domingo, 3 de junio de 2012

Fnac, Kindle, Ebook... ¡Crash!


Algo me dice que esta entrada se va a parecer a un testamento, así que para evitaros una pérdida innecesaria de tiempo, os apunto desde ya mismo el mensaje principal. Muy simple: si tenéis un Kindle, ni se os ocurra comprar un libro electrónico en Fnac. Disponéis de todos los boletos para no poder leerlo en el dispositivo... salvo que os embarquéis, como tuve que hacer yo —ahora os cuento— en un viaje por los extrarradios del hackeo. Quiere uno ir de legal y pagar por el trabajo creativo y no le dejan. Lo he vuelto a comprobar con la experiencia que os cuento en las próximas líneas. Si os sirve para escarmentar en carne ajena, daré por bien empleados los12 euros y pico regalados a la infecta cibertienda y el berrinche correspondiente.

Empiezo con los antecedentes. Tras mi primer fiasco en la galaxia ebook, del que me desahogué aquí mismo, hice lo que (casi) todo el mundo me recomendaba: ir directamente a por un Kindle. Bendita la hora en que llegó a mis manos el aparato. Ligero (y eso que es la versión tocho, que ya no venden), relativamente sencillo de manejar, rápido, con una visibilidad apta para Rompetechos, una batería que dura veinte días a todo trapo... Todo ventajas, salvo algo que me molesta muy profundamente: la puñetera exclusividad de su formato, que te condena a proveerte de material de lectura (hablo del de pago) casi exclusivamente a través de Amazon. Y para más inri, lo adquirido sólo puedes verlo en los Kindle que tengas religiosamente registrados. Los monopolios no declarados me tocan las pelotas. Y si encima van de guays como estos o los de la manzanita chachipiruli del mesías difunto, mucho más.

Dispuesto a la rebelión después de haber pasado varias veces por el aro, decidí que el próximo libro electrónico me lo compraría fuera de la cárcel amazónica. No sospechaba que me huida de Málaga terminaría en Malagón, es decir, en la Fnac. ¿Por qué ahí, si ya una vez habían intentado colocarme como nuevo un disco duro que estaba repleto de películas pirateadas? Supongo que porque no aprendo ni a tiros, o porque no está tan mal el 5% de descuento a los socios en los libros de papel, o porque soy un vago y era lo que tenía más a mano.

Total, que ahí me planté todo ufano en la web, me abrí una cuenta en su subapartado eBooks —¿por qué no les vale con la general, la de socio?—, localicé el título que buscaba, comprobé que estaba disponible para ser transferido a dispositivos diferentes a de la marca Fnac y, finalmente, clické en el botón de compra. Tras pagarlo, sólo quedaba descargar el archivo... y el programa necesario para su (presunta) transferencia a otro lector, el Adobe Digital Editions a cuyo creador confunda Belcebú. En cinco minutos estaría disfrutando plácidamente de mi libro con una cervecita al lado. Eso me creía yo con mi candidez habitual.

Me escamó de entrada que el fichero de un tocho de cuatrocientas páginas ocupara 2 tristes Kb, se llamara URLLink y tuviera por extensión la sopa de letras acsm. Tampoco me gustó nada que el Adobe Digital Editions (a partir de ahora, ADE), me obligara a registrarme para proporcionarme la ID única que me permitiría leer material registrado. Pero lo verdaderamente frustrante fue comprobar que al conectar mi Kindle al ordenador, el tal ADE se hiciera el orejas. Según sus instrucciones, bastaba chutar el bicho en el USB correspondiente. Tararí. A ver si he hecho algo mal: ciero el programa, vuelvo a abrirlo, conecto... y nada. Cambio de USB y nada. Reinicio el ordenador y nada. Es entonces cuando me voy a google, tecleo no me acuerdo qué y caigo del guindo: no soy el primer pardillo al que le pasa. No sé si por culpa de Adobe o de Amazon, pero el caso es que el Kindle es invisible. No way.

Ya, sí, claro. Sé lo que me vais a decir: que la solución se llama Calibre. Yo también beso los bits que pisa ese programa, pero hay dos problemas. El primero es que, como os había dicho, el archivo que me bajé no era el libro en sí, sino una especie de billete para llegar hasta él. El infecto ADE se encarga de ocultar el verdadeo Epub en las tripas del disco duro. Una vez llegas hasta él, te encuentras con la segunda faena: tiene un DRMcomo una catedral. O sea, que cuando lo arrastras al Calibre e intentas convertirlo, te aparece una ventanita diciéndote que lo siente mucho, pero que es un programa muy decente y no puede quitar el cerrojo. Ni siquiera te deja abrirlo en el ordenador.

¿Solución? La que os imagináis. Otra vez a google para llegar a una de esas páginas donde te cuentan qué necesitas y dónde puedes obtenerlo para “despiojar” el dichoso DRM. Procedes rezando para que lo que te bajes no sea un ángel del averno que convierta en gelatina tu disco duro y un par de reinicios después ya has conseguido, unos pluggins mediante, que el Calibre se pase por el forro sus principios. El Epub es tuyo del todo y puedes convertirlo al Mobi que te acepta el Kindle. Pero la cervecita se ha calentado y se te han pasado las ganas de leer. Sólo te queda una inquina infinita contra la Fnac por haberte vendido algo que a ciencia cierta sabe que no te servirá para absolutamente nada... a no ser que estés dispuesto a dedicar hora y media en convertir en teóricamente ilegal algo que habías comprado legalmente. Y luego dicen que el pescado está caro.