sábado, 11 de diciembre de 2010

Un pollín el día de la fiesta

Sería el año 78 o 79. En Televisión Española, la única que existía en estos pagos, había un programa de economía didáctica llamado El canto de un duro. Igual que hacen hoy España Directo y sus fotocopias autonómicas -todo está inventado-, los reporteros del espacio se presentaban cual misioneros catódicos o, más bien, cazadores de paletos, en pueblos donde por entonces era todo un acontecimiento que llegara una cámara.

Movidos por una mezcla de paternalismo y amarillismo, que también estaba al cabo de la calle en la época, un equipo del programa llegó a una localidad de la aún llamada región leonesa donde pensaban que encontrarían ese subdesarrollo tan telegénico, especialmente en el blanco y negro de aquellos años. La sorpresa fue que aquel lugar, sin ser Beverly Hills, tenía un aspecto medianamente aseado y que sus habitantes, avisados de que "venían los de la tele" por el pregonero, se habían vestido con sus mejores galas. Gran faena: ni casas de adobe caídas, ni calles sin asfaltar embarradas, ni lugareños con la ropa raída. ¿Iba la realidad a jorobar el emotivo documental sobre el secular atraso rural?

De ninguna manera. Las cámaras empezaron a enfocar aquí y allá, mientras el periodista acercaba el micrófono a los felices vecinos, que desconocían que estaban contando a la nada lo maravilloso que era su terruño. Como nadie sabía cómo funcionaban esos aparatos, ninguno notó que el motor no había empezado a funcionar. Cuando se vio que la farsa estaba colando, llegó el momento de tomar las imágenes y los testimonios que el equipo había ido a buscar. Se localizó al que vieron con mayor entusiasmo colaborador, lo plantaron delante de un corral a punto de venirse abajo y le dijeron las palabras que debía repetir mirando al objetivo.

Más de treinta años después, aún se recuerda en ese pueblo el pasmo, la rabia y la vergüenza infinita que sintieron al ver, reunidos frente a una de las pocas televisiones del término municipal, el programa. Según la voz en off, el corral infecto era un local que hacía las veces de ayuntamiento y consultorio médico en aquel lugar dejado de la mano de Dios y del progreso. Para rematar el espanto, el rostro conocido por todos de uno de los vecinos con la billetera más abultada, le decía a la cámara con voz trémula: "Aquí es que somos todos muy pobres. Suerte, si podemos matar un pollín el día de la fiesta".

Coda: Aunque no lo parezca ni remotamente, esta anécdota pretende explicar mis discutidas opiniones sobre el asunto de los controladores aéreos.
(La foto es de mi santa padecedora, que conoce mejor que yo la historia que he contado)