrevista con un concejal de fiestas les faculta para ocupar el lugar de Lapitz, Francino o Carlos Herrera.


Lo pistonudo es que la forma para conseguirlo suele ser putear al vecino, buscar un lugar cómodo donde no haya que gastar neuronas o una mezcla de lo uno y lo otro. Insisto en que con un percal así es imposible plantearse hacer frente a todas las dificultades que hemos descrito entre todos. Cualquiera le cuenta a un funcionario vocacional de veinticinco años que tiene que empaparse un poquito de lo que se escribe en los blogs o que no le vendría mal manejar algunos programas de edición de sonido o aprender a subir fotos, audio y video a internet. No se atreverán a decírtelo a la cara (la sinceridad es otro valor perdido definitivamente) pero se quedarán pensando con suficiencia que no les pagan por eso.


Una prueba del nueve: juntad a media docena de periodistas de diferentes emisoras y dejadles que hablen. Veréis que echan las muelas porque les hacen redactar su noticia también para colgarla en internet, por tener que trabajar de noche o en fin de semana, porque alguna vez tienen que ampliar la jornada para entrar en la programación general de la cadena, por haber tenido que dormir fuera de casa en ocasiones o, en resumen, por cuestiones que vienen de serie con este curro. Son bomberos que se quejan de tener que apagar fuego de vez en cuando.


De nuevo pido excusas por la aparente crudeza de lo que he descrito, pero como os dije otra vez, trasladad lo que digo a cualquier otro oficio vocacional (enseñanza, medicina...) y veréis que la situación no es muy distinta. Además (renace mi optimismo para terminar), como también os dije, afortunadamente sigue llegando a la profesión gente que cree en ella y que la quiere. Yo he tenido la fortuna de trabajar junto a algunos de ellos y ellas y seguiré haciéndolo. Cuando perdamos esta guerra, cosa que está por ver, no podrán decir que no ofrecimos resistencia.

viernes, 15 de agosto de 2008

El futuro de la radio es el presente


Si no le parece mal al proponente, traslado aquí el debate sobre el futuro de la radio, y aporto como ilustración -que no alegoría, espero- una puesta de sol ayoína.


Ya os dije en un apunte de muy buen recuerdo que hace tiempo dejé de esperar la muerte de la radio, anunciada hasta el aburrimiento por todo tipo de profetas, especialmente los teóricos de la comunicación que, como su propio nombre indica, son eso, puñeteros teóricos. ¿Que un día todo esto se irá al guano? Seguramente será así, y será entonces el momento de hacer la autopsia. Sabremos si fue el vídeo, internet o lo que sea que inventen pasado mañana lo que nos mandó a la cuneta de la historia. Me temo, con todo, que no habrá forense capaz de detectar el virus que precipitó el final. Y ese virus no tiene nada que ver con la renovación tecnológica y los cambios en los gustos que conlleva, sino con lo humano.


La radio morirá porque no habremos hecho nada por salvarla los que la hacemos. Es pura y simple falta de apego, cuando no el más desazonador de los desapegos. Esto se ha convertido en un curro más, una forma de ganarse la vida, lo que en su sentido actual no se limita a un trozo de pan y algo para cubrirse del frío, sino a procurarse un pisazo, un cochazo y unas vacacionazas, todo ello con horario de oficina y derecho a tomarse los días libres que le salgan a uno de la sobaquera. Todo lo que no satisfaga esas expectativas será considerado explotación y justificará el desinterés más absoluto en el desempeño de las tareas.


Añadid a ello nuestro propio impuesto del valor añadido, que no es el IVA, sino el EGO, y tendréis una visión aún más nítida del panorama que os pinto. Porque en este oficio no es suficiente la pasta si no va acompañada de cerradas ovaciones con vuelta y medio al ruedo de propina. Desarrollaré la idea en el prometido apunte sobre los elogios debilitadores, pero anotad, de momento, que muchos de los que trabajan en esto aprenden antes a celebrar los goles que a meterlos. No imagináis el mal que hacemos al vitorear a alguien por un simple saque de banda.


Tratad de convencer a personas así de que se detengan un ratito a pensar sobre el presente y el futuro de su profesión. Pedidles que reflexionen, que sean críticos y autocríticos, que busquen y comparen antes de comprar el mejor modo de contar las cosas, que pierdan tiempo mirando el ombligo común en lugar del individual. Sugeridles un debate como este, que les haga estrujarse los magines sobre los gustos de las jóvenes generaciones. Proponedles que miren lo que se hace por ahí y viendo si se puede aprovechar alguna idea. Como Jerry MacGuire, os dirán que sí, pero que primero quieren ver la pasta.


