domingo, 14 de noviembre de 2010

Anónimos (y tontos)

He estado repasando varias clasificaciones de tontos, y en ninguna he encontrado una de las categorías que, gracias a internet, ha crecido exponencialmente en los últimos tiempos: los anónimos. Bien mirado, tal vez ya estén recogidos en esas taxonomías como "tontos que se creen muy listos", "tontos sin esperanza de redención" o, en terminología de mi primo Jiménez Losantos, "tontos con cinco enes", es decir "tonnnnntos".

Cualquiera que tenga un blog o escriba para algún medio digital que admita comentarios sabe a qué tipo de infraseres me refiero. Mejor dicho, a qué tipos, en plural, porque incluso cabiendo en la caracterización general de cagarrutas humanas, son subdivisibles en varias calañas, atendiendo al modus operandi, la procedencia, la motivación o la (falta de) calidad literaria de sus deposiciones. La gama de oligofrénicos va desde el esputo cósmico conocido que cara a cara te hace genuflexiones al aprendiz de John Hinckley que te toma por su Jodie Foster a la inversa y convierte en bilis hasta la última preposición que escribes. Los hay también, reconozcámoslo, simpáticos, como uno que cada día me escribía en el blog de Público "¿Ya te has sacado el vachiller [sic]?" Y también tiene su puntito uno que, bajo nicks de parvulario, me deja en la bitácora de Deia mensajes de amor del pelo "Eres un hijoputa" o "Qué feo sales en la foto, cabrón", hecho cierto, por otra parte.

Como la tecnología aún no se ha desarrollado lo suficiente como para devolver a los anónimos una descarga de mil watios en sus partes cada vez que se te amorran al panel de control, no queda otra que la moderación. La de comentarios, claro. Y, por supuesto, la resignación. Ya veréis (en realidad no, porque los borraré antes) cómo esta misma entrada hace que pique más de uno.