De acuerdo: he sido muy duro, incluso más que de costumbre, así que aplico yo mismo el antídoto para tanto veneno. Afortunadamente (esto te gustará, Mikel) hay un buen puñado de objetores a ese ejército de la ego-mediocridad remunerada. Por eso la radio no ha muerto... aún.

martes, 12 de agosto de 2008

Filosofía natural


¿Qué lección o lecciones podemos extraer de esta foto que saqué ayer en los lagos de Covadonga?


Como siempre, espero vuestras atinadísimas interpretaciones de una imagen que, reconozco, podía haber sido mejor... pero entre mi astigmatismo y que me lío con el macro, no hago carrera.


(Os leo ya desde mi próximo destino o camino de él. Besos)

domingo, 10 de agosto de 2008

Pensamientos de vacaciones

Hay demasiados profetas,
profesionales de la libertad,
que hacen del aire, bandera,
pretexto inútil para respirar
en una noche infinita
que va meciendo a este gran ataúd
donde olvidamos que el día
sólo es un punto, un punto de luz.
Que no, que no, que el pensamiento
no puede tomar asiento,
que el pensamiento es estar
siempre de paso, de paso, de paso...
(L.A. Aute: De paso)


Os veo perfectamente preparados para superar cualquier reto... aunque me temo que el que os tendí tampoco era el más difícil del mundo. Efectivamente, ese día que empieza a quedar lejano en mi recuerdo, estuvimos en la playa de La Isla (Colunga), Oier se aburrió en el para mí apasionante museo de la sidra de Nava e hicimos una doble parada en Villaviciosa, que significa "villa fértil" y no lo que parece.


Esta vez, sin embargo, no va de enigmas, sino de simples pensamientos que pasan por mi cabeza de skinhead (¡sí, es la de la foto!) mientras conduzco, dormito en la arena, arrastro mis pies por parajes pintorescos, espero que nos traigan el combinado o los bocadillos reglamentarios o fumo al fresco fresquísimo de la noche asturiana.


Lo de los elogios debilitadores que surgió entre los comentarios de un apunte anterior me ha dado bastante juego, y cuando ordene las ideas, ya en mi próximo destino más al sur, las compartiré con vosotras y vosotros. Además de ese, que considero fuera de concurso, el pódium de mis pensamientos de estos días queda compuesto de la siguiente manera:


Medalla de bronce: ¿Te cansas más de vacaciones que trabajando? Físicamente, sí, desde luego. Yo empiezo a estar para el arrastre.


Medalla de plata: Por tremendas que sean, las cifras de muertos en carretera son pequeñas... al lado de los méritos que hace el personal para dejarse los cuernos en el asfalto. Si el cálculo de probabilidades se cumpliera, los cincuenta o sesenta tipos a los que he visto salvarse por los pelos acabarán saliendo en esos números negros. No lo sentiré demasiado por ellos, pero sé que es inevitable que se lleven por delante a unos cuantos. Luego, claro, está la excusa del estado de la red viaria y bla, bla, bla. A mí no me cuela.


Medalla de oro: Sigo sin tragar con lo de la crisis. O, bueno, trago porque no se puede estar ciego ante los números, pero me da que somos una cuadrilla de suicidas gastando la última pasta que tenemos... o la que nunca tendremos. Hordas y más hordas de turistas en Gijón, Llanes, Ribadesella, petando todos los locales de hostelería y sacando alegremente ronda tras ronda; colas en las gasolineras, como anticipo a las interminables caravanas en fechas que no son precísamente días punta de veraneo... No, definitivamente, no me cuadra con las vacas flaquísimas.


Por supuesto, todo esto tendrá gracia cuando digáis lo que os parece, así que pliego yme despido hasta el próximo trozo de wifi o de cobertura de mi módem USB de Orange (¡¡¡ni se os ocurra picar!!!) que sea capaz de cazar por ahí. Que nos/os sea leve.

sábado, 9 de agosto de 2008

Nuevos enigmas astures

Resolución del misterio que no era tal: estoy en Pando, a cinco kilómetros y medio de Ribadesella, donde hoy se congregarán 300.000 personas a cuenta del famoso descenso del Sella, que sale de Arriondas, donde tiene sus reales la ferretería Falo, inmortalizada en el apunte de ayer.

Enigma para hoy: ¿Seréis capaces de adivinar, con las pistas que os vaya dando, los lugares por los que pasamos ayer? Empecemos:


Por la mañana, hice mi primer posado en monokini del verano en una playa de lo más familiar -eso cuentan de ella- que tiene las vistas que podéis contemplar. Las dos o tres tiendas del pueblo son de esas en las que te puedes surtir de aparejos de pesca, medio kilo de nectarinas, La Nueva España, unos doritos o un pareo. En una de ellas es posible, incluso, echarse un futbolín por cincuenta céntimos. Eso sí: por una ensalada mixta te clavan ocho euros... ¡y doce por un plato de fabes!


Por la tarde, tras recorrer veintipocos kilómetros y pasar por una localidad de prometedor nombre sobre la que luego os daré más detalles, estuvimos en el equivalente astur de Hernani o Astigarraga... y no me refiero al hecho de que esta localidad fue distinguida hace doce años por Felipe de Borbón como municipio ejemplar. Después de hacer mis pinitos como escanciador (“achatador”, creo que dijo una lugareña a ver mi nulo estilo), entramos a un museo del que Oier salió echando pestes porque no le dejaron tocar más que una manzana. “Sólo hablaban y me he aburrido mucho. No me ha gustado nada, nada, nada”, protestó el pequeñajo con criterio propio.


Después de ese pequeño chasco, volvimos al pueblo de nombre sugerente, sede de una empresa famosa en el mundo entero, aunque el recuerdo que tendré de allí no es el de la sidra con burbujas, sino el de la cerveza servida en vaso helado. Al ver un local atendido por una venezolana, ha sido imposible no pedir una Polar helada, que me ha hecho volver con nostalgia a los cercanos días del Trío de la Ojera en Caracas.


Ya veis que no son precisamente los viajes de Marco Polo, pero siempre he sabido que no daría motivos para entrevistarme a mi querido Roge Blasco. Aparte de los divertidos despistes de Maripuri (mi GPS, insisto) que me sugiere siempre el camino más sinuoso y pegado a abismos que encuentra, no hay demasiada aventura... ¡ni la quiero!


Os seguiré contando. Mientras, recordad que tenéis tarea: ¿En qué tres localidades estuve ayer? Playa familiar, Hernani astur, sitio de nombre prometedor. Acertéis o no, como premio, mi cariño infinito.

viernes, 8 de agosto de 2008

¿Dónde estoy?


¿Quién será el primero o la primera que localice al blogari prófugo? ¿Conseguiréis dar conmigo antes que con el gourmet suizo que se piró a la francesa del restaurante de Ferrán Adriá?


Ahí tenéis la primera pista. No es improbable que hayáis pasado por el pueblo donde está esa ferretería de nombre tan viril. Eso me queda a quince o veinte kilómetros, según elija una ruta de montaña o una un poco más convencional. Para volver al refugio con wifi inestable esta noche, nos hemos marcado una de curvas en la oscuridad. Turismo de aventura.


Mañana, más pistas... y tal vez un poco más de contenido, que me he venido con intención de compartir filosofías estivales con los que echáis el ojo por aquí. Hasta pronto.

lunes, 4 de agosto de 2008

Salvado por la campana

Ha sido divertido,
me equivocaría otra vez.
Quisiera haber querido
lo que no he sabido querer.
¿Quieres bailar conmigo?
Puede que te pise los pies.
(Fito & Fitipaldis:
Me equivocaría otra vez)


Igual que Gabriele Andersen-Scheis en la maratón de Los Ángeles 84, he conseguido cruzar la línea de meta con un aliento que ya no era mío. Como me paso el año esprintando para escapar de las docenas de toros que se encaprichan de mi culo, mis finales de temporada suelen ser agónicos, pero creo que este año he batido todos los registros de vacío en la llegada. No me queda una neurona sin machacar y tengo tales agujetas en el alma, que ni soy capaz de celebrar haber salido vivo de estos diez meses emulando a los protagonistas de Danzad, danzad, malditos.


Necesito, como nunca, taparme con la bandera blanca de mi rendición y dormir la borrachera de las profundidades en las que jamás se hace pie. Permitidme, una vez más, que os use como peluche o como clavo ardiendo y que os abrace mientras sueño que, a pesar de todo, ha vuelto la merecer la pena equivocarme de nuevo y que estoy dispuesto a hacerlo todas las veces que sea necesario.


Con los restos de las sobras de mis fuerzas, pongo los dedos en forma de uve y cierro los ojos sonriendo al pensar que, de los veinte años en esta casa que cumplí el viernes pasado, el que acabo de dejar atrás no ha sido, ni mucho menos, el más fácil.


Sólo una cosa más: no os alarméis por el tono. Como en la canción de Silvio, “creía mi alma inservible, pero era cansancio vulgar nada más”. Pasado mañana me devolverán de la tintorería mi disfraz de Ave Fénix y se me disparará el felizómetro al caer en la cuenta de la fortuna que tengo porque apenas en cuatro semanas se vuelve a poner el marcador a cero y empieza otro partido